Un disco, una corbata y una botella de vino, en el adiós a René de Coupaud

La música no podía faltar en el adiós a René de Coupaud. /  JOAQUÍN PAÑEDA
La música no podía faltar en el adiós a René de Coupaud. / JOAQUÍN PAÑEDA

El funeral por el músico congregó en la iglesia gijonesa de San Esteban del Mar a intérpretes, bandas y amigos de varias generaciones

E. C. GIJÓN.

Varias generaciones de músicos asturianos -amigos todos, muchos con lágrimas en los ojos, pero también con algunas sonrisas al recordar tantos momentos compartidos- dijeron adiós ayer a René de Coupaud en la iglesia gijonesa de San Esteban del Mar. El músico, fallecido el sábado en Quintes a los 65 años a causa de un infarto, fue despedido con un emotivo funeral que abarrotó el templo y en el que hubo tres ofrendas. La primera, un disco que él mismo compuso, arregló y produjo «como símbolo de su arte con mayúsculas» y porque, como recordaron los suyos, «la música de todo tipo era su pasión». La segunda, «una de sus magníficas corbatas, como símbolo de su rebeldía y de sus ganas indestructibles de divertirse». Y, por último, «una botella de buen vino, como símbolo de su manera de disfrutar de los pequeños placeres de la vida y de lo buen anfitrión que era junto a su mujer, María Dolores».

Ella y sus dos hijos, Javier y Pablo, fueron arropados por profesionales del oficio de todas las edades y estilos -de Jorge Ilegal a Xel Pereda pasando por integrantes de Alcatraz, Los Ruidos o Fuera de Serie-, además de por compañeros de la Fundación Municipal de Cultura de Gijón y por autoridades como la concejala Ana Montserrat López Moro o del director general de Turismo, Julio González Zapico.

Todos, reunidos para agradecerle a René en el adiós que hubiese pasado por sus vidas: «Gracias por esa amistad que siempre nos brindaste y que no pasará nunca. Por esa sonrisa tuya que permanecerá en la memoria del corazón, porque lo que recordaremos de ti siempre será el amor», dijo Fernando Díaz Malanda, amigo de la familia y encargado de oficiar el funeral. Y es que, como recordó Pipo Prendes, René de Coupaud Villarrubia «era la música en tono mayor». O, en palabras de Daniel Gutiérrez Granda, «una persona absolutamente generosa, entrañable. De esas que, siempre que llamabas, ahí estaba». Y, como no podía ser de otra forma, las notas de un cuarteto del Aula de Tuba del Conservatorio Superior de Música Eduardo Martínez Torner le dijeron 'hasta la vista' a «una figura irrepetible en el mundo de la música asturiana». Fue a los sones la 'Marcha fúnebre' de Purcell y bajo la batuta de Alfonso Molla, músico y amigo, que resumía así la sensación unánime: «A nivel profesional, René era excepcional, pero es que, como persona, aún lo era más».

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