El Comercio

lucha por la vida

Desconozco los entresijos de la música electrónica a nivel internacional. Las memorias de Moby (descendiente de Melville; Moby es un homenaje a 'Moby Dick') nos lo cuentan todo del Nueva York de los 90: el 'underground' musical, el hip hop, el house, el nacimiento de los 'clubs kids' y la escena 'rave'. Solo hay un problema: Moby es abstemio, es cristiano, es vegano y huye de los tóxicos. Es la lucha barojiana por la vida -hacer de la vocación una profesión; ambas dignas, sin borracheras ni amigotes- donde la pasión y la creación son inseparables, el centro de una vida y, algo más importante, de todo un crecimiento dentro de tal disciplina. El libro me recordó las palabras de Héctor Tuya -que recogió su flamante premio Nacional Tino Casal a Mejor disco del año- afirmando que él se había metido en la música porque nunca tuvo muchos amigos, para aprender una técnica, no para ligar ni juergas. ¿Suena raro? En absoluto, si cambiamos de ámbito, esa es la plataforma de lanzamiento de los deportistas de élite o los toreros.

Los subrayados son inagotables: es una narración redonda, donde hay mucho de un yo reflexivo, además cronista de una época nada fácil. Moby comienza viviendo en una fábrica abandonada, pronto se traslada a la ciudad donde todo ocurre (Nueva York) y empieza a intentar sobrevivir entre yonquis del crack y fiestas 'rave' en sótanos desiertos y almacenes abandonados. Drogadictos que te venden de todo en el andén del metro o que te roban la bicicleta si te descuidas en desayunar un burrito vegano con un café con leche mediano. Se hace vegano por salir de la alimentación de cualquier estadounidense del extrarradio: pizzas, hamburguesas, sándwiches de salami, sándwiches de ternera, más pizza, litros de bebidas gaseosas. Elige no beber para no sufrir resacas. Su mundo es el de los 'sámplers', los sintetizadores, la huida nocturna de los ejecutivos ebrios, los camellos nauseabundos, las prostitutas drogadas y los universitarios sin cerebro. El reto era escalar de club en club, hasta llegar a lo más alto, el Palladium: «Era el mejor club de Nueva York. Red Zone tenía mejor música; el Tunnel era más bonito; el Nell's tenía más glamur y el Mars era más cool y oscuro. Pero el Palladium venía a ser el no va más, el 'non plus ultra' de los clubs: era el más grande, el que tenía el sistema de sonido más potente y el escenario más descomunal. El que más intimidaba». La lucha por la vida estaba ahí, en la noche, pero no como forma de diversión sino como modus vivendi y de progreso. Todo es supervivencia en el texto. Aprender los trucos del oficio: «Todos los DJ de hip hop les pegan monedas de veinticinco centavos a los discos con cinta adhesiva para que no salten y pesen más». Cada fracaso enseña un truco y las normas de la propia vida se van aprendiendo despacio: «Nadie se enfrenta a un traficante en la calle, y tampoco en un club». Manadas de raperos, de camellos (todos con pistola, en grupos de 20) que lanzan billetes en la pista mientras piden botellas de champán. Imprescindible lección de vida.

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