El detective que supo hacerse viejo

Francisco Naranjo, José Muñoz, Ángel de la Calle y María de Álvaro, del Aula de Cultura de EL COMERCIO. Abajo, el dibujante firmando ejemplares.:: PALOMA UCHA
Francisco Naranjo, José Muñoz, Ángel de la Calle y María de Álvaro, del Aula de Cultura de EL COMERCIO. Abajo, el dibujante firmando ejemplares.:: PALOMA UCHA

El dibujante José Muñoz presenta la obra completa de su famoso Alack Sinner de la mano del Aula de Cultura de EL COMERCIO

P. PARACUELLOS/ A. SOLÍS

La sangre que recorre estos días las venas del antiguo astillero de Gijón es del mismo color que la que brota de los cuerpos de los personajes del cómic Alack Sinner. La tinta azabache que atiborra las páginas de esta novela gráfica dibujada por José Muñoz y guionizada por Carlos Sampayo, ambos argentinos, fue ayer motivo de presentación en el aula de Cultura de EL COMERCIO en la 'Carpa del Encuentro'. Muñoz mostró al público en plena Semana Negra la primera recopilación en castellano de su Alack Sinner, un personaje que ha ido envejeciendo dentro de su propio universo con el paso de los años, entre entrega y entrega.

Porque el estilo gráfico de Muñoz es el 'claroscuro', el contraste entre blanco y negro, pero el guión de Sampayo es un baile de grises que utiliza el género policíaco como soporte para profundizar en las relaciones humanas. «Al final, todas las líneas llegan a su destino», dice el dibujante para resumir más de 30 años de historias del detective neoyorquino, desde 1974 hasta 2006.

«No habrá más historias de Alack Sinner -declaró su dibujante- pero no ha muerto, vive en la mejor casa que le hemos podido dar, este libro». El artista expresionista trasladó su estilo gráfico a su discurso y reveló que cada 'cuadrito' -como él se refiere a las viñetas- tiene «el propósito de hacer que los trazos vivan, que cada dibujo tenga alma, y el rostro de la portada es la mejor afinación que he podido hacer a todos los sentimientos e historias del protagonista».

El germen de Alack Sinner, que nació en un verano en el Sitges de 1974, queda comprimido en un volumen que además de historia viva del tebeo negro es «un toque al mal de la muchedumbre, pero también un roce al amor y la bondad humana».

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