La lucha interna de quien hace la guerra en la distancia

Isabelle Stoffel, durante la representación. Ángel Antonio Rodríguez y Enrique Andrés Ruiz. / MARIETA PABLO LORENZANA

Isabelle Stoffel protagonizó 'En tierra', un montaje valiente y revelador que transparentó la barbarie tecnológica

ALBERTO PIQUERO AVILÉS.

El futuro ya está aquí. Hace tiempo que nos observa. Al menos, una de las múltiples ramas del árbol tecnológico que habita el porvenir, escruta nuestro presente. Y también puede bombardearlo.

Así cabría explicar en una introducción sucinta la obra teatral del norteamericano George Brant, 'En tierra', traducida, interpretada en forma de monólogo y codirigida (junto a Sigfrid Monleón) por Isabelle Stoffel, nacida en Basilea (Suiza) y residente en España.

'En tierra' nos relató ayer en estreno absoluto para nuestro país en el Off Niemeyer, la historia de una mujer piloto de un caza militar, quien tras vivir el frenesí de la guerra en directo y exponerse a la muerte, ha sido destinada a una misión orwelliana en el desierto de Nevada, una vez que ha dado a luz a su primera descendiente, Samantha. A ocho mil kilómetros de distancia de Afganistán, continuará arrojando misiles sobre el enemigo desde un dron que ya no pilota en el escenario bélico. «El dron vuela a la piloto», en palabras de Sigfrid Monleón.

George Brant logra que las confidencias que transmite al espectador la protagonista se conviertan en especulares, que quien contempla sea contemplada y, de algún modo, nos devuelva la mirada. Al fondo, las víctimas. Y la estampa de una realidad panóptica en la que todos estamos encarcelados.

La reflexión traslada a la evolución de la mujer militar, guerrera que ahora mata sin correr aparentes peligros, protegida por la lejanía de los terribles efectos que provoca pulsando un botón; pero esa misma circunstancia introduce nuevos riesgos psicológicos, hacer compatible la vida doméstica y apacible, con una hija reciente y su marido Eric, solapándose a las jornadas de destrucción que maneja en la pantalla. Rosa y negro. Juegos de inocentes ponys luminosos y el túnel de la barbarie. Una conciliación imposible que desembocará en rebeldía y en un epílogo atroz, en el que la muerte inocente y ajena se hace propia.

Isabelle Stoffel da vida a su personaje en términos extraordinariamente convincentes, sobre una escenografía desnuda y un diseño de luz que envolvieron ese futuro imperfecto e hipertecnológico que se conjuga en presente de indicativo.

Una obra que es un estado de alarma, una exhortación a vigilar a nuestros vigilantes, poderosa, punzante, que se desarrolló al ritmo de una confidencia vertiginosa, teniendo en el contrapunto una canción mecida por la voz de Tulsa. Negro y rosa.

Aplaudidísima.

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