Muere el cronista de la vida americana

Personaje. Tom Wolfe en su casa de Nueva York en 1988. /  ULF ANDERSEN/GAMMA
Personaje. Tom Wolfe en su casa de Nueva York en 1988. / ULF ANDERSEN/GAMMA

Tom Wolfe falleció el lunes en Nueva York, a los 87 años, a causa de una infección que no pudo superar

CÉSAR COCA

Un crítico lo llamó una vez 'histeriador' porque nadie describía como él la histeria de la vida estadounidense. Corrían los años sesenta y aquel periodista rubio y relamido, que había comenzado a vestir de blanco inmaculado de los pies a la cabeza, estaba revolucionando el periodismo. Luego se pasaría a la literatura -aunque en su caso las fronteras entre ambos géneros siempre fueron muy permeables- para obtener éxitos aún mayores. En las cinco novelas que publicó, Thomas Kennerly Wolfe, que ese era su nombre completo, siguió fustigando a los grupos sociales más poderosos y desvelando los usos existentes bajo el glamour de las altas finanzas o las universidades de élite. Tom Wolfe, creador del concepto de 'nuevo periodismo', murió el pasado lunes en Nueva York víctima de una infección, según anunció ayer su agente, Lynn Nesbit.

Wolfe, que nació el 2 de marzo de 1931 en Richmond (Virginia), comenzó su carrera periodística gracias a una decepción. A mediados de los cincuenta, se presentó ante el entrenador de los Gigantes de Nueva York con el aval de ser la estrella del equipo de la Universidad de Washington & Lee, donde jugaba como 'pitcher'. Un aval insuficiente porque fue rechazado y eso lo llevó a matricularse en el programa de Doctorado en Literatura Estadounidense de Yale. Una década más tarde, cuando sus reportajes en un pequeño diario de Massachussets primero, 'The Washington Post' (su paso por allí fue breve), 'The New York Herald Tribune' y 'Esquire' más tarde le habían dado una justa fama, empezó a trabajarse su propio personaje. Fue entonces cuando decidió vestir de blanco, la imagen de sí mismo que ofreció hasta su muerte.

Al frente de un grupo de colegas de su misma generación -aunque las relaciones entre algunos de ellos no podían ser peores-, Wolfe cambió las reglas del periodismo. Dedicaba un tiempo enorme a la documentación, escuchaba a todos cuantos tuvieran algo que decir sobre un asunto, copiaba las voces y vivía las historias siempre que era posible para no depender de versiones ajenas. Luego escribía utilizando los recursos de la literatura, creando de esa manera un estilo que fue perfeccionando con el paso de los años. Tanto que en los últimos tiempos renegaba de algunos de esos recursos, como el uso de la primera persona o la abundancia de signos de admiración e interrogación.

Ningún asunto humano le fue ajeno: habló del mundo de las drogas, de los fanáticos del automovilismo, de la preparación de los pilotos y los astronautas; incluso asistió como invitado a una fiesta en casa de Leonard Bernstein y se metió hasta la cocina para desvelar cuánto había de hipocresía y culto a la personalidad en lo que parecía un acto benéfico. En 'La hoguera de las vanidades', su primera novela, retrató sin piedad el mundo de los negocios y consiguió un éxito extraordinario.

Sus textos posteriores mantuvieron la fórmula. 'Todo un hombre' describe los problemas de integración racial en una Atlanta en ebullición en los años previos a los Juegos Olímpicos. 'Soy Charlotte Simmons' se adentra en el submundo de las universidades de élite, haciendo un retrato descarnado de una generación atada al sexo y el alcohol, y de la corrupción en el mundo del deporte no profesional. 'Bloody Miami', su última novela larga, refleja la vida en una ciudad única en el mundo, explica, porque está dominada por un grupo social que llegó a ella desde el extranjero hace solo dos generaciones. 'Emboscada en Fort Bragg', en fin, se detiene en el ámbito militar y sus poco heroicos comportamientos cotidianos.

En sus novelas hay una enorme cantidad de información. Cuando en una ocasión un crítico le afeó que eran demasiado periodísticas ejerció de provocador y dijo que lamentaba que no lo fueran aún más. Su mordacidad no se limitó a eso: criticó el arte moderno y su vacuidad y arremetió contra popes de la cultura americana como Richard Serra, Susan Sontag y Norman Mailer. De este último dijo que lo ignoraba todo sobre la vida real en su país y llegó a asegurar que lamentaba no haber sido más mezquino con él. A Noam Chomski lo acusó de encarnar el modelo de lo que hoy es un intelectual: un tipo permanentemente airado que sabe mucho de un asunto y opina sobre todos los demás.

Su larga biografía lo condujo hacia un conservadurismo político que sumió a muchos en la perplejidad. En los últimos años, consciente de que las críticas ya no podían alcanzarlo, sorprendía con comentarios insólitos que lo mismo ponían en solfa la teoría de la evolución -sin que por ello fuera creacionista- que reivindicaban la intervención de EE UU en Afganistán.

Residía junto a Central Park, en un impresionante apartamento que compró con el adelanto que le dieron por 'Todo un hombre' cuando no había escrito aún una sola línea, y en el que vivió con su esposa Sheila, con la que se casó en 1978, y sus hijos Alexandra y Tommy. Allí disfrutaba de la lectura, dibujaba -a finales de los setenta publicó una serie de viñetas en 'Harper's'- y escribía. Lo hacía todo con una disciplina rigurosa: cuando estaba con una novela completaba exactamente diez folios diarios, aunque eso supusiera dejar una frase a la mitad. El tiempo restante lo dedicaba a cultivar su imagen de polemista vitriólico, su aspecto de dandy de otro tiempo y su perfil de 'enfant terrible'. Cuando le preguntaban por la corrección política solía contestar que eso es «marxismo rococó». Genio y figura.

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