ARCO Y SIERRA

ALEJANDRO CARANTOÑAEN FUNCIONES

No pocos pensamos, al oír que la galería Helga de Alvear había accedido a retirar la obra de Santiago Sierra de su puesto en ARCO, que el acto era parte de una intervención artística en sí mismo. Había ocurrido algo bien sencillo: que la dirección del recinto donde se celebra la feria había invitado a la galerista a retirar la obra para evitar polémicas. No en vano, 'Presos políticos' iba a ser contemplada por Sus Majestades, y a alguien le pareció muy buena idea someterla a censura antes que dejarla donde estaba.

Sierra, arduo minero de polémicas y castigos, tuvo su dosis de notoriedad bienal; el consenso sobre lo desafortunado de la retirada fue unánime y a otra cosa. Dicho lo obvio, veamos los puntos de interés que ha dejado el episodio, más subterráneos.

El primero tiene que ver con las apresuradas valoraciones de los líderes políticos transfigurados, de pronto, en críticos de arte. Qué poco se ha oído decir y defender (quizás por la proximidad temporal de las sentencias sobre libertad de expresión dictadas últimamente) que el arte puede hacer lo que quiera. Es probable que, de haber sido la pieza auténticamente polémica -hablemos de incomodidad real, visceral, violenta- no hubiera sido tal el tropel de apoyos: es seguro que todos consultaron antes la obra, se enteraron de lo inofensiva que era, antes de clamar contra la censura.

En segundo lugar, conviene tener claro de una vez por todas que ARCO es el escaparate de un arte cortesano e institucionalizado, que es una feria o mercado que la Casa del Rey apoya y visita y que tiene, en sus entretelas, demasiada política y dinero como para que de ella pueda surgir una transgresión real, efectiva. Esto no es malo, ni mucho menos, pero la aleja con mucho de ser el territorio kamikaze que se pretende estos últimos días.

En tercer lugar, buena parte de la atención que se le presta a ARCO no tiene tanto que ver, por desgracia, con su contenido artístico como con anécdotas espumosas sobre vasos de agua que cuestan una fortuna, sobre cómicos que cuelgan cuadros pintados por niños para poner en evidencia a presuntos expertos y sobre piezas que causan algún malestar a algún que otro personaje en ese contexto.

Lo triste es que no suele trascender el mensaje, el sentido o el fondo, y que es mucho más habitual que lo que quede sean cifras, nombres y algunas fotos aliñadas. Esto no deja en muy buen lugar a los esforzados promotores del arte con mayúsculas, a quienes buscan y anhelan que empape a la sociedad y la cambie de algún modo.

Ha sido necesario que viniera alguien a recordar que el recinto ferial es mayoritariamente público para que quedase claro que no se puede gestionar con capricho. Ha hecho falta que la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, mostrase su desacuerdo público para que se hiciese patente lo indignante del telefonazo (y la anuencia de la galería).

Al menos, el consenso sigue siendo claro: hay cosas que no se pueden y no se deben hacer. No ha sido el episodio más grave, ni siquiera nos acordaremos de él dentro de pocos días. Al mismo tiempo, ni siquiera nos acordaremos (y esto es lo peor) de que a alguien le descolgaron su obra por el pensamiento que había incluido en ella. Ni siquiera nos acordaremos -y es posible que ni siquiera nos quejemos, ni nos extrañe- cuando los cuadros se descuelguen no por lo que cuentan, sino por lo ignominioso de la vida de su autor. Y será igual de terrible.

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