La inmortalidad de García Lorca

Guillermo Weickhert, sobre las tablas del coliseo gijonés. /  FOTOS: PALOMA UCHA
Guillermo Weickhert, sobre las tablas del coliseo gijonés. / FOTOS: PALOMA UCHA

La última obra teatral que escribió el autor granadino se enriqueció en una versión muy aplaudida que incorporó música y danza 'Esto no es la casa de Bernarda Alba' congregó a 800 espectadores el Jovellanos

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

El último testamento teatral de Federico García Lorca poco antes de que le asesinaran en Granada, fue 'La casa de Bernarda Alba'. De algún modo, la huella postrera de su inmortalidad, imperecedera frente al vil crimen. Corría el año de desgracias de 1936 y en el pulso del poeta y dramaturgo germinó esta historia de luto, de oscuras sombras que habitaron la casa de Bernarda Alba y sus hijas, condenadas a la tiniebla social de aquel tiempo. Penumbra moral que todavía prolonga su mano negra en los calendarios presentes que nos informan a diario de la violencia machista que multiplica muertes y víctimas entre las mujeres, tal como recordaba a este periódico durante una entrevista Eusebio Poncela, uno de los protagonistas de la función

Ayer en el Teatro Jovellanos, ese texto cobró nueva vida, en versión libre de José Manuel Mora, bajo la dirección de Carlota Ferrer, con el título de 'Esto no es la casa de Bernarda Alba' y ante ochocientos espectadores. Una introducción que se acogió a fragmentos de conferencias de García Lorca y sus apreciaciones respecto de la libertad creativa prologó esta adaptación que, sin dejar de ser fiel al original, se permitió algunas acotaciones, particularmente las de la conclusión, donde se desarrolló un manifiesto ideológico del feminismo actual, sin concesiones. Los críticos que han asistido a las representaciones se han dividido en lo que concierne a este apéndice, señalando los más reticentes que incorpora una declaración ajena a la construcción teatral.

La peculiaridad de la función residió en el hecho de que las tradicionales interpretaciones, asignadas obviamente a actrices, en este caso corrieron a cargo de actores, pero sin que ello supusiera ninguna emulación femenina. No se trata de un remedo, se muestran en su naturaleza varonil, así que la opción elegida invita a pensar en una sugerencia simbólica.

Comenzando por la propia Bernarda Alba, encarnada por la silueta y la voz de Eusebio Poncela, que inició su parlamento en el patio de butacas, tras asistir a los primeros instantes de la representación como un espectador más. El protagonista sostuvo el arquetipo de aquella viuda feroz, terrible, otorgándole dimensiones tan verosímiles como las que reflejó la tinta lorquiana. Magnífico igualmente Óscar de la Fuente en el papel de la Poncia, criada guardiana de los secretos familiares.

Otra singularidad fue la composición estructural, que ampliando las palabras se extendió a la música y a la danza. Magistral escuela clásica de Igor Yebra (que asimismo perfiló las figuras de la abuela y de Pepe el Romano), así como las coordenadas vanguardistas de Guillermo Weickert. El encaje no interrumpió la fluidez de los diálogos, sino que los enriqueció desde una sensibilidad complementaria.

La estructura se edificó mediante lo que podíamos llamar performances, cuadros sucesivos de una extraordinaria belleza, dentro de una escenografía geométrica de blancos relucientes, pero manteniendo literalidades y, sobre todo, las esencias de la propuesta de Federico García Lorca.

En la promoción de la obra, tras su estreno y éxito en Madrid, se ha indicado un posible paralelismo, el del cuadro de René Magritte, que tituló 'Ceci n'est pas un pipe' ('Esto no es una pipa'), lo que rotuló bajo la imagen evidente de una pipa. Así ocurre en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba'. Sí es la casa de Bernarda Alba, concediéndose un margen para la libertad de la imaginación, tan querida por el autor que la ha inspirado.

El público aplaudió caudalosamente esta vuelta a un manantial que denuncia oprobios de ayer y de hoy. La vida contra la muerte.

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