Andas con los brazos caídos

Andas con los brazos caídos

Adelanto editorial. El colaborador de EL COMERCIO Edgar Borges publica el 22 de enero 'La niña del salto'

Inka de la Rosa se echó a andar dejando atrás la hora, la perspectiva y el lugar. Creyó oír que iba camino a la comisaría de Santolaya, pero no estaba segura. No estaba segura de si antes había visto una comisaría en ese pueblo, ni siquiera tenía la certeza de que aquel lugar fuera Santolaya. De soslayo pudo ver que la acompañaban algunos policías; le pareció recordar que atrás iba su compañera de las últimas rutas, Citlali Rodríguez Mendoza. En ese trayecto no le fue fácil identificar el espacio exterior, a veces caminaba de bajada y otras sobre suelo plano. Una sensación de secuestro interior la distanció del entorno.

-Se les acusa de alterar el orden público.

-Se les acusa de proferir amenazas contra los ciudadanos.

-Se les acusa de violentar la moral de las personas.

Inka creyó haber estado sentada, en algún momento, en una oficina, entre policías; pero siempre se sintió andando, de camino. Fue como si la conciencia se le hubiera separado de las sensaciones. La conciencia habría guardado un recuerdo del interrogatorio, con las paredes de la sala, los rostros y las sentencias de los policías.

-Se les acusa de hostigamiento a mujeres y ancianos.

-Se les acusa de...

Como si en la ruta entre el casco central y la comisaría hubiese perdido el sentido de la ubicación. Aún así, no se sintió desesperada, no tuvo deseos de correr ni de llamar a nadie; se convirtió en un cuerpo andante sobre la nada. Pasó cabizbaja por la sala de su casa sin llamar la atención de los presentes. Su madre cosía un vestido en la vieja máquina industrial que le dejó la abuela, en la mente de la progenitora se había sembrado el dolor de las caderas. Inka oyó el ruido del pedaleo, no alcanzó a ver los pies, pero los sabía heridos, casposos. En el sofá una pila de ropa se inclinaba hacia el abuelo que dormía en el lado izquierdo. También había ropa en el suelo, había ropa entre la nada.

-Sin embargo, están de suerte, señoras. El pueblo no presentará cargos contra ustedes.

Inka de la Rosa levantó la mirada.

-Pero tendrán que irse del pueblo antes del próximo lunes.

La casa no tenía paredes, tampoco tenía techo; su madre, la máquina, la ropa, el sofá y el abuelo existían en la intemperie. Cuerpos haciendo rutina en el vacío; paisaje abierto donde cabía cualquier duda o certeza, incluso un pueblo, una casa, el miedo.

Uno

dos

tres

Pensó en desesperarse, pero no sintió deseos de hacerlo. Se creyó extraña al razonar emociones que se suponían normales, pero alejadas del lugar. Emociones encajonadas en forma de pensamientos. Pensó en detenerse y despertar al abuelo, tal vez hubiera sido importante decirle que convenciera a su hija de la necesidad de huir, pero no pudo. Recordó el suceso más amargo de su paso por Europa; ocurrió en Suecia cuando fue invitada a leer poesía en un centro de alzheimer. Una paciente le gritó: «Extranjera, puta, hambrienta». Nunca antes alguien sin memoria la había insultado, fue como verle los colmillos a un alma en pena. Quiso imaginar un bosque, el bosque escolar en Caracas o un bosque asturiano, pero en su mente solo halló la palabra: bosque. Y la palabra no le valía sin imagen. No pudo ver ni una sola fantasía que le permitiera llenar el espacio. Inka de la Rosa estaba viva, pero tenía la sensación de que andar con los brazos caídos era la única forma de paseo que permitía la muerte.

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