Martirio, popular y vanguardista

Martirio, en plena actuación. A su concierto asistieron unas 500 personas, entre ellas el actorJavier Gutiérrez con su novia, Adriana Paz. A ambos les dedicó Martirio 'Noche de bodas'. / PATRICIA BREGÓN
Martirio, en plena actuación. A su concierto asistieron unas 500 personas, entre ellas el actorJavier Gutiérrez con su novia, Adriana Paz. A ambos les dedicó Martirio 'Noche de bodas'. / PATRICIA BREGÓN

La cantante celebró en el Niemeyer los 30 años que lleva sobre los escenarios, en un concierto aplaudido de principio a fin

ALBERTO PIQUERO AVILÉS.

María Isabel Quiñones Gutiérrez (Huelva, 1954), Maribel para los cercanos y Martirio como nombre artístico, quiso acercarse a la música en la edad más temprana estudiando guitarra; pero alguna vez ha confesado que no tenía los dedos suficientemente ágiles y el arte ganó una extraordinaria cantante que ha reinventado la copla, llevándola por meridianos que no se habían explorado, transportándola a una fusión sin confusión, tan original como diáfana, de profunda raigambre popular. Así se puso en evidencia en la noche de ayer en el Centro Niemeyer ante medio millar de espectadores -entre los que se encontraba el actor Javier Gutiérrez-, mediante el concierto tiulado 'Martirio 30 años'. O sea, tres décadas de un repertorio que siempre ha buscado nuevos horizontes. Ella misma ha explicado que ha de volver a empezar constantemente, pues el viaje en el que se ha embarcado nunca tuvo un puerto particular de destino, sino que obedece a la necesidad de ir recogiendo emociones en las olas, por así decir.

Aquella chica que puso su voz en el grupo Jarcha, cuando proclamaba la urgencia de que la sociedad española encontrara la 'libertad sin ira', durante la transición democrática de los 70 del pasado siglo, y que después estuvo al lado de Kiko Veneno y Pata Negra, llegada la mitad de la década de los 80 emprendió singladura en solitario y, desde entonces, ha mantenido la fidelidad -peineta, abanico y gafas negras de sol mediante- a una concepción de la música en la que las coordenadas tradicionales se vivifican y se hacen presente y futuro.

Acompañada por un grupo excelente, envoltura armónica primorosa y cómplice, del que formaron parte su hijo Raúl Rodríguez a la guitarra -no sufre de ninguna falta de agilidad en los dedos, verdaderamente magnífico-, Jesús Lavilla en el piano -que también sirvió de respaldo a Martirio-, Negrón marcando el paso del contrabajo y Martín Bruhn escalando las cordilleras de la batería, la primera pieza ofrecida a un público entregado fue 'Yo vengo a ofrecer mi corazón', de Fito Páez, tras la que sonó la ya legendaria 'Estoy mala'. «Un honor enorme estar en este centro, único en Europa, de la paz, la cultura y la vanguardia», saludó al público la andaluza.

Un paso por clásicos como ''Volver' o 'De un mundo raro', con Chavela Vargas en la inspiración. O 'La bien pagá ', aliñada de jazz, que en este territorio colaboró tiempo ha el pianista Chano Rodríguez, y el traspaso se titula 'Paid so well'. No se olvidó de coplas de siempre como 'Ojos verdes' -esplendorosa en en este tema, quitándose las gafas y al compás de la guitarra de su hijo-, 'Tatuaje' y María la portuguesa, memoria inolvidable Carlos Cano - «el Jacques Brel de la copla... Y además estaba para comérselo», dijo de él-, en un repertorio formado por una veintena de temas. Incluyó 'Noche de bodas', que la cantante dedicó a Javier Gutiérrez y su novia, la actriz mexicana Adriana Paz, «para que les dure el amor».

Esa fue la esencia de la velada. La copla que sin renunciar a su identidad extendió las alas y voló al abrazo de armonías fraternas. Ya decíamos, fusión sin confusión, eligiendo de forma exquisita el trenzado, sabiendo -Martirio es sabia- que las urdimbres musicales se han de enlazar en telares que favorezcan su parentesco. Nada que ver con la simple acumulación de materiales o rizos ocurrentes. Meciendo la copla junto a los boleros, las baladas, el pop, el swing, el jazz o el flamenco.

Treinta años después, Martirio continúa siendo esa luz singular que ilumina por igual los sentimientos del barrio y la transgresión de la vanguardia. A flor de piel. Aplaudida de principio a fin.

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