Luz Casal, en Avilés: sensibilidad y elegancia de una artista

Luz Casal, en plena actuación en el Teatro Palacio Valdés de Avilés../ MARIETA
Luz Casal, en plena actuación en el Teatro Palacio Valdés de Avilés.. / MARIETA

Luz Casal inició la gira de presentación de 'Que corra el aire' en el Avilés de su adolescencia

Alberto Piquero
ALBERTO PIQUEROGijón

Sí, que corra el aire, que se abran las ventanas de la emoción pura y se pierda en el viento cualquier atmósfera viciada. Esa fue la primer sensación que transmitió Luz Casal en el Teatro Palacio Valdés durante la noche de ayer, recibida por el público -y, al final y por el medio, de igual modo- con una ovación que podría llamarse devoción. Incluso, por momentos, creímos advertir algunas lágrimas -de alegría, de la esperanza cantada que incluyen algunas de sus últimas creaciones- en los rostros atentísimos de los espectadores que abarrotaron el recinto. Atentos escucharon sus primeras palabras, que sirvieron para solicitar «paciencia y comprensión si me equivoco» en este arranque de la gira. Pero, como dijo, llevaba la lección muy aprendida para dar luz y brillo a su álbum 'Que corra el aire'.

«Avilés significa mi descubrimiento de la música, de la literatura, del mar y la amistad»

Sobria en la presentación de sus canciones, no se olvidó de las alusiones personales en una noche tan especial: «Avilés significa el principo de mi vida, mis 16 años, el descubrimiento de la música, de la literatura, del mar, de la amistad; todo lo bueno que tengo me viene de aquí, mi agradecimiento jamás tendrá fin», le confesó al público tras el descanso de diez minutos que llegó una vez que interpretó 'Amores' de Mari Trini y antes de cantar 'Entre mis recuerdos. Llegararían después momentos únicos, con el teatro entero cantando a coro 'Un nuevo día brillará' y levantando llamaradas con las canciones más conocidas.

Sensible, elegante, auténtica, provocó un derroche de sentimientos en la platea y los palcos con las composiciones de su último álbum, que abordan el amor en los términos que Luz Casal interpreta la vida, sin dramatismo, iluminando el presente de indicativo, apenas la mirada vuelta atrás para rendir homenaje muy entrañable a las personas queridas, como en 'Meu pai', tributo que alarga el inmenso cariño que profesa a su padre fallecido y que ya manifestó en los versos de la citada 'Entre mis recuerdos'. También, ahora, evocó a un chico prematuramente muerto -'Lucas', era su nombre-, amigo de la familia, que convierte en poema de resurrección.

La declaración de principios está rotulada en el título, 'Que corra el aire', hecha de lumbre hogareña, lugar donde «no traspasan la puerta falsas promesas». Pero aunque los oídos pudieron deleitarse en cada una de las piezas que interpretó, acaso un tránsito de especial belleza haya de reservarse para 'Volver a comenzar', cuya autoría es de Conchita y Pablo Cebrián, un himno de musicalidad orfebre que estremeció a la concurrencia, bordado con letra de oro frente al desaliento: «Reímos cuando ya somos más fuertes / cuando somos más valientes / que las ganas de escapar...». Vibrante, de la estirpe de aquellas canciones que ponen un nudo en la garganta del oyente mientras las cuerdas vocales de Luz emitían deliciosas armonías.

Pero la elección que permitió el repertorio -en el que, naturalmente, se incluyeron antiguos e inolvidables éxitos reservados para el tramo final, cautivó en todos los registros, fueran los melancólicos de 'Morna', los ecos setenteros de 'Miénteme al oído', la negritud que se respiró en 'Días prestados' o los flecos rockeros de 'Tanto ruido'. O el bolero de Cristina Plaza, 'Quise olvidarte'.

No hace falta decirlo, Luz fue profeta en su casa, resplandeció con una madurez artística en sazón e hizo de la velada una comunión rubricada por montañas de aplausos. Un concierto memorable.

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