La bohemia libresca de Diego Medrano

Diego Medrano, en la ovetense Librería Cervantes. /  E. C.
Diego Medrano, en la ovetense Librería Cervantes. / E. C.

El ovetense hace de la escritura un destino vital a través de 1.500 páginas en las que recorre cafés, pensiones y tabernas de Madrid, Barcelona y Oviedo Publica 'Llévate el paraguas por si llueve', primer volumen de una trilogía en la que busca los últimos círculos intelectuales

A. VILLACORTA OVIEDO.

Diego Medrano (Oviedo, 1978) ha huroneado con ansia en busca de la cultura, recorrido bares y pensiones de mala muerte, figones y restaurantes pijos, del Café Gijón al Lhardy y a los tugurios de habitaciones sin baño, tertulias, tabernas mentideros y librerías de viejo con olor a rancio, hasta convertirse en un espía hasta de su sombra durante los últimos cuatro años. Cuatro años de fructífero silencio editorial de este letraherido que han cristalizado en una trilogía de 1.500 páginas cuyo primer volumen, 'Llévate el paraguas por si llueve' (Editorial Doña Tecla), verá la luz el próximo 15 de noviembre y que está dedicado a Madrid, mientras que en los dos siguientes tomos buceará en Barcelona y Oviedo a la caza de los últimos círculos intelectuales, «del mundo libresco, heroico, legendario», y, en suma, del arte, que «es todo aquello que hace que la vida sea más importante que el arte».

Ese lúcido trabalenguas firmado por Robert Filliou, poeta francés, creador del grupo Fluxus, condensa el espíritu que inspira un volumen que «ha sido escrito en estado de rapto», según confesión del propio autor.

«Hay una escritura muy posesa, donde la vida no importa, donde lo único que importa es escribir. Por eso he llamado a esta trilogía 'La soledad habitada'. Porque la escritura no es una meta, sino un destino vital, un hecho gozoso, placer absoluto. La soledad de una persona en la gran ciudad, pero habitada por la cultura. Y, quizá también por eso, ha sido este «un libro de gastar mucho dinero alegre y felizmente en casas de comida, en el día y la noche». La novela de la vida al modo de Cansinos Assens, Gómez de la Serna, su admirado Umbral.

«Umbral tenía una poética maravillosa. Decía aquello de 'Llegas a Madrid, te paras en la Gran Vía y está todo solucionado'. Yo también he sentido eso de llegar a Madrid muy mal, con muchas preocupaciones, llegar a la Gran Vía y ver que todo estaba resuelto», confiesa el colaborador de EL COMERCIO, provinciano asido a una metrópolis que «rezuma literatura» como un consuelo urbano a la manera de los poetas clásicos de bulevar (Baudelaire, Louis Aragon, Raymond Queneau).

En ese goce de vaciarse por dentro, de repensarse a sí mismo y recorrerse en las calles en un volumen que tiene algo de libro de viajes y de novela iniciática, el aprendiz Diego Medrano se ha encontrado con los pequeños adoradores del fuego de la palabra en mitad del frío capitalino, porque, defiende, «la cultura, todo aquello que no se sabe, es como los hongos y crece donde menos te lo esperas». Incluso en estos «tiempos en los que cierran dos librerías al día y los analfabetos se exhiben, presumen de no haber leído jamás, hacen panegíricos, algo que no había existido nunca. Antes ser analfabeto se escondía, era una deshonra. Hoy parece que es una cosa heroica decir que no has leído un libro en tu puta vida. ¿Estamos mejor o peor que en la posguerra, cuando no leía ni Dios?».

Y, así, la nómina de personajes que recorren sus letras, negro sobre blanco, ocupa un índice onomástico de cuarenta páginas por el que desfilan eternas chicas Almodóvar, periodistas de su propia raza, Pedro J., Alfonso Ussía, Raúl del Pozo, «mucho famoso». Porque no es Medrano -lo saben bien quienes lo conocen- de esconderse en 'X' ni 'Y' que sea necesario despejar, sino autor de quemarse a lo bonzo, de escritura sin paracaídas ni paños calientes: «A lo mejor, alguien se querella mañana, pero yo pretendo hacer autopsia de la vida, al igual que Cela contó en 'La colmena' las miserias que veía en el Café Gijón». El arte como complot, como conspiración frente a la existencia mundana. «Juan Goytisolo, antes de morir, dejó dicho que lo que separaba el texto literario del producto editorial era la resistencia. Es decir: el texto literario tiene que ofrecer una resistencia donde cueste entrar, pero donde merezca la pena entrar. Por eso el crítico británico Cyril Connolly escribió aquello de que literatura es aquello que está llamado a ser leído al menos dos veces».

La Villa y Corte como género literario y el gusto por la minucia del autor, por encadenar detalles, hacen el resto. Y, de ahí, el título de este libro: «Un día, estaba en la zona de Lavapiés practicando aquello que decía Ángel González cuando le preguntaban: '¿Y usted a qué va a Madrid?'. 'Yo voy a Madrid a sentarme en una terraza y ver a la gente pasar', contestaba él. Pues así estaba yo. En un barrio multiétnico, rodeado de rumanos y colombianos y, en un primer piso, una mujer friendo croquetas. En ese momento, entre el humo de la freiduría, suena '¿Y cómo es él?', de José Luis Perales. Suena esa frase: 'Llévate el paraguas por si llueve'. Y a mí me parece una metáfora de la crisis: 'Con paraguas o sin él, con crisis o sin ella, no interrumpas tu camino'».

El arrebato por el lenguaje («el periodismo está en el verbo, la literatura en el adjetivo») envuelve este desfile de malditos, a los bohemios de toda laya por más que «haya una bohemia que no tiene que ver con borracheras y putas, sino con una vivencia del arte por encima de la vida. Valle-Inclán, sin ir más lejos, era abstemio». Así que Medrano llama a «separar la bohemia de la 'golfemia': «La 'golfemia' a mí, que ya tengo casi cuarenta años, no me interesa porque ya la he vivido. Me interesa mucho más el bohemio como resistencia, el poeta que no quiere integrarse en la sociedad porque no quiere trabajar en un McDonald's, sino que se empeña en seguir en la poesía aunque sea su vida paupérrima. Porque todo decae, pero las pasiones nunca fenecen».

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