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'Mazepa' cabalga ya triunfal por España

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De izquierda a derecha, Vladislav Sulimsky en el papel de Mazepa, junto a Mikhail Timoshenko, Vitalij Kowaljov, Elena Bocharova y Dinara Alieva. / O. O.

  • Las voces de los cuatro protagonistas recogieron ovaciones, aunque se cuestionó la dirección de escena de Gürbaca

  • El estreno nacional de la ópera de Tchaikovsky que abrió la temporada ovetense recibió una cálida acogida

La Ópera de Oviedo continúa con su política de adentrarse en repertorios poco trillados, pero de gran calidad. En la temporada pasada, la ópera inédita fue 'El duque de Alba', de Donizetti; en la actual -nada menos que la 69 temporada- 'Mazepa', la ópera de Tchaikovsky que hasta ayer no se había representado en España. De ahí que se hubiesen creado bastantes expectativas alrededor de una ópera infrecuente -salvo en Rusia y en los países de la antigua órbita soviética-, poco convencional en el drama y de una gran riqueza musical, y que recibió una cálida acogida por parte del público asturiano, si bien es cierto que con algunas objeciones a la dirección de escena.

El marco histórico de 'Mazepa' es muy concreto: la batalla de Poltava en 1709 entre Carlos XII de Suecia y el zar de Rusia Pedro el Grande y el papel que en ella tomaron los cosacos ucranianos capitaneados por Mazepa. Sobre ese fondo histórico, Tchaikovsky traza un mundo de pasiones a veces extremadas en torno al poder, la lealtad, el apego a la tierra y el amor.

En la concepción escénica de Tatjana Gürbaca, la acción se traslada con cierta ambigüedad a la época actual, con un mundo cercano al de las dictaduras militares contemporáneas. Bajo esta atmósfera un tanto oprimente confluyen, en fuertes claroscuros, las pasiones personales. Gürbaca propone una escena un tanto ecléctica, viva, con fuertes contrastes y en la que en algunos decorados reflejan ecos del surrealismo no muy alejado de Magritte unidos a un sentido expresionista que refuerza la subjetividad.

Junto a esto, conviven algunos elementos conceptuales como, por ejemplo, los encajes en el segundo y el tercer acto, que simbolizan la vida privada, pero algunas escenas no están bien resueltas. Aún así, destacan algunas partes positivas como el juego de un grupo de niños judokas del Club Oviedo Sport, que sustituyen a las escenas de danzas cosacas.

Musicalmente, el peso de lo colectivo de 'Mazepa' está en la orquesta y en el coro. La orquesta no es solo un acompañamiento de las voces o un mero colorear de la acción. La proyección alcanza, tanto en la obertura inicial como en el intermezzo entre el segundo y tercer acto, en el que se describe la batalla de Poltava, las cumbres del poema sinfónico. Rossen Milanov hace una buena labor frente a la OSPA. Una dirección tensa, nerviosa, muy rica en dinámicas, especialmente al final del segundo acto, con una percusión envolvente, aunque quizá se le podría objetar algún exceso de volumen sonoro en los dúos más líricos.

El coro es otro de los pilares de 'Mazepa'. Un coro multiforme, con diversas actuaciones que hacen de él un coprotagonista de la acción.

Dentro de esta variedad coral, hay pasajes sobresalientes como el coro de las muchachas ucranianas (al principio del primer acto), las escenas que representan los cosacos y -especialmente significativa- el canto ortodoxo de la escena de la ejecución. Elena Mitrevska ha realizado una buena proyección del coro como representante del pueblo eslavo.

Entre los protagonistas, Vladislav Sulimsky, que actúa por primera vez en el Campoamor, interpretó a un Mazepa muy reservado para el gran monólogo del segundo acto, aplaudido por el público, y más tenue en otras intervenciones concertantes. Como actor, proyecta especialmente en el tercer acto un Mazepa complejo, sensible y, sobre todo, creíble.

Al tenor Viktor Antipenko lo habíamos escuchado hace dos temporadas en un frío papel de Pinkerton, de 'Madama Butterfly'. En el rol de Andrei, el enamorado de María, está frialdad desaparece. Cantó con gusto, buen lirismo, una emisión a veces algo forzada en los agudos, pero muy poética y emocional. Especialmente, en su aria final del tercer acto, llena de nostalgia por el tiempo pasado.

Dinara Alieva interpreta a una María de cierta contundencia y, sobre todo, versatilidad. Inicialmente, una voz muy lírica de muchacha, una emisión más irregular en el segundo acto y una gran interpretación tanto en lo vocal como en lo dramático en el tercero, en el que da vida a una mujer demente.

Al barítono bajo Vitalij Kowaljow también lo hemos escuchado anteriormente en el Campoamor en papeles verdianos, como el Jiacobo Fiesco, de 'Simón Bocanegra'. Vitalij recrea con fuerza y convicción el rol de Kochubei, el hacendado ucraniano traicionado por Mazepa. Fue muy aplaudida la escena de la tortura. Para muchos, la cima interpretativa de esta obra. Elena Bocharova como Liubov tiene una voz de mezzo potente y enérgica y también destaca la actuación de Francisco Vas en el breve papel del cosaco borracho. Buen complemento interpretativo de una representación con ovaciones para las cuatro voces protagonistas, ligeramente cuestionada en la escena por algunos sectores (incluso con atisbo de pateo a la hora de los saludos), pero de inequívoca fuerza musical.