«Puigdemont necesita flamenco»

Javier Labandón se reclama «un chaval de barrio». /  EFE
Javier Labandón se reclama «un chaval de barrio». / EFE

«A Melendi le tiran sujetadores al escenario y a mí cintas para el pelo. Tengo más de mil» El Arrebato presenta en Gijón este sábado su último trabajo, 'Músico de guardia'

A. VILLACORTA GIJÓN.

A Javier Labandón (Sevilla, 1969) lo de El Arrebato se lo puso su abuela, de niño, por trasto. El sábado regresa al Teatro de La Laboral con la gira de su último disco, 'Músico de guardia', pero ya avanza que no faltarán los clásicos. «No nos perdonarían si no los tocamos. Y, además, habrá sorpresas. Por ejemplo, nos atrevemos con el flamenco. Es un concierto que tiene subidas muy alegres y partes íntimas para que la gente se vaya con muy buena sensación».

-Ha dicho que «España es flamenquita». ¿Y Puigdemont?

-(Ríe) Pues no lo sé, la verdad, pero creo que escuchar flamenco le haría mucho bien. Lo necesita, porque ser flamenco es una filosofía de vida, una actitud. Por ejemplo, levantarse a las siete de la mañana no es nada flamenco. Un flamenco se puede levantar a las siete, pero no habitualmente.

-No le gustan nada las prisas...

-Nos ocurre a muchas personas, que no entendemos por qué corremos tanto ni a dónde queremos ir. Luego, llega el día en que te jubilas y te das cuenta de que no ibas a ningún sitio. Que, simplemente, lo que quieres es estar con tu familia, con tus amigos, jugar al dominó... La vida se trata de eso: de querernos y compartir.

-Con cuatro hijos y una mujer con la que lleva treinta años, habla con conocimiento de causa.

-No fue premeditado. He tenido la suerte de encontrar una mujer que me quiere mucho y que quiero mucho, pero hay personas que pueden encontrar el amor a la segunda o a la tercera oportunidad...

-E iba para futbolista y triunfó componiendo el himno sevillista. ¿Los hinchas del Betis van a verle?

-Hombre, los más radicales igual no, pero la gran mayoría sí vienen... Nunca he tenido ningún problema, porque soy futbolero y sé que en ese terreno hay que andar con mucho tacto y con mucho respeto.

-Uno de sus ídolos, Sabina, también escribió el himno de los colchoneros y a los dos los han criticado por machistas. A usted, por aquello de 'búscate un hombre que te quiera, que te tenga llenita la nevera'.

-Tuve algunas quejas, pero imagino que es que no entendieron bien una canción que habla de una situación personal, concreta, entre un adolescente bohemio que quiere dedicarse a la música y que tiene una ruina muy grande, porque todo se lo gasta en guitarras, y una chica que quiere ser clásica y juntar para un ajuar. Imagínate que criticasen a Rocío Jurado cuando cantaba eso de «es un gran necio, un estúpido, engreído». O a Bebe cuando dice «malo, malo, malo eres». Se entiende que no se refieren a todos los hombres, ¿no? La gente está un poquito suspicaz y yo creo que tenemos que relajarnos.

-El signo más visible de su bohemia es su cinta en el pelo. Confiese: ¿cuántas tiene en total?

-Uff. Deben pasar de las mil. Tengo un armario como con catorce cajoneras llenas hasta arriba y varias cestas. Es que es el recurso más fácil para regalarme. A Melendi le tiran sujetadores al escenario y mí me tiran cintas (Risas). Y, además, un día, descubrí que cuando me la quitaba y me recogía el pelo en un moñito, la gente casi no me reconocía. Es maravilloso porque me da una intimidad enorme.

-Quéjese a los políticos por el estado de su maltrecho sector.

-La música ha sido saqueada por todo el mundo y nadie nos ha defendido, pero yo soy totalmente apolítico. No creo en la política y me parece que criticar una cosa en la que no creo es como criticar a los Reyes Magos. Están para buscar poder y representar a las élites. Nada más. La política no existe en este país, a no ser en barrios y lugares pequeños.

-¿Su última noche con arte?

-Este fin de año, con toda mi familia y mis amigos. Vinieron como doscientas personas a casa. Pusimos una carpa grandísima en el patio y fue muy especial porque hubo reencuentros muy emotivos. Empezamos con las uvas y terminamos a las siete de la tarde del día siguiente (Risas).

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