Miriam Perandones: «Granados une nacionalismo español y patrimonio»

Begoña García Tamargo, Miriam Perandones y María Sanhuesa. /  H. Á.
Begoña García Tamargo, Miriam Perandones y María Sanhuesa. / H. Á.

La musicóloga cerró el ciclo de conferencias de La Castalia en el Ridea con una conferencia sobre el músico catalán

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

La última conferencia de la Asociación Cultural La Castalia (cuyo propósito es poner de referencia a nivel regional la música de cámara del siglo XIX y XX) tuvo ayer como protagonista en el Real Instituto de Estudios Asturianos de Oviedo a Miriam Perandones, directora de la Cátedra Leonard Cohen y docente de Historia y Musicología de la Universidad de Oviedo. Begoña-Gacía Tamargo, directora de la asociación, manifestó su interés y compromiso absoluto «para que los jóvenes no tengan que irse y vender su talento fuera». María Sanhuesa Fonseca, docente del Conservatorio, fue la encargada de introducir a la conferenciante a Perandones, que ya había ofrecido esta charla en el Instituto Cervantes de Nueva York. Granados, en la óptica de Perandones, es cosmopolita (Barcelona, París, Nueva York), está alejado del costumbrismo tópico (clavel, pandereta y faralaes), destaca por su renovación del lenguaje musical pasado (en la estela de Stravinsky), emplea las mismas técnicas que compositores franceses (Bisset en sus farandolas) y siempre, incluso en su tratamiento del cuplé, «intelectualiza las piezas por medio de un lenguaje adornado y culto». La maestría de la ponente en su didáctica fue prodigiosa a la hora de tararear temas o proceder a su autopsia memorística.

Granados, como la tercera pata del nacionalismo español (junto con Albéniz y Falla), tendría una fórmula poética muy breve: «Une espíritu nacional y patrimonio histórico». Su triunfo en París sería absoluto (1911-1914), deja de tocar por los cafés de Barcelona y gracias al mecenazgo de Eduardo Conde (bautizaría a su propio hijo de forma homónima) sube los primeros peldaños como artista internacional pero el estreno en Nueva York de las 'Goyescas' (1915) le catapulta al estrellato, hasta el punto de que las tiendas de moda empiezan a vender trajes con mantillas a las señoras y la prensa convencional a titular de modo sensacionalista: «Nueva York huele a ajo» (por lo español). La Quinta Avenida le aplaude, Broadway le quiere y su destino se trunca al volver en un barco que finalmente se ve torpedeado, donde fallece en compañía de su esposa.

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