Cerdos, olores y muerte

La confesión y el juicio dieron dos versiones muy distintas de un crímen ocurrido en Gijón en 1930. Al final, se averiguó que el motivo de la disputa habían sido... unos cochinos

Maté al Machaco». Ricardo R. aun tenía la ropa salpicada de sangre cuando se presentó en la Inspección de Vigilancia, navajón en ristre, a confesar había matado al hermano de uno de los guardias que acababa de salir de allí, humildísima oficina de provincias de esta España que poco tenía que ver, aquel año 1930, con las que se exhibían en las películas de Hollywood. Hacía poco que el cine sonoro había llegado a Gijón y estrellas como Lili Damita, futura mujer de Errol Flynn de la que se exhibía película en el Robledo aquellos días, tenían los días contados en una profesión que, a partir de ahora, iba a exigirles las voces que no tenían: no estridentes, no roncas, no machunas, no aldeanas. El 'Machaco', Vicente F. según bautismo, no iba a vivir para verlo. Efectivamente, le habían matado, a los treinta y ocho años de edad, de dos puñaladas en el corazón.

Ocurrió aquella tarde, en el gijonés barrio de El Llano, después de comer. Vicente 'Machaco', natural de Pravia pero vecino de la calle Siglo XX, vendedor de carne al por mayor y conocido por todos y cada uno de los tablajeros de la ciudad, fue encontrado agónico sobre la acera de una calle del barrio y, en tiempos donde escaseaban los automóviles, transportado a la Casa de Socorro en tranvía. No le sentó bien el traqueteo del viaje: dijo EL COMERCIO del cinco de noviembre que, al llegar al establecimiento, traía «el rostro contraído por doloroso gesto», y más: «su palidez cadavérica daba la primera impresión de que estaba cadáver». No, pero casi. Murió a los pocos minutos, sin dar tiempo a los facultativos de que pudieran hacer nada, pero después de que su asesino se hubiera autoincupado.

Así de rápido fue Ricardo R. Zapatero de profesión, vecino del carnicero y de apenas veinte años de edad, puede que no supiera que el hombre al que acababa de matar era hermano de un guardia municipal, no aquel al que le confesó su delito, pero casi. Solo que le había dado dos puñaladas en el corazón y que no se arrepentía de ello. Tranquilísimo, se sentó en el cuartelillo y explicó lo ocurrido. Que, cuando le había asestado las dos puñaladas, Vicente no había dicho nada: solo se llevó las manos al pecho y se desplomó. Que la sangre manaba a litros. Que él había huido antes de que Laureano Fernández y Miguel García, vecinos de El Llano, encontrasen el cuerpo y que, y esto era importante, había actuado en defensa propia. O algo así: una defensa propia, digamos, en diferido, porque la represalia al 'Machaco' venía de que este, tiempo atrás, le había llamado «ladrón».

¡Ladrón! Los resentimientos hundían sus raíces en épocas pasadas; los dos hombres hacía tiempo que se llevaban mal. Aquel día, según declaró Ricardo, al ver pasar al carnicero por la carretera decidió recriminarle su viejo insulto, le exigió que le explicase la razón por la que lo había proferido. Y lo hizo palpándose nerviosamente el bolsillo. El 'Machaco' era mayor que él; no peinaba canas, pero casi. No se fió. «Primero», le espetó sin miedo, «saca eso que llevas ahí metido», cuenta EL COMERCIO que le dijo al jovencito mientras este agarraba ya con la mano la navaja que llevaba oculta en el bolsillo. 'Machaco', dice el reportero sin creérselo mucho, «le quiso dar una bofetada y entonces fue cuando le agredió con la cuchilla».

Ni más, ni menos. Todos los testigos que, los días subsiguientes, desfilaron por el juzgado, ante el juez Bonilla, declararon que eran ciertas las tensas relaciones entre agresor y víctima. ¡Obvio! Llama la atención, sin embargo, que las circunstancias del crimen cambiasen de cabo a rabo en unos meses, porque la crónica que se hace del juicio, celebrado a finales de marzo de 1931, obligan a cambiar la historia. No en lo evidente: Ricardo mató, Vicente fue matado. Pero sí en todo lo demás.

Habían mediado, claro, muchas semanas para poder investigar el suceso y alterar lo que Ricardo había intentado hacer ver como la trifulca solitaria entre dos hombres. El día en que mató al 'Machaco' había habido testigos. Bastantes, de hecho. Y una discusión en caliente que superaba cualquier viejo resentimiento: la apestosa presencia de una piara de cerdos que 'Machaco' tenía viviendo en la chabola sita justo al lado de la de Ricardo, y que alteraba, digámoslo finamente, la convivencia entre los vecinos: los de Ricardo, liderados por Victorina, la madre; y los del 'Machaco', con una pituitaria menos sensible. Aquel día, el carnicero se había pasado toda la mañana revolviendo el estiércol de los guarros y la cosa había pasado a mayores, tanto el olor como la disensión vecinal, proporcionalmente hablando. Victorina fue la que empezó a gritar; le respondió Flora, la mujer del 'Machaco'. Y se lió. Mucho. Contaron que el praviano había visto llegar a Ricardo titubeante, palpándose el bolsillo del pantalón. Ahí sí, no mentía el veinteañero.

«Marcha pa casa»

«¿Qué? ¿Fuiste a casa a pol revólver pa matame? Anda, ¡marcha pa casa!», le espetó el carnicero. Toda una afrenta en su pundonor de hombre. Joven, pero hombre. Y Ricardo se enfureció. Sacó la mano derecha, la cuchilla bien apretada dentro del puño. «No traigo revólver», dijo sin vacilar. «Traigo esto». No le dio tiempo al 'Machaco' a decir más. Cuando se juzgó el crimen, Ricardo se enfrentó a una verdad que no había querido decir aquel día al ir a inculparse: que todo había ocurrido frente a su madre y a sus hermanos, a los que desesperadamente pretendía proteger. La sentencia, sin embargo, no les afectó a ellos, para alivio del joven. Doce años de prisión fue lo que le impuso el juez, a él y solamente a él, y quince mil pesetas de indemnización a la familia del carnicero. ¿Cuántos cerdos más podrían comprar con tanto dinero? Mejor valía, pensó Ricardo, ¡mejor valía ni pensarlo!

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