Lluis Montoliu: «El límite de la edición genética es la imaginación del investigador»

Lluis Montoliu, a la entrada del Ateneo Jovellanos. / DAMIÁN ARIENZA
Lluis Montoliu, a la entrada del Ateneo Jovellanos. / DAMIÁN ARIENZA

El investigador del CSIC destaca en el Ateneo Jovellanos la importancia de las «tijeras genéticas», una técnica revolucionaria

J. L. GONZÁLEZ GIJÓN.

Cinco años atrás la ciencia alumbró una potente herramienta: la tecnología CRISPR, conocida como «tijeras genéticas», un proceso que permite cortar secuencias de ADN con gran precisión con el fin de modificar los genes. «Desde entonces, clasifico los laboratorios en dos tipos: los que ya la usan y los que la usarán», afirma el investigador del departamento de Biología Molecualr del CSIC y miembro del Centro Nacional de Biotecnología Lluis Montoliu, que ayer pronunció una charla en el Ateneo Jovellanos. El objetivo de la charla era doble: dar a conocer la potente herramienta y sus posibilidades, y abundar en los aspectos éticos que entraña su utilización.

El campo de actuación que ha abierto la CRISPR es enorme. Los investigadores que trabajan para descubrir la cura de enfermedades con base genética, aquellas que se producen por una mutación, tienen ahora una nueva herramienta con la que trabajar. El gran avance que ha supuesto esta tecnología es que aumenta mucho la posibilidad de acertar con el lugar donde hacer el corte. «Ha dado mucha precisión y además es sorprendente la capacidad de adaptarla. No solo sirve para cortar ADN; también se puede cortar ARN, hacer diagnósticos, luchar contra enfermedades infecciosas transmitidas por mosquitos...».

El problema que se plantea ahora a los investigadores es el proceso que viene después. Cuando se corta una secuencia de ADN la célula que lo contiene activa un mecanismo para reparar el daño. «Puede hacerlo de muchas formas diferentes, y solo una de ellas sirve a mí propósito», explica el científico.

Mientras ese proceso de «pegado» no se mejore, esta terapia no se podrá aplicar de forma general en humanos ya que el resultado de esa mutación podría ser aún peor que el daño que se pretende reparar. «Crea incertidumbre. Cuando trabajo en ratones sí puedo asumir esa incertidumbre en la reparación. Cualquier intervención en humanos conlleva riesgos y las decisiones se toman evaluando esos riesgos. La eficacia en la correción puede ser ahora del 10%, que es altísima, pero un 90% de fallo en humanos es aún excesivo», explica Lluis Montoliu.

A pesar de la incertidumbre, ya se han comenzado a dar los primeros pasos en terapias con humanos. «Tenemos a pacientes con cáncer a los que se les ha extraído células para modificarlas y ayudarles a luchar contra el cáncer. Está llegando, pero de forma prudente».

Todo este campo de acción tiene importantes consideraciones éticas a evaluar. «La alteración del genoma es irreversible y es asumible en un adulto si el beneficio supera al riesgo. Otra cosa es la alteración de un embrión humano, que no solo implica alterar la persona sino también su descendencia».

Lluis Montoliu cree que aplicar este tipo de técnicas en embriones es «innecesario», más cuando existen procedimientos para saber si un embrión a implantar contiene alguna modificación genética maligna.

Esta nueva herramienta marcará el límite de la edición genética «donde esté la imaginación del investigador», lo que supone poner también límites a sus aplicaciones. «Una cosa esdesarrollar aplicaciones terapéuticas y otra estrategias de mejora. Con eso no estoy de acuerdo», afirma.

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