El Comercio

«Los aforismos son una forma de jugar»

José Luis García Martín.
José Luis García Martín. / MARIO ROJAS
  • 'Todo lo que se prodiga cansa' es el título de este volumen concebido para «picotear acá y allá» y no para leerse de un tirón

  • José Luis García Martín publica un libro que reúne sus sentencias más celebradas

José Luis García Martín se prometió no escribir nunca un libro de aforismos y acaba de desdecirse, «como un político cualquiera». O quizá no: «Publico un libro de aforismos porque desde siempre me ha gustado hacer frases y esas frases andaban por ahí desperdigadas en mis diarios, en las redes sociales y en la memoria de mis amigos que han tenido la paciencia de escuchármelas otra vez». Así que su nueva creación literaria es, en realidad, un volumen que reúne por primera vez las sentencias que el profesor de la Universidad de Oviedo desde hace cuarenta años, además de crítico, poeta y colaborador de EL COMERCIO, lleva dispersando desde hace décadas en sus libros, en sus colaboraciones periodísticas e incluso a través del prosaico Facebook.

Y, cuando el editor Javier Sánchez Menéndez le propuso la idea, él a su vez invitó a sus amigos de la tertulia Óliver (con los que se reúne puntualmente todos los viernes desde 1980) a que le enviaran las máximas que recordaban haberle oído repetir, las que hubiesen subrayado en alguna de sus publicaciones o las que les habían llamado la atención en las redes. Una compilación cuyo resultado es 'Todo lo que se prodiga cansa' (Ediciones de la Isla de Siltolá), un título que el propio García Martín se aplica a sí mismo a la vista de su vasta producción literaria: «Escribo tanto que puedo llegar a cansar».

Una sentencia con la que el prolífico autor -amante de la paradoja, de poner patas arriba el tópico, de las obviedades en las que nadie había reparado- hace «autocrítica». Porque, al final, «los aforismos son una forma de jugar», algo que le apasiona: «Esto no es sabiduría humana. No son consejos morales de Paulo Coelho. Son divertimentos». Ocurrencias (agrupadas en varios bloques temáticos o bien entremezcladas) con las que también juega a la confusión deliberadamente en sus libros.

Y, así, por ejemplo, atribuye sentencias surgidas de su pluma a Oscar Wilde, «sin duda el escritor que después de muerto ha escrito más paradojas», Renard o Nietzsche y luego tiene el placer de verlas circular por ahí falsamente atribuidas. Ni tampoco está en condiciones de asegurar que no se haya apropiado él, inconscientemente, de alguna ocurrencia ajena, porque las buenas ideas «tienen la mala costumbre de ocurrírsele antes a otro».

Es por esa misma razón por la que García Martín recomienda hacer lo que hacen los buenos lectores de aforismos, que «jamás leen los libros de un tirón ni de la primera a la última página»: «Solo picotean acá y allá, sonríen, se sorprenden, se indignan, se asombran, asienten, se extrañan y luego, a los pocos minutos, cierran el libro para continuar en otro momento y, si el autor lo merece, durante el resto de su vida». Consciente de que «los buenos aforismos son de todos; los malos, solo de su autor». Y sabedor de que «donde menos a gusto están los aforismos es en un libro de aforismos. Prefieren la conversación, la página previa a una obra ajena, cualquier lugar donde puedan lucir sin que les hagan sombra otros aforismos».

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