«Soy pesimista por realismo: hay motivos para serlo»

Ricardo Menéndez Salmón, en su casa de Gijón. / DANIEL MORA
Ricardo Menéndez Salmón, en su casa de Gijón. / DANIEL MORA

El escritor gijonés Ricardo Menéndez Salmón presenta hoy en Oviedo 'Homo Lubitz' (Seix Barral), una novela sobre las formas oscuras del mal contemporáneo

P. A. MARÍN ESTRADA GIJÓN.

'Homo Lubitz' es el título de la nueva novela de Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) que hoy se presenta en la Librería Cervantes de Oviedo. Un viaje a un futuro cercano que comienza en una Shanghai postcapitalista en la que aún resuena el horror por el avión estrellado por Andreas Lubitz en 2015 y que lleva al lector a la zona oscura de la época actual.

-Un viaje a China y el accidente provocado por el piloto Lubitz están en el origen de la novela.

-El accidente se produce en marzo de 2015 y yo viajo a China un mes después. Aparentemente son dos motivos sin relación entre sí que la ficción une. En el caso de Lubitz tuve una sensación muy fuerte de que acabaría escribiendo sobre eso. La absoluta falta de empatía de este hombre, su afán de notoriedad a cualquier precio, matarse a sí mismo y a todos los que van con él gratuitamente. Eso me impresionó. Su nihilismo sin causa.

«La literatura es necesaria para alejar a la gente de la urgencia en la que vivimos»

-¿Vio en él un signo de nuestra época?

-Recordé a Walter Benjamin y su reflexión de que llegará el momento en que la sociedad contemporánea buscará espectáculos que satisfagan su propia autodestrucción y asistiremos a ello con cierto regocijo.

-Su estancia en China y lo que allí percibió, ¿le ayudó a forjar la historia?

- Volví con la sensación de que las categorías de un occidental no servían para entender la realidad cotidiana de China. Pensé escribir un ensayo sobre la extrañeza y percibí que fracasaría porque solo había conocido una parte del país y por poco tiempo. La ficción -con sus trampas legítimas- sí me permitía reflexionar sobre esa sensación de ininteligibilidad y a la vez la cercanía con nuestra realidad en aspectos como el consumo, la velocidad de las cosas en este tiempo.

-¿Tomarle el pulso es un reto para el escritor?

-Para un narrador es una época fascinante en la que en un mismo texto coinciden lo sublime con lo más gratuito, lo más zafio o banal con conquistas extraordinarias. China sirve para negar que todas las sociedades se mueven en un único momento histórico y que la idea de progreso tecnológico y científico lleva aparejado un progreso moral o de satisfacción personal. De esas dos líneas de intereses surge la novela.

-¿Qué ha querido narrar en ella?

-Es una novela sobre el deseo. Se articula sobre dos mitos, el de Fausto y el de la sed de conocimiento. Hay una reflexión presente desde el principio al final, la idea de que estamos en un mundo en el que el deseo se nos impone. Y también sobre cómo hoy las fuentes de poder no tienen rostro ni nombre.

-Todo sucede a una velocidad vertiginosa ¿cómo saber lo que está pasando?

-Ante ello un escritor no debe plantearse qué narrar ni cómo sino desde dónde hacerlo, es decir cuál es el relato. Era algo que ya planteaba en 'El Sistema'. El discurso tiene la capacidad de generar una realidad y quien lo detenta puede hacer pasar por real lo que no lo es y ocultar aquello que realmente está sucediendo.

-Viene favorecido por la facilidad para que circule a través de la tecnología...

-Claro. En ese sentido la literatura sería un arte caduco ya que exige unas condiciones de disfrute y de realización que no se corresponden con las del tiempo en que vivimos. Por eso es también necesaria para alejar a la gente de esa urgencia, haciéndoles detenerse para reflexionar. El mundo no se puede explicar en un tweet.

-¿Ese es el objetivo que le interesa como escritor?

-La literatura debería aspirar a ser un instrumento para detectar los movimientos de real interés que están sucediendo por debajo de ese cúmulo que nos aplasta y ver como en una biopsia por qué esos órganos están enfermos, no tanto para proponer una cura como para diagnosticar y detectar los males.

-«La esperanza es reaccionaria», ha dicho, pero sí confía en la literatura para mover a la reflexión.

-Soy pesimista por realismo: hay motivos para serlo. Eso no me paraliza, me refuerza en la idea de dar forma con la escritura a todo aquello que no acepto. Esa ha sido siempre la relación del escritor con su tiempo, desesperanza ante lo que sucede y confianza en la posibilidad de incidir en el entendimiento de la realidad a un nivel individual. Es lo que en definitiva importa.

-¿Y las críticas le influyen?

-Las leo. Intento que el ditirambo no me afecte y que el hachazo no me haga sentir que he fracasado. Es necesario ese diálogo entre creador y lector, y muy interesante, pero no debe contaminarte ni cambiar la dirección de tu obra. Por sagaz que sea el crítico, deberíamos recordar aquello de Steiner: «Sí, hablamos, pero es Pushkin quien reparte las cartas».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos