«La belleza depende del que mira»

Cecilia Ekbäck, por las calles de Gijón.
Cecilia Ekbäck, por las calles de Gijón. / DANIEL MORA

Cecilia Ekbäck presentó sus obras en las que mezcla «la novela negra y la histórica»

ALBERTO PIQUEROGijón.

Con sus dos primeras novelas, Cecilia Ekbäck (Laponia sueca, 1971) se ha convertido en uno de los descubrimientos de la novela histórica y de suspense que nos llega de Escandinavia (aunque ella ahora reside en Canadá con su marido y sus dos hijas gemelas). Se estrena en la Semana Negra, de la que dice que le parece “inspiradora, divertida y singular, con personalidad propia”.

-Sitúa la acción de ‘El invierno más largo’ en 1771 y la de ‘La oscura luz de medianoche’ en 1855. ¿El pasado nos enseña a leer el presente?

–Es imprescindible. Pero no sólo para entender el presente, sino también para imaginar el futuro.

-La crítica literaria ha visto semejanzas con la película de Jane Campion, ‘El piano’, o la serie televisiva ‘The Killing’. ¿Son comparaciones afortunadas?

–No sólo afortunadas, sino que me han puesto en una nube. Las agradezco. En ‘El piano’, que vi después de escribir la novela, reconozco parecidos en la creación de personajes. Y en el caso de ‘The Killing’, la atmósfera y los diversos cambios de puntos de vista en las pesquisas para encontrar al asesino.

-¿Se siente adscrita a la corriente de la novela negra escandinava en la que están Stieg Larsson, Henning Mankell o Camilla Läckberg?

–No sé si encajo. No me siento cómoda con las etiquetas editoriales. Me preguntaron si quería que se promocionase ‘El invierno más largo’ como novela negra o histórica. Les dije que por qué no las dos cosas...

-Ha sido periodista en edad más joven, después ha trabajado para una multinacional en varias naciones del mundo, y más tarde se licenció en Escitura Creativa en la Royal Holloway, de Londres. ¿Con cuál de las tres experiencias aprendió más literatura?

–En principio, he escrito desde muy joven para mí misma. Y ahí he vuelto. Los viajes por el mundo te permiten aprender perspectivas sobre la construcción de personajes, sin juzgarlos. En Holloway, asumí que hay cosas que se pueden transmitir de la literatura y otras que son innatas, como la mirada y la voz que articula la narración.

-En ‘El invierno más largo’, el matrimonio compuesto por Maija y Paavo se aleja de los arquetipos. Ella es la fuerte y él sufre angustias y miedos. ¿Lo hace premeditadamente para romper los modelos tradicionales?

–Es a propósito, aunque hablo de las mujeres de mi familia, que no les gusta dar el brazo a torcer, caracteres necesarios en una Laponia muy dura. No obstante, la fuerza secreta de Maija reside en Paavo, sin su marido se sentiría perdida.

-La novela tuvo su origen en conversaciones que mantuvo con su padre antes de que falleciera. ¿La memoria es otro ingrediente literario esencial?

–Para mí escribir es dar sentido a las cosas que no lo tienen. Aspirar a comprender. En mi familia, había cosas de las que no se hablaba, secretos. La muerte de mi padre fue un catalizador para entender a las mujeres de la familia. Luego, el libro adquirió su evolución particular.

-En ‘La oscura luz del sol de medianoche’, multiplica las voces narrativas en primera persona. ¿Una búsqueda de la objetividad a través de las subjetividades?

–Sí. Podría explicarse mediante una metáfora de mapas o cartografías de distinto signo, que al superponerse te ofrecen una realidad más completa.

-El paisaje lapón desprende frío en sus páginas y, sin embargo, es a la vez hermosísimo. ¿No es incompatible?

–El paisaje y la naturaleza salvaje son magníficos. La belleza depende del que mira...

-Se declara lectora de La Biblia y ha dicho que el Antiguo Testamento es como un ‘thriller’...

–Pertenezco a una familia pentecostalista, de ahí la lectura. Hay pocas cosas tan crueles como el Antiguo Testamento, aunque no haya de tomarse al pie de la letra. La atracción por el Antiguo Testamento es lo que me ha llevado a la novela negra (risas).

-Suecia fue para varias generaciones de españoles casi un mito. ¿Comparte la leyenda?

-Me fui a los veinticuatro años de mi país. Pero no era perfecto, aunque se vendió esa imagen. Tenía su orilla sombría. Una de las primeras novelas negras, del inspector Wallö, que se reconvirtió en escritor, ya evidenciaba esos aspectos negativos al principio de los años setenta. Fue un precursor del género que hoy sigue señalando las oscuridades de la sociedad sueca.

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