La ley del talego

Hace treinta y tres años, el asesinato de un contrabandista palentino dio origen a una auténtica espiral de violencia tan solo explicable por la implacable ley taleguera, que castiga con sangre los silencios. Y, en este caso, hubo muchos

Conocían la hora, la ruta y el montante de pesetas que el contrabandista llevaría bajo los sillones de los asientos del coche de forma tan precisa que hubiera sido raro que el golpe fallase. Todo estaba pensado: a las siete de la tarde del veinte de enero, cuando ya hubiera oscurecido, Bautista Guémez se dejaría ver por las calles de León tras haber recogido un sustancioso cobro de 23 millones de pesetas por las 370.000 cajetillas de tabaco de contrabando que le habrían comprado un matrimonio asturiano. A pesar de la planificación, el golpe falló. Tanto, que acabaría por confluir con el crimen más ignominioso de la Asturias de los años 80.

Pero se debe empezar desde el principio. Explicando, por ejemplo, que Bautista Guémez era un palentino dedicado a transacciones poco lícitas y que, a principios de 1985, tenía planeada una de las más sustanciosas, precisamente en connivencia con un matrimonio asturiano al que conocía bien R. R., gijonés de 42 años. Que el precio convenido superaba los veinte millones de pesetas y que eso, en aquellos años 80 de tristes adicciones, era un botín muy codiciado por quien necesitase dinero rápido. Por química necesidad, como J. I. M., o por negocio sobre la misma, como J. S. El uno, enganchado; el otro, pensando en vivir del negocio. Y que 'El Gallego', el que tenía las agallas, o el bazo, según se prefiera, de apretar el gatillo, creía que podría engañarles a todos para no repartir los billetes.

Y eran muchos billetes. Comprimidos bajo los sillones del Mercedes de Guémez, abatido hasta la agonía a las siete de la tarde del 20 de enero, mientras conducía su Mercedes por la avenida de Asturias, en León, junto a su yerno. Con el palentino acabó una de las tres balas del 6,35 que 'El Gallego' descerrajó sobre el coche de lujo del traficante, y el dinero fue extraído del vehículo para no ser visto nunca más. Literalmente, porque, a pesar de que en las siguientes semanas todos los atracadores fueron detenidos, ni se pudo dar con el alijo ni ninguno de los integrantes de la banda cantó sobre qué se había hecho del botín. Incluso aunque eso conllevara trágicas consecuencias. Que las conllevó.

Mucho antes de eso, mientras Guémez aun se debatía entre la vida y la muerte en la Clínica Reina Sofía (acabaría muriendo dos días después del atraco), J. I. M., heroinómano de 25 años, arrojó el arma del crimen desde la punta de Lequerica y 'El Gallego' planeaba su huida, el estacazo definitivo a sus compañeros: custodio del dinero, puso pies en polvorosa y se escapó a Cádiz, donde no le encontrarían hasta abril los efectivos de la Brigada de Policía Judicial. Los demás llevaban ya semanas, desde el ocho de marzo, en prisión.

La justicia les condenaría, unos meses después, a 27 años de cárcel. Por un delito de robo con violencia, de muerte dolosa y de tenencia ilícita de armas. Esa sentencia, la dictada por la Audiencia Provincial de León el 28 de octubre de 1985, nueve meses y una semana después de la muerte de Guémez, fue la legítima. La dictada por los jueves. Quedaba, con todo, la impuesta por la cárcel y su estricto sistema de favores y reciprocidades.

Y esa no tiene piedad. Nunca. A pesar de los recursos presentados ante la Audiencia Nacional, en el año 1986 los atracadores seguían presos y bajo el punto de mira de quienes sabían que tenían cosas que ocultar, favores que pagar, asuntos. De la vida magnífica que hubiera supuesto el triunfo del golpe se pasó a la que se da, y se paga, entre rejas. Cada uno por su cuenta, la justicia de la trena en la de todos. Allá por febrero de aquel año, J. I. M. murió, sin haber cumplido ni los treinta años, mirando fijamente a los ojos al médico de la cárcel de León que trató, sin éxito, de salvarle la vida en primera instancia y de arrancarle una acusación en segunda. No habló. Otro preso, nunca se supo quién, le había apuñalado en pleno centro del vientre de tal manera que nadie se dio cuenta de la herida hasta que el suelo se llenó de sangre y ya fue demasiado tarde para hacer nada.

Fue la primera consecuencia mortal del golpe contra Guémez, y no se aclaró nunca. Un ajuste de cuentas, dijeron los periódicos, en relación con aquel dinero jamás aparecido. Quizás previendo un desenlace fatal como el de su compañero, R. R. consiguió la protección en la celda de un hombre sin piedad a quien apodaban 'El Argentino'. Un hombre grande, fuerte, con el pelo ensortijado sobre la cara y la barba cuyo rostro, más de treinta años después, sigue clavado en el recuerdo de todos los gijoneses que lo contemplaron en los periódicos a principios de 1987. Porque, cuando salió de la cárcel, y sin que nadie supiera jamás las verdaderas motivaciones de 'El Argentino', este secuestró a la hija de R., que apareció muerta -y con lesiones a causa de haber sido violada- semanas más tarde. La niña se llamaba Celina y su triste historia se ha inscrito a fuego en las letras de la crónica negra asturiana.

El desenlace de toda la historia, por fin, se resuelve con otro crimen. No podría ser de otra manera, una vez entrados ya en la espiral de violencia y muerte que se iniciara años atrás con el ataque al contrabandista Guémez.

A 'El Argentino' lo acabaron asesinando en prisión, prueba de que cada zapato tiene su horma y cada crimen, su castigo, dentro o no de los márgenes de la legalidad. Estrangulándolo, tal y como habían acabado tiempo atrás con la vida de una niña inocente que él, envuelto siempre en un halo de locura de aroma a alcohol del malo, siempre negó haber matado y violado. ¿Quién, si no? Solo puede saberlo la ley del talego. La que nunca olvida. Ni perdona.

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