POESÍA Y ROCK

MANUEL ASTUR

En mi casa siempre ha habido muchos libros de poesía. Sin embargo, tengo que confesar que la poesía no comenzó a gustarme hasta que ya fui bastante mayor. O mejor dicho, no comencé a comprender la poesía hasta que llegué a la adolescencia. Como tantos adultos siguen pensando, de niño creía que la poesía era escribir frases cortas unas encima de otras y que contuvieran muchas palabras profundas -mis preferidas eran «infinito», «espejo» y «fantasma»-. Y ni siquiera es que un día abriera un libro de poemas y me quedara maravillado, no. En realidad, llegué a la poesía gracias a la música. A la música moderna, a la música rock principalmente.

Antes, cuando el formato era algo importante, los vinilos, primero, y los cedés, después, traían un libreto muy elaborado, con ilustraciones, fotos y, sobre todo, con las letras de las canciones, para que pudiéramos descifrar lo que decían nuestros amados cantantes. Cuántas horas de mi adolescencia me pasé a solas escuchando a Nirvana, Radiohead, Smashing Pumpkins o los Doors, por poner solo unos ejemplos, mientras leía aquellos libretos y trataba de descifrar el significado de las letras. Esos libretos, esos libritos con ocho o nueve poemas, fueron los que comenzaron a empaparme de las metáforas, imágenes, cadencias y ritmos de la poesía. Sin ellos, puede que nunca hubiera descubierto la poesía, la cual, junto con la música, construye mi vida.

Apostaría lo que fuera a que al escritor, editor y músico gijonés Jorge Alonso, colaborador de este periódico, le ocurrió igual. De lo contrario no habría escrito un poemario como 'Fauna Fría' (Suburbia Ediciones, 2017). Mientras leía los catorce poemas que lo componen -hermosos poemas, muy rítmicos y potentes, perfectos para ser leídos en voz alta- todo el tiempo tenía el impulso antiguo de poner el disco del que era libreto. Por fortuna, ahora ya sé que todo buen poema nos usa como tocadiscos y que la canción, si es auténtica, resuena muy dentro nuestro.

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