«Hitler no aceptó que podía perder la guerra hasta que se suicidó»

El escritor James Holland, durante la visita a un refugio en Berlín./R.C.
El escritor James Holland, durante la visita a un refugio en Berlín. / R.C.

El historiador James Holland analiza desde una perspectiva original los primeros años de la Segunda Guerra Mundial en 'El auge de Alemania'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

James Holland no cree, ni mucho menos, que esté ya todo dicho o escrito sobre la Segunda Guerra Mundial. Al contrario, el popular historiador británico (Salisbury, 1970), responsable de documentales de divulgación como 'Megaestructuras nazis', opina que el conflicto más grande que vio la humanidad está lleno de secretos que se descubrirán cuando los investigadores pisen los campos de batalla. Eso es lo que él hace en 'El auge de Alemania' (El Ático de los Libros), un análisis de los primeros años de la guerra y la primera parte (896 páginas) de una trilogía que promete ser monumental.

Holland, cuyo hermano Tom es autor de obras como 'Dinastía' o 'Rubicón', sobre la Roma Antigua, se ha marcado como objetivo desmontar los tópicos falsos de la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, la idea de que en los primeros años, la contienda fue un David (el pequeño Reino Unido) contra Goliat (el gigante Alemania). «Alemania se había recuperado en los años 30, pero no tenía la fuerza global del Reino Unido. Los británicos poseían el imperio más grande de la historia y su fuerza naval tenía acceso al 80% de los puertos globales. Eso les permitía acceder a muchos más recursos que Alemania», cuenta Holland.

Precisamente la falta de recursos fue el factor que llevó a muchos a pensar desde el principio que Alemania, a pesar de sus primeros éxito en el campo de batalla, iba a tener muchas dificultades para ganar la guerra. «En diciembre de 1941 tenía tres enemigos: Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética», recuerda Holland. Así que la larga duración de la guerra se explica, según el historiador, por la terquedad de Adolf Hitler. «Él no aceptó que podía perder la guerra hasta que se suicidó. Por eso nunca dejó de pelear y estuvo obsesionado por conseguir armas cada vez más prodigiosas».

En este campo, el de las armas, Holland es un auténtico experto. Y la perspectiva de haber conducido él mismo tanques (también presume de haber volado en un caza Spirtfire de la RAF y de haber disparado ametralladoras) le hace afirmar que los carros de combate alemanes, los temidos Tiger, eran en realidad menos útiles que los menos legendarios Sherman, los utilizados por los aliados. «La clave en los tanques no es solo que lleven grandes armas porque eso no sirve de nada si luego no tienes suficiente gasolina para moverlos, si es muy difícil reagruparlos para una operación militar o si no los puedes arreglar cuando se estropean. Y eso le sucedía a los Tiger, que eran demasiado complejos, demasiado caros y muy poco fiables».

La intervención de los Estados Unidos es otro aspecto en el que pone el foco Holland, que destaca que los suministros americanos fueron imprescindibles para que los aliados pudieran hacer frente a Alemania. «Al final de la guerra, Estados Unidos tenía las mejores armas del mundo y durante el conflicto, hasta la Unión Soviética las utilizó. Pero también pienso que los aliados podrían haber ganado la guerra sin necesidad de que las tropas americanas hubieran puesto sus botas en territorio europeo, aunque es cierto que, en ese caso, el conflicto se habría prolongado», agrega.

El autor cuestiona el poderío militar alemán y estudia aspectos como los uniformes o la alimentación

En su original acercamiento a la guerra, Holland se detiene a analizar aspectos que pasan desapercibidos para muchos otros historiadores. Así, desvela que el imponente uniforme alemán, tan admirado sobre el terreno, acabó siendo, sin embargo, un lastre para las tropas de Hitler. «Tenía un considerable efecto porque remitía a la época de los prusianos y les daba a los nazis una identidad militar, pero su elaboración tan elegante acarreaba una gran desventaja: el cuero era caro y se perdían muchos recursos. Los uniformes de los aliados eran mucho más baratos, y este aspecto, en un conflicto eterno, es muy importante».

Más curioso todavía es el impacto de la alimentación en el devenir de la contienda. Holland desvela que a los soldados alemanes les gustaba, sobre todo, la carne de cerdo. Pero en tiempos de guerra, criar cerdos tenía desventajas respecto a criar ovejas porque esta especie pasta en las praderas, mientras que los cerdos «compiten» con los humanos, ya que ambas especies se alimentan de comida similar, de manera que la ganadería porcina detrae recursos que podrían utilizar los soldados.

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