Los muertos viven en nosotros

Santiago Molero y Cristina Medina, anoche, sobre las tablas del Jovellanos. /  DANIEL MORA
Santiago Molero y Cristina Medina, anoche, sobre las tablas del Jovellanos. / DANIEL MORA

La obra de José Sanchís Sinisterra, dirigida por Fernando Soto, tuvo como intérpretes a Cristina Medina y Santiago Molero '¡Ay, Carmela!', un clásico de nuestro teatro contemporáneo, triunfó en el Jovellanos

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

A veces, los números pueden explicar las letras. Sería el caso de la obra teatral de José Sanchís Sinisterra, '¡Ay, Carmela', que ayer sábado se representó en el Jovellanos ante 450 espectadores, un aforo que se rindió a la excelente función, premiándola en el epílogo con una ovación tan larga como cálida, mucho más allá del protocolo.

Vayamos a la aritmética: desde que se estrenó en 1989, según datos de la Sociedad General de Autores (SGAE), ha sido el título más solicitado para obtener la licencia autorizada que permitiera su puesta en escena. En ciento ochenta y nueve ocasiones se ha otorgado ese beneficio, que agregando la versión que nos ocupa serían ciento noventa (omitiendo, claro está, cuantas veces haya subido a las tablas por escaleras oficiosas y entre bambalinas discretas). Miles de funciones, en España y en otras latitudes transpirenaicas, que han convertido '¡Ay, Carmela!' en el texto con mayor número de visitas de un autor español vivo, un clásico de nuestro teatro contemporáneo.

Tampoco es ocioso el cálculo, pues el autor ha dicho que esta adaptación es una de las que más le ha complacido, al contrario de lo que ocurrió, por cierto, cuando manifestó su distanciamiento con la película de Carlos Saura, protagonizada por Carmen Maura y Andrés Pajares, que se inspiró demasiado libremente en su original.

Es probable que desde que levantó el telón a finales de la década de los 80, '¡Ay, Carmela!' haya tenido múltiple lecturas. El propio Sanchís Sinisterra ha explicado que la escritura de partida, un homenaje a su padre republicano y a las Brigadas Internacionales que ofrecieron su vida defendiendo ideales democráticos en la Guerra Civil, ha terminado siendo un canto a la esperanza y un tributo a los muertos de todas las guerras, que como Carmela no verán apagarse su luz si continúan en nuestros recuerdos: si los muertos viven en nosotros.

A Carmela la evoca el apocado Paulino, viniendo ella de la muerte -«allí no hay na, aquello es muy grande, hay mucho secano»- tras ser fusilada por los franquistas que quisieron obligarles a ambos, cómicos humildes, a interpretar un espectáculo hiriente y chusco contra el espíritu republicano. Ella se sale del guión oprobioso y es ejecutada junto a un grupo de brigadistas. Paulino se acobarda y se viste camisa falangista. Pero la vuelta de tuerca podría ser que esa facultad de la memoria de Paulino, contrito y muerto en vida, no solo hiciera revivir a Carmela, sino que de algún modo le hiciera recuperar a él mismo el latido. Que los muertos viven en nosotros y nosotros estamos vivos si no los olvidamos.

Cristina Medina y Santiago Molero realizaron un ejercicio actoral magnífico y de una extraordinaria versatilidad amparados por una luminotecnia brillante y una creación en la que el teatro dentro del teatro favorece la interconexión de géneros, la comedia, el drama y la tragedia, las canciones -espléndida 'Suspiros de España'- y el folclore, en una época de atrocidades.

El público rubricó el final con una enorme ovación y varios 'bravos'.

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