Algunos de los fragmentos tachados por la censura

DESCRIPCIÓN DE LA BIBLIOTECA DEL HERMANO DE LA PROTAGONISTA

Había periódicos y libros por todas partes: sobre la mesa, sobre el pupitre de hule negro que había servido de escritorio al 'Aguilucho', sobre la estantería, sobre la estufa (ahora siempre apagada).

A Lena le resultaban familiares su títulos, destacados en las recientes ediciones, que aún olían a tinta fresca :'El plan quinquenal' de Stalin; 'Técnica del golpe de Estado', de Malaparte; 'La rebelión de las masas', de Ortega y Gasset; 'Historia de la Revolución Rusa', de Trotski; 'Los creadores de una nueva Europa', de Sforza; 'La joven india', de Gandhi; 'Europa y el fascismo' de Heller; 'Bela Kun y el comunismo húngaro' de Révész; 'La transformación social de Rusia', de Máximo Gorki; 'Comunismo', de Lasky; 'La mujer en el pasado, en el presente y en el porvenir', de Bebel; 'Socialismo constructivo', de Man; 'Testamento político' de Engels...

UNA ESCENA DE ABUSO SEXUAL A MANOS DE UN AMIGO DE SU PADRE

Lena, con los párpados entornados, reteniendo aún en sus pupilas la serenidad magnífica del claustro, miró la primera postal que extrajo de aquel manoseado sobre azul. Y la blancura del mármol la dejó deslumbrada. Reproducía la leyenda mitológica griega de la posesión de Leda por Júpiter convertido en un cisne. Tal era la perfección de líneas, la delicadeza de talla de aquel bello grupo escultórico que los ojos inocentes de la pequeña Rivero no captaron la lascivia de la escena. La contempló con alegría, con admiración, con la misma serenidad con que algunos minutos antes había admirado las arcadas de piedra. Pero su emoción no se volcó en expresiones de inmensidad.

-¡Qué hermosa escultura! -dijo sencillamente.

Y después de contemplarla un rato, buscó en el sobre azul otra fotografía. Al extraer la segunda, se turbó visiblemente. Aquella fotografía no respondía al desnudo sereno de un Apolo, no era siquiera el torso de una escultura anónima, no era un trozo de mármol... Su inocencia no le impedía darse cuenta de lo que aquella fotografía representaba y la rechazó asqueada. Quiso devolver el sobre al capitán, pero sus manos temblaban y el sobre se le cayó al suelo, desparramando sobre las castas losas del claustro la hediondez de unas escenas de lupanar.

El capitán, que observaba la reacción de Lena, por cierto muy diferente de la que él había esperado, se agachó a recoger las fotografías y, al levantarse, acarició con su mano las piernas de la muchacha.

-¿Te has asustado, Lena?... Ya veo que eres una niña. Sin embargo, algún día te casarás...

-¡No!... ¡No me casaré nunca! -aseguró rápidamente ella, escondiendo la cara entre las manos-. ¡No me casaré nunca! ¡No quiero casarme!

Jáuregui le retiró las manos llevándoselas a su espalda, para impedirle todo movimiento, y la atrajo hacia sí. Y antes de que la muchacha pudiese impedirlo, aplastó sus gruesos labios sobre la boca de ella.

Lena sacudió la cabeza y forcejeó, empleando los puños y las rodillas, para apartarse de él.

-¡No quiero! ¡No quiero que me beses! ¡No quiero que me toques! ¡Apártate! ¡No quiero!..

Pero Jáuregui era fuerte. Sus brazos la apretaban, cual si quisiesen fundir aquel cuerpo de adolescente dentro del suyo. El aliento del capitán tenía en aquel momento un olor fuerte, que la muchacha desconocía. La mareaba aquel olor. Y la asustaban sus ojos verdes, inyectados en sangre... Jáuregui se había desabrochado la guerrera y soltado el correaje, y la hebilla se le clavaba a Lena en el costado cada vez que hacía un movimiento para desasirse de él. Quiso gritar, pero Jáuregui había vuelto a taparle la boca con sus labios pegajosos y anchos como dos babosas. Después le habló al oído, tratando de convencerla:

- No seas chiquilla, Lena, no seas chiquilla. No te haré daño... Si es eso lo que temes. Te juro que no pasará nada...

Cuando logró al fin desasirse de los brazos del capitán, dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Jáuregui quiso limpiárselas con su pañuelo, pero la niña lo apartó de un manotazo. En sus ojos brillaba una llama de odio que Jáuregui no había visto brillar jamás en las dóciles pupilas femeninas. Y comprendió que había perdido la partida. Sus lecciones desmoralizadoras, su trabajo de zapa, no habían logrado convertir a Lena Rivero en un dócil y encantador juguete para su sensualidad.

Molesto por haber sido rechazado su torpe juego, buscó algo que hiriese a la muchacha y le dijo con desprecio:

-Te creía una muchacha superior, emancipada de prejuicios y tonterías, pero debí sospechar que eras una chica ñoña y estúpida, como tus primas.

Había logrado tocar un punto sensible del amor propio de Lena, que, en efecto, se consideraba libre de prejuicios y se burlaba de la sociedad burguesa en que vivía. Pero ni aquella consideración logró hacerla reaccionar del traumatismo psíquico que el asalto violento del capitán le había producido.

Apoyada contra la pared, en el ángulo ya oscuro del claustro, sus ojos relucían como dos hojas de acero y sus músculos estaban tensos, como los músculos de un joven gato montés acorralado, presto a saltar a la menor provocación sobre sus perseguidores. El pulso le latía en la garganta con tal fuerza, que levantaba el cuellecito blanco de su vestido de algodón. Lena Rivero temblaba de odio y de asco.

Jáuregui la contemplaba de reojo mientras ponía en orden sus ropas. Después, echó hacia atrás su capa con un gesto arrogante de desprecio y le repitió:

-¡Eres una pobre niña, Lena Rivero! Lo serás siempre. Audaz para prometer, para tentar. Cobarde a la hora de cumplir lo que prometes.

-Yo no he prometido nada -dijo ella secamente.

-¿Que no has prometido nada?... De sobra sabes que sí. Has estado coqueteando conmigo de una manera perversa, para salirte ahora con tus pudores de monja...

¡Eres una pobre niña! ¡Una pobre niña estúpida y cobarde!

Jáuregui se embozó en su hermosa capa azul y roja. Sonrió desdeñosamente y, caminando sin hacer el menor ruido, como si en vez de andar reptase, salió del claustro.

SOBRE LA REVOLUCIÓN DEL 34

Oficialmente, las fuerzas del Gobierno hicieron su entrada en la capital el día 12 de octubre, festividad de la Virgen del Pilar. Pero sólo oficialmente. Las batallas continuaban encarnizadas en cada reducto, en cada fortín. Surgían «pacos» en las buhardillas y desvanes y las calles de la ciudad seguían dominadas por el fuego de las ametralladoras de uno y otro bando, en un ataque seguro por parte de los gubernamentales, en una resistencia suicida por la de los rebeldes.

Lena recordaba a cada momento las palabras de su hermano: «¡Asturias no se rendirá!».

¡Y Asturias no se rendía!

Quien no conociese a los asturianos, a esta raza valiente e indómita que se juega la vida alegremente en cualquier algarada, se extrañaría de aquella resistencia inútil ante una causa perdida. Pero Lena Rivero no se extrañaba. Sabía que los asturianos, en cualquier campo político en que luchasen, no se entregaban con facilidad... Eran buenos luchadores. Buenos soldados. No se desmoralizaban ante el peligro. Ni siquiera ante la derrota. La pacificación de la provincia no resultó tan sencilla como los partes del Gobierno pretendían, al dar por liquidados, todos los días, «los sucesos de Asturias». El día trece de octubre aún se luchaba en algunos reductos de la capital, aunque el grueso de las fuerzas expedicionarias la tenían ya ocupada.

En naranja, los textos que no aparecieron en el libro editado.

En azul, los que la autora mantuvo, a pesar de habérsele

indicado que los quitara.

En negro, los no señalados por la censura.

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