Mercedes, niña y mártir

En febrero de 1910, un labrador tinetense fue acusado de haber dado muerte a su hija, a la que, decían las malas lenguas, solía maltratar. Él, contra la opinión de su segunda esposa, lo negaba

Nadie supo ni sabrá hoy, más de cien años después de que un juez ordenase la exhumación de la niña Mercedes, qué fue lo que los testigos vieron al abrirse la tapa del pequeño ataúd. O mintieron u olvidaron nueve meses más tarde lo visionado, cuando el presunto homicidio de Merceditas fue visto ante la Audiencia y seguido con interés por el público. Era el año 1910 y Benigno Arango, el abogado invicto, estaba por jalonar su carrera con una nueva victoria en el caso de la niña Mercedes P. En el banquillo de los acusados, su padre. Frío y taimado. Maltratador presunto. Burlado por su mujer, defendido por la costurera.

El asunto había ocurrido en febrero, a mediados. En Tineo, José P. acababa de contraer nuevas nupcias con Josefa tras enviudar de su primera esposa, Rosalía, muerta cuando su última hija, Merceditas, aún era una cría de teta a la que le quedaba mucho por crecer. Quizás por haberse quedado huérfana prematura, ausente del pecho materno y de la leche que manaba de él, Merceditas se crió débil y torpe. Poquita cosa. Una cría pálida a la que las piernas no le respondían como debieran y que solía caerse al suelo, enfermar con frecuencia. «Era mi favorita», declararía José P. cuando le interrogó el Fiscal el 21 de mayo del diez primero, a finales de noviembre después. Merceditas había muerto el veinte de febrero, en los brazos de Josefa. Y, desde entonces, la pesadilla.

Murió sin más. Se le quedó dormida a la madrastra en el regazo, pidiendo agua y calor, el ojito hinchado de haberse caído cuatro días antes de un banco y llevándose la mano a la cabeza, aún aterida del golpe, confusa. El médico, que no solía bajar por el pueblo, certificó la muerte a distancia, guiado por lo que le dijeron los vecinos que, bajo el encargo del padre, le llevaron la noticia. «Merceditas P. murió; tenía dos años; se quejaba de fiebre y de dolor de tripa». Se firmó el informe de defunción: pericarditis. A la niña la enterraron un par de días más tarde, entre los rumores que acabarían por hacerla desenterrar.

Malas lenguas

Las malas lenguas dijeron, en plata, que José solía pegar a la cría y que hubo quien creyó ver, cuando dos paisanas del pueblo preparaban el cadáver, dos grandes coágulos de sangre apelmazando el pelo de Merceditas. Que la causa de la muerte hubiera podido ser cualquiera, salvo pericarditis, porque a José no le dolían prendas en golpear a la chiquilla con lo primero que tuviera a mano y que él, labrador de profesión, vivía con los aperos dentro de casa; con palos, con cuchillos; con fesorias y con garabatos y con palas; con hierros afilados y palos contundentes sobre la cama y con una cocina de leña en la que, valga la casualidad, se había accidentado Merceditas días atrás.

De modo que se exhumó a la pequeña en presencia de varios testigos. La prensa refiere, meses más tardes, declaraciones tan dispares que cuesta acertar cuál fue la visión exacta de los mismos; a uno de ellos, duro de oído y de mollera, fue imposible hacerle cantar porque aseguraba estar sordo. «Pero que qué vio», insistió el Fiscal. Y que si quieres arroz: «Que qué voy a ver, si estoy sordo». «Que ver, se ve con los ojos». Y vuelta. «Que qué voy a ver. Que estoy sordo». Omitiendo este caso, un tanto surrealista, tampoco las mujeres protagonistas en el trasunto se pusieron de acuerdo. Josefa, la madrastra de la pequeña, culpó primero a su marido, a quien aseguraba haber reprendido más de una vez por tratar con excesiva dureza a la cría. «Vio a su esposo pegar a la niña», transcribe de su declaración EL COMERCIO del treinta de noviembre de 1910. «Que esta se cayó dando un golpe contra un banco; que otro día vio también a su marido pegar a la niña con una vara, produciéndole algunas heridas en la región glútea».

La costurera

Del otro lado, Soledad. Costurera en casa de José, se convirtió en su principal aliada al decir que, cuatro días antes del óbito, había visto ya a la niña con el ojo ennegrecido; que se le había ido hinchando cada vez más aquellos días y que todo se había debido a una desafortunada caída tiempo atrás. «No vio al José maltratar nunca a su hija», aseguró. «De rumor público se decía que la muerte de la niña había sido casual». Presente en la exhumación del cadáver de Merceditas, Soledad decía no recordar haber visto coágulo alguno que indicase lesión violenta, ni castigo excesivo en el pasado del labrador hacia la niña.

No, al menos, más excesivo de lo que se consideraba correcto en aquellos tiempos. Porque sí que admitía José haber pegado a Merceditas una noche en la que esta se negó, caprichosa, a no rezar el rosario. «Tenía solamente dos años de edad», atacó el fiscal, recordando aquel hecho en sus conclusiones. «Y, por aquella falta, le dio tan grande bofetón que le hizo caer, dándose un fuerte golpe contra un banco, por lo que se produjo una contusión en el frontal». ¿Cómo resolver el caso? No hubo peritos médicos; no asistieron profesionales que pudieran certificar que las heridas de la niña, con la carita abrasada aún cuando abrieron su ataúd, fueran producto de un acto voluntario o involuntario. El abogado defensor esgrimió la inconsistencia de las pruebas y el buen carácter de José, burlado, desde su ingreso en la cárcel, por su mujer, a causa de razones que se escapan a lo escrito por los reporteros en el papel.

Quizás no lo hubiera logrado si no hubiera sido él. Arango, el abogado más prometedor de aquella década, de verbo fácil y arrollador carisma; se comió al público con su alegato final en defensa de un hombre sobre el que pesaba el mayor de los delitos: el haber dado muerte a su propia hija, a golpes, sin piedad ni remordimiento. Horas más tarde llegó la absolución. José salió de la Audiencia Provincial libre, por primera vez en casi un año sin esposas atenazándole las manos. Desnudas. Fuertes. Fibrosas. Muy apretadas.

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