Homenaje literario a un gran reformista

Gumersindo de Azcárate se dirige al público durante un mitin en Madrid. /  FRANCISCO GOÑI
Gumersindo de Azcárate se dirige al público durante un mitin en Madrid. / FRANCISCO GOÑI

Muy vinculado a Gijón, de donde procedía su madre, fundó la Institución Libre de Enseñanza y redactó en 1878 el primer editorial del diario EL COMERCIO En el centenario de su muerte, se reedita 'Minuta de un testamento', de Gumersindo de Azcárate

J. L. GONZÁLEZ / A. TORICES GIJÓN / MADRID.

Jurista, filósofo, político, historiador, escritor, catedrático, académico... Gumersindo de Azcárate (León, 1840), intelectual muy vinculado a Gijón, de donde era su madre, fue uno de los grandes pensadores de comienzos del siglo XX. «Fue una de las piezas fundamentales para la construcción de la modernidad en España» y uno de los pensadores y reformadores «que más contribuyó a cambiar la sociedad de su tiempo», asegura José García-Velasco, presidente de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), la organización que revolucionó la educación española el siglo pasado y que De Azcárate fundó junto a Giner de los Ríos y a Nicolás Salmerón, entre otros, en 1876.

Cuando se cumplen cien años de su muerte (falleció en Madrid el 15 de diciembre de 1917), la ILE, junto a la Fundación Sierra-Pambley, con la ayuda de otras organizaciones privadas, han reeditado una de las obras principales del intelectual leonés, 'Minuta de un testamento', con el objetivo de reivindicar su figura y la «vigencia» de su legado. Este ensayo, publicado por primera vez en 1876, fue escrito por el pensador en el destierro que el Gobierno impuso a este grupo de profesores universitarios por defender hasta las últimas consecuencias la libertad de cátedra. Juega con la fórmula de un supuesto testamento que el autor -anónimo- dice haber encontrado, pero en realidad no es más que el vehículo formal que utiliza De Azcárate para reflejar su «cosmovisión» y la del movimiento de intelectuales con los que se relaciona. «Constituye un magnífico testimonio del modo de pensar y la sensibilidad de los fundadores de la ILE y, a pesar de los años transcurridos, su contenido continúa de plena actualidad», comenta García-Velasco. Ahí están la defensa de la libertad de pensamiento y de culto, la reivindicación de la tolerancia, del pluralismo y del poder regenerador de la educación, del Estado laico y democrático, del reformismo político con honda preocupación social, y, de forma especial, García-Velasco ve presente «una defensa a ultranza de la ética en la política, del rechazo al clientelismo, al caciquismo y a la corrupción». Gumersindo de Azcárate fue también el redactor -sin firmarlo- del primer editorial del diario EL COMERCIO, el 2 de septiembre de 1878, en el que sentó las bases de lo que sería el ideario de este periódico. La reedición de su trabajo cuenta con un estudio de Gonzalo Capellán de Miguel, un especialista en el autor, y con las reseñas que hicieron del texto intelectuales como el asturiano Leopoldo Alas 'Clarín' o Joaquín Costa en la prensa de la época.

De Azcárate fue un pionero, un modernizador incansable y un admirador de la obra de Gaspar Melchor de Jovellanos, como dejó claro en sus tres décadas como diputado nacional y dirigente de los partidos republicano y reformista y en los múltiples cargos que desempeñó. Además del trabajo en la Universidad de Madrid y en el ILE, fue el impulsor y presidente del Instituto de Reformas Sociales, desde el que surgió la primera legislación contra accidentes de trabajo, para el descanso dominical y por el derecho a la huelga, así como reguladora del trabajo de mujeres y niños. Su ley contra la usura de 1908, todavía vigente y conocida como 'Ley Azcárate', puso coto a los intereses y préstamos abusivos. Fue uno de los promotores de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que financió la especialización en el extranjero de miles de licenciados que luego volvían a ejercer en España, a donde traían sus conocimientos. También fue el impulsor en 1887 junto a De los Ríos y al empresario que le dio nombre y recursos, de la Fundación Sierra-Pambley, que contribuyó a minimizar el analfabetismo en León y a poner en pie la primera formación profesional.

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