Alejandría

Con balcones al mar

y a la nostalgia olímpica

- Javier Bozalongo -

El hogar de un guerrero huele a tierra quemada

a la luz de repúblicas extrañas.

Si me detuve aquí, fue por azar,

o empujado, tal vez, por la fatiga

invisible, que crece violenta con la edad.

Tanta sangre en las manos, tantos muros

a escombro reducidos, tantos años

soñando con oscuras tempestades.

Regálame vivir frente a tu biblioteca

y poder visitarte cada día.

Estudiar cada noche indiferente

la efímera extrañeza a la que aspira

toda belleza, la palabra lluvia

ardiendo en el aliento de un dragón.

El inerme rubor de una caricia

de la lengua, del labio entre los dientes,

servirá

para abrirnos las puertas de otro sueño.

Agitaré las sombras con tu aurora

(será tan fácil como robar versos

de escritores sin nombre).

El hogar de un guerrero huele a tierra quemada.

Que nos alcance el alba en las afueras

de una ciudad que nunca será nuestra.

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