El Comercio
Isaac Turienzo, en Oviedo.
Isaac Turienzo, en Oviedo. / PIÑA

«Un músico que improvisa es como un trapecista sin red»

  • El pianista ofrecerá mañana en el Teatro Campoamor un recital para celebrar sus 30 años dedicándose al jazz

  • Isaac Turienzo.Músico

Es uno de los grandes nombres del jazz asturiano y ha logrado que su trabajo se vea reconocido en todo el mundo. Hace 30 años que Isaac Turienzo (Gijón, 1961) dio su primer concierto importante. Fue en el Teatro Campoamor, y este domingo lo celebrará rodeándose de amigos en ese mismo escenario, a eso de las siete de la tarde.

-Será un concierto muy especial.

-El teatro celebra 125 años y yo 30 tocando jazz. La primera vez que toqué en el Campoamor fue en 1987. Tuve la gran suerte de compartir escenario con Donna Hightower y el grupo de Pedro Iturralde, el gran saxofonista. Fue dentro del Festival Internacional de Jazz Ciudad de Oviedo, en su primera etapa.

-Una etapa gloriosa, pero ahora está en hora bajas.

-Estamos intentando impulsarlo de nuevo. Este tipo de iniciativas pasan siempre por diferentes etapas. Hubo grandes estrellas, como cuando Miles Davis presentó su disco 'Tutú', en una de sus últimas actuaciones, Dizzy Gillespie, Chick Corea, Michael Brecker...

-¿Cómo llegó usted al jazz?

-Llevo más de 40 años tocando el piano, pero al jazz me acerqué tarde. Era complicado encontrar discos de ese género. Poco a poco íbamos escuchando y grabando cosas.

-Después viajó por todo el mundo.

-Empecé tocando con músicos portugueses en Lisboa, después fui al Festival de Atenas y me llamaron para el de Moscú. A partir de ahí creo que he tocado en unos 40 países, sobre todo en Europa. Pero también hice gira por Estados Unidos y estuve en sitios como Omán, en los Emiratos Árabes, Etiopía, Kenia, Uganda, Marruecos... Me falta Australia, pero el resto de los continentes los tengo dominados.

-Y siempre al piano.

-Yo siempre toqué el piano, es un instrumento muy completo, abarca todas las tesituras posibles. Aunque no descarto hacer algo con pianos eléctricos, siempre toco el piano de cola. Me encanta.

-¿En qué está trabajando ahora?

-Tengo varios proyectos en marcha. El primero se titula 'Una noche en París', con Ana Nebot y Jean Marie Lazaro, un cantante francés. Se trata de once temas de la chanson francesa traducidos al lenguaje del jazz. Dos de estos temas sonarán el domingo en el Campoamor.

-¿Qué más se va a escuchar el domingo en ese concierto?

-Primero tocaré solo una parte titulada '30 años no es nada', en recuerdo de aquel primer concierto en el Campoamor. Después habrá un homenaje a Tete Montoliú, porque hace 25 años que nos dejó. Se titula 'Pensant en Tete con Chastang', y es un dúo con mi contrabajista, Miguel Ángel Chastang, que grabó conmigo todos mis discos. Después tocaré un dueto con Ove Larsson, un trombonista muy conocido en España, un fiera con el trombón. Y después vendrá 'My favourite kind of music', en trío junto al batería asturiano Fernando Arias y Miguel Ángel Chastang al contrabajo. Sonarán un arreglo mío de 'Bésame mucho', un tema del brasileño Ivan Lins y un tema asturiano, una variación sobre el 'Santa Bárbara bendita', porque siempre incluyo algo asturiano en mis conciertos, allí donde esté. Tras la parte de 'chanson' nos uniremos en cuarteto y sumaremos a un percusionista, Sergio Pevida. Cuando empecé, él iba al camerino de la mano de su padre a saludarme, tenía cinco años, y ahora es un gran músico.

-¿Hay algún músico de jazz joven al que tengamos que seguir?

-La música dio un giro de 180 grados en ese sentido. Hay muchísima gente que toca bien, pero creo que en el jazz lo importante es tener personalidad. Destacarte por cómo tocas en cuanto a 'feeling', no en cuanto a virtuosismo, porque cada vez hay más virtuosos. Hay muchos jóvenes que tocan estupendamente, pero da la sensación que todo el mundo toca igual. Los tiros no van por ahí. Hay que crear tus propias frases, jugar, improvisar. Un músico que improvisa es como un trapecista que trabaja sin red. Ahí hay emoción y riesgo.

-También hay gente que aparenta que improvisa.

-Es el gran fraude del jazz. Se aprenden escalas de memoria y las sueltan, pero ahí se pierde toda la gracia.

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