Un clásico para deleite de todos los espectadores

Un momento de la actuación del Russian National Ballet. /  LORENZANA
Un momento de la actuación del Russian National Ballet. / LORENZANA

'El cascanueces' llenó ayer de belleza y ternura el Campoamor, como lo hizo hace exactamente 125 años en su estreno en San Petersburgo

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

En un día como el de ayer, pero ciento veinticinco años atrás, se estrenaba en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo el ballet de Piotr Ilyich Tchaikovsky que llevó por títiulo 'El cascanueces' (1892), partiendo del cuento de Hoffmann que había adaptado Alejandro Dumas (padre). Así que no ha de ser excesivo suponer que no sólo es el azar quien en este 18 de diciembre de 2017 ha favorecido el que los espectadores del Teatro Campoamor hayan disfrutado de este clásico cuento de hadas envuelto por la hermosa partitura del compositor que también ofreció al mundo 'El lago de los cisnes' o 'La bella durmiente' (que ocupará hoy, siguiendo la estela, el espacio del Campoamor).

Sin duda, 'El cascanueces' es uno de los ballets más representados a lo largo de la historia, si no el ballet popular por antonomasia. Y en este frío lunes de diciembre volvió a concitar a su alrededor un público familiar que abarcó desde niños de edades muy tempranas a adolescentes y progenitores igual de atentos que sus descendientes. Prácticamente, se llenó el aforo. Y los aplausos calurosos llegaron desde el principio.

La historia navideña en la que se ven sumergidos la candorosa María y su travieso hermano, Fritz, elevó el vuelo de la fantasía al cuidado del exquisito Russian National Ballet, dirigido por Sergei Radchenko, haciendo las delicias de todos los espectadores. El espectáculo completo estuvo presidido por una delicadeza orfebre, desde la luz y el color a las composiciones de los cuadros. Con un elenco en el que se unieron la gracia y la armonía, la geometría perfecta y la dulzura de la narración convertida en danza, siguiendo pautas tradicionales en la escenografía; pero dotando la función de un brío, un ritmo y una fluidez admirables. A destacar, las figuras que encarnaron al padrino/mago Drosselmeyer, los dos roles del Cascanueces; el Rey de los Ratones y, sobre todo, la brillantez del conjunto.

Como se sabe, el Cascanueces, elevado a Príncipe, termina venciendo los asedios del Rey de los Ratones. Y en el aire quedó esa victoria infantil contra los miedos, esa belleza pintada de música. La apoteosis final recibió una ovación a su misma altura.

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