Cuento de hadas, polkas, valses y brindis en Oviedo

Un momento del concierto celebrado en el Teatro Campoamor. / MARIO ROJAS
Un momento del concierto celebrado en el Teatro Campoamor. / MARIO ROJAS

Oviedo Filarmonía, bajo la dirección de Óliver Díaz, ofreció un concierto delicioso de Año Nuevo que se repetirá hoy | El Teatro Campoamor, rebosante, se llenó de la alegría de vivir que transmitieron unas partituras tradicionales, gozosas y vibrantes

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

El Teatro Campoamor se colmó en el primer día del calendario de 2018 para cumplir la tradición que marca el concierto de Año Nuevo, que en esta ocasión tuvo los aires sinfónicos de Oviedo Filarmonía bajo la dirección de Óliver Díaz. Hoy se repetirá la función.

Había anticipado el director que las obras elegidas permitirían el lucimiento de los intérpretes y así fue desde los primeros compases, que trasladaron a la audiencia ese cuento de hadas que compuso Tchaikovski para ballet en 1892, 'El cascanueces', popularizado por Disney en 'Fantasía', y que continúa haciendo las delicias de todos los públicos. La selección incluyó la Obertura miniatura y la Marcha, pertenecientes a la primera parte de la composición, y las danzas que comparecen en el segundo acto, la 'Danza del hada de azúcar' -dulzura exquisita en la celesta-, la 'Danza rusa', la 'Danza Árabe', la 'Danza China' y la 'Danza de los Mirlitones'. Riqueza melódica, cerrada con el 'Vals de las flores'.

Después, las 'Danzas húngaras' nº 1, nº 5 y nº 6, de Johannes Brahms, ese prodigio de pureza en el que la música bebe y modifica manantiales populares trepidantes y con delicados remansos.

Tras el intermedio, respetando las pautas vienesas que son de obligado cumplimiento, llegaron las partituras de Johann Strauss hijo que armonizan cualquier Año Nuevo digno de tal nombre, empezando por las costuras del humor de 'El Murciélago', la obertura de esa opereta llena de alegría de vivir. Luego, 'Perpetuum Mobile' alumbró el gozo circular de la música envuelta en sí misma. «Etcétera, etcétera, etcétera», bromeó el director orquestal en su colofón. 'Bajo rayos y truenos' fue una demostración de que no hay tormenta que logre detener una polka vertiginosa. Un paréntesis dedicado a la 'Danza diabólica', de Josef Hellmerberger hijo, sonó de manera celestial.

Vuelta a la polka y a Strauss hijo mediante 'Tritsch-Tratsch', revoltosa y contagiosa. Se iba dibujando el final, que pareció muy propio en la 'Polka del Champagne', pues el propio Óliver Díaz brindó en un vaso de sidra; antecediendo las cadencias de 'El bello Danubio azul', ese vals que no tuvo demasiado éxito en la fecha de su estreno, en 1867, y que se ha convertido en el más aclamado de los cuatrocientos que llevó Strauss hijo al pentagrama. Oviedo Filarmonía lo delineó al modo de un río del alma.

Para los bises, la 'Polka de los campesinos', en la que todas las secciones orquestales hicieron gala, además, de sus cualidades corales. Y, por supuesto, en el colofón, la 'Marcha Radetzsky', que nunca puede faltar Strauss padre en esa despedida.

Los aplausos fueron 'in crescendo' a lo largo del concierto. Óliver Díaz devolvió el entusiasmo: «Un público así ha hecho de Oviedo una de las capitales culturales de España», agradeció.

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