Diez años sin el autor de la soledad acerada

El escritor Francisco Umbral, en 2005, dos años antes de su fallecimiento.
El escritor Francisco Umbral, en 2005, dos años antes de su fallecimiento. / JOSÉ HUESCA / EFE

La Biblioteca Nacional recuerda la figura de Francisco Umbral en el décimo aniversario de su muerte

DIEGO MEDRANO

Umbral falleció un veintiocho de agosto, con 72 años y los diez justos de su fallecimiento (2007-2017) los celebra la Biblioteca Nacional por todo lo alto (fotos, legado, manuscritos, charlas...). Siempre defendió la literatura como una forma de ordenar la vida. Solía preguntar a los escritores jóvenes si les interesaba más la forma o el fondo (que se lo digan a Eugenia Rico); si decían lo segundo, cortaba la conversación y se iba. Primaba siempre el estilista; «hacerse un estilo» fue el consejo que le dio Cela cuando le contrató dos de sus primeros libros para Alfaguara ('Balada de gamberros', 'Tamouré') y lo siguió a rajatabla. Hoy, a los diez años de su muerte, sabemos cosas que antes desconocíamos: quién fue su padre, por ejemplo, hermano de Leopoldo de Luis (en cuyo funeral estuvo) y cómo empieza a beber a lo bestia a raíz de la muerte del hijo (drama reflejado en 'Mortal y rosa'), cuando en sus inicios en el Café Gijón pedía siempre leche, y se reían de él en la tertulia, confesando el propio autor que «se reservaba para el amor».

El memorialismo ocupa todo el grueso de su obra: su carrera literaria ('La noche que llegué al Café Gijón', 'El Giocondo'), su madre ('El hijo de Greta Garbo'), su hijo ('Mortal y rosa'), sus muchos amores ('La bestia rosa', 'Los amores diurnos'), la provincia ('Las ninfas', 'Los helechos arborescentes'), las crónicas de la Transición ('Y Tierno Galván ascendió a los cielos', 'A la sombra de las muchachas rojas'), la revisión del pasado o tradición literaria ('Los alucinados', 'Las palabras de la tribu', 'Diccionario de literatura'), la política ('El socialista sentimental', 'La década roja', 'Crónica de esa gente guapa'), el terreno fronterizo entre franquismo y posguerra ('Los cuadernos de Luis Vives', 'Pio XII, la escolta mora y un general sin un ojo', 'Leyenda del César Visionario'), etc.

Hablamos de un escritor de más de cien libros donde, si hubiera un terreno nuclear, sería la ciudad, una literatura cosmopolita, alejada del «burgo podrido», donde estarían las siete u ocho novelas agrupadas en 'Hojas de Madrid', el completo deslumbramiento por la novela urbana, a la manera de la poesía de Baudelaire, donde vida nocturna y bulevar es lo decisivo. «Llegas a Madrid, te paras en la Gran Vía y está todo resuelto», recetaba. También repetía mucho lo de Pemán, ese impedimento para dedicarse a la novela rural como Delibes: «Yo no sé si las vacas tienen los cuernos delante o detrás de las orejas. Así me resulta muy difícil hacer la novela aldeana». Le gustaba mucho citar a Torres Villarroel y, todavía más, algo mucho más complejo, de cosecha propia, su desprecio absoluto por la periferia: «La gloria en provincias es como follarse a una fea. Algo muy fácil y jamás, en último término, lo que uno quisiera para sí». De la provincia escapó (Valladolid, León) y Madrid fue un modo de vida en todos los sentidos. Se dejó la vida en la lectura, siempre lector iluminado, a lo último solo leía por un ojo, tapándose el otro con la mano y acercando mucho la página al sano. Se dejó la vida en la escritura (entre cuatro y seis libros por año), más los tres artículos diarios que hace para la prensa. Conquistar el quiosco fue un reto, y así enviaba artículos a miles de publicaciones, para tener cabida en todas, como logró, en años turbulentos de pensiones.

¿De dónde viene Umbral? La respuesta es fácil: por un lado, de Gómez de la Serna, Valle, González Ruano, Quevedo, Cela, un tipo de literatura donde prima lo ya dicho, el estilo, la adjetivación, la calidad de página que preconizaba Eugenio D'Ors; por el otro, de los poetas, de la Generación del 27, donde «entra a saco», de lo mucho que roba, en chanzas que hizo populares, una manera de escribir en endecasílabos y alejandrinos, y de un tipo de poeta, sí, que intenta en cada libro una fórmula diferente y que no son tantos (Neruda, Lorca, Rubén Darío...) junto a los clásicos franceses de amplio espectro (Baudelaire, Cocteau, Rimbaud, Paul Morand, Proust...).

Hizo de la soledad acerada escuela, bandera y, sí, ya se lo preguntan muy pronto, a los 39 años, en 1971, sobre a qué escuela o grupo pertenece: «No me siento vinculado a nada ni a nadie. Hago lo mío y a mi aire. La literatura es ante todo una salvación personal o una condenación, en eso nadie puede echarme una mano ni ponerme una zancadilla. Esto es como el circo: cuando uno está allá arriba, en el alambre, se está jugando la vida, pero tiene el alivio, por lo menos, de estar a salvo, tanto de los amigos como de los enemigos». Lo entendió muy pronto: el amigo te impide muchas veces trabajar con sus tabarras interminables y del enemigo, rara vez, a no ser que sea muy bueno, se puede sacar algo en provecho personal.

«Escribir es una manera de vivir», levanta Flaubert como única bandera y Umbral la recoge. Escribe Sanz Villanueva: «Umbral utiliza la propia vida, no la de los demás convertida en materia de literatura al modo realista, como pilar de la escritura. Heredero de la proclamación romántica del yo, buscaba con ahínco llamar la atención sobre su propia persona». Ahí nace la bufanda, el abrigo largo o levitón, la bohemia constante del blazer con vaqueros y los ambientes muy de tabernas. Busca una experiencia lectora fortísima, por encima de lo vivido, y otro uso del lenguaje, marcado a fuego por acuñaciones léxicas sorpresivas, imágenes en convulsión, metáforas inusitadas, comparaciones eléctricas al modo surrealista... todo en busca de múltiples hallazgos expresivos.

No le faltó casi ningún premio (Cervantes, Príncipe de Asturias, Nacional de Literatura, de la Crítica, Nadal...) y un método de trabajo donde el premio no importaba. Lo dejó escrito: «He creído en pocas cosas en mi vida. La principal: mi propia capacidad de trabajo y lo que el trabajo me iba dando». La pasión por la minucia, capturar el detalle, es el oro de su joyería verbal. En 'Mortal y rosa' lo pide a gritos: «Que el idioma sea otra vez voluptuosidad, descubrimiento, fruta, y no diccionario». Toda una literatura, a la manera de Quevedo, y no un libro tras otro, como en tantos otros. «Escribe como mea», resumió Delibes. «Es el mejor escritor vivo de España», sentenció Cela, ya con el Nobel. «Era la liebre, todos en los periódicos íbamos tras él, queriendo hacer lo que él hacía», ha recordado Raúl del Pozo por estas fechas. La vocación obstinada, la palabra al mismo tiempo como instrumento de tortura y liberación.

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