El músico al que sepultó la historia

Sheila Martínez recopila en una tesis la vida y obra del gijonés Facundo de la Viña

PABLO PARACUELLOS GIJÓN.

Facundo de la Viña suena a postromántico. Suena a Richard Strauss, a César Franck y a Richard Wagner. Pero no suena en teatros, en representaciones o en orquestas. De la Viña, natural de Gijón, donde nació en 1877, es uno de esos creadores que la historia, en cierto modo, ha olvidado. Sheila Martínez (Oviedo, 1986) ha escrito -y presentado hace una semana- una tesis en la universidad de la capital asturiana en la que trata de responder a las incógnitas que presentan la vida y obra del músico. Sobre De la Viña, la investigadora ha descubierto detalles de su vida, hasta ahora ocultos, valiéndose de artículos publicados en EL COMERCIO desde el mismo año de su fundación, en 1878, cuando su padre -también Facundo de la Viña- escribía poesía como colaborador. El músico gijonés viajó a Valladolid a los 6 años con sus padres. Allí no solo comenzó su formación musical, también asentó la que sería su ideología para el resto de su vida. «La obra de De la Viña está marcada por un fuerte 'castellanismo' -explica Martínez- que se debe a una convergencia entre su infancia en Valladolid y la crisis de identidad que sufre España con la pérdida de las colonias en 1898». Por eso, hablar de las composiciones del músico asturiano es referirse a una corriente ideológica de comienzos del siglo pasado que intentaba asentar en Castilla las raíces para constituir una conciencia nacional. Para muestra, un botón. Martínez ha conseguido rescatar para su tesis la partitura de una composición de De la Viña que narra la batalla de Covadonga. Al menos, su visión sobre la legendaria refriega, porque el compositor, además de asomarse a la ópera, es uno de los maestros del poema sinfónico; una obra orquestal que tiene por objetivo la evocación de sentimientos en el oyente a partir de un recuerdo, un cuadro o incluso un concepto.

Respetado por sus contemporáneos, como Manuel de Falla, fue miembro de la Junta Nacional de Música en la Segunda República. Pero llega la guerra civil, a continuación la dictadura y con ellas, los bandos. De la Viña no se lo pensó mucho, «fue franquista por convicción, no por conveniencia», asegura Martínez. Toda la simbología castellanista de su obra fue «oportunamente reciclada por los nacionales durante el franquismo», y así, De la Viña se convirtió en uno de los compositores afines al régimen; llegó incluso a ser profesor del Conservatorio de Madrid de 1939 a 1944, «un golpe sobre la mesa» para imponerse como uno de los músicos que habrían de hacer historia en España. Pero hablar de la vida del gijonés es «hablar de contradicciones», reconoce Martínez. Por una parte, basa su panteón creativo en la cultura popular castellana, el campo y el folclore medieval; por otra, -como buen burgués decimonónico- es lo suficientemente «elitista» como para depurar «muy fino» todo aquello que provenga de la clase obrera a la hora de fijarlo en una partitura.

Así, pese a ser uno de los músicos más galardonados de su época, su obra apenas ha trascendido. Intuye Martínez que esto solo trajo frustración al alma del músico cuando murió en 1952. La historiadora tiene claras las causas: que De la Viña comulgara con el franquismo, el público español «acomplejado desde hace más de 200 años» por sus artistas y «los teatros con mentalidad empresarial que no se atreven a programar a artistas nacionales». Su tesis, asegura, es un intento por sacar a la luz a un músico sepultado por la historia.

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