RÉQUIEM

DANIEL RODRÍGUEZ

En 1977, René de Coupaud y yo viajamos juntos a Madrid y con el mismo objetivo: realizar la gira veraniega del cantante Albert Hammond con el grupo Alcatraz. Él ya era una pieza fundamental del grupo, como pianista, y yo entraba a formar parte en esta gira como ayudante del staff técnico. Nunca olvidaré que en el vuelo me dice: «Dani, perdona que me ponga los auriculares, pero tengo que trabajar. Sabes que pasado mañana empezamos la gira y tengo que hacer los arreglos de la banda».

A partir de ahí, ni una palabra más. Escuchaba un casete y apuntaba en un cuaderno pautado acorde tras acorde. Yo siempre había visto hacer arreglos, pero apoyándose en un teclado. Él no parecía necesitar absolutamente nada, su cabeza era como un PC de última generación.

Cuatro años antes, René me había enseñado lo poco que sé de trombón y me daba clases en un aula de la hoy Hermandad de Jesús Cautivo de la calle Fray Ceferino de Oviedo. Domingos y fiestas de guardar tocaba el órgano de tubos de la iglesia asombrando a propios y extraños con su 'Réquiem'.

Consolidado y respetado como excelente arreglista y pianista, en especial para Camilo Sesto, la nostalgia por su tierra y en particular por su familia le hacen abandonar Madrid y regresar a casa sin atender a las súplicas que le hacían para que se quedara Alfredo y Vicente Mahiques y Nano Muñoz, junto a él la base de Alcatraz, pero a lo único que aspiraba era a regresar con su esposa María Dolores y sus hijos.

A partir de ahí y en colaboración con Pedro Bastarrica, crean los estudios de grabación Eolo en el recinto ferial. Probablemente, el primero en Asturias y en donde grabaron la práctica totalidad de músicos, cantantes y grupos de la época.

Los últimos años de René de Coupaud los pasó como director, aportando sus conocimientos, que eran muchos, en la escuela Taller de Músicos de Gijón, en donde hace apenas un año se jubiló.

Ayer al mediodía, con tan solo 65 años, decidió acabar con toda posibilidad de volver a subirse a un escenario, algo que muchos amigos anhelaban, y un infarto se lo llevó.

Se fue sin llamar la atención, como era en su día a día, y nos deja desolados a todos quienes le conocimos.

Una auténtica pena su pérdida y tan solo desear que María Dolores y sus dos hijos puedan superarla. Descansa en paz, Maestro, aunque, si ahí hay algo de música, no vas a parar.

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