«Las novelas son sueños con los ojos abiertos»

TAREK HALABI

La periodista y narradora trajo a Gijón su última creación literaria, ‘La carne’

ALBERTO PIQUERO

Continúa Rosa Montero (Madrid, 1951) su trayectoria narrativa sin abandonar algunos de los temas centrales que ha ido configurando en sus páginas desde que se estrenó con ‘Crónica del desamor’ (1979): el propio amor, el paso del tiempo, la identidad o la muerte. Pero ahora lo hace desde la madurez artística y a partir de una libertad creativa que se ha ganado capítulo a capítulo. La última muestra es ‘La carne’, historia de una mujer sexagenaria que cruza su vida con la de un joven gigoló ruso, Adam. Una novela de final impredecible.

¿De dónde ha surgido ‘La carne’, qué la inspiró?

–Las novelas son sueños con los ojos abiertos, que vienen de profundidades que ni una misma sabe interpretar. Es verdad que hace un tiempo que deseaba escribir acerca de mi mundo en Madrid (después de ‘Lágrimas en la lluvia’ y ‘El peso del corazón’, que transcurren en 2109) y apareció este personaje, Soledad, una mujer culta que está en la meseta de la vida y que nunca ha tenido una relación de amor plena. Aunque, como advierte Wilde, la verdadera vida es la que no realizamos, porque siendo seres hambrientos de plenitud, la plenitud no existe.

Con todo, Soledad la persigue...

–Sí, porque todos estamos secuestrados por ideas ilusorias. Uno de nuestro problemas es que no sabemos vivir el presente.

Que el apellido de Soledad sea Alegre, ¿es una provocación, un juego de antítesis?

–Si hubiera que definir la novela, se caracterizaría por las cuestiones duras, el miedo a la vejez, a la soledad absoluta, a la locura, a la marginación social... Pero todo ello está urdido mediante un cierto sentido del humor... Yo quiero a Soledad Alegre, pese a que sea fastidiosa, iracunda y misógina, que es lo que menos le perdono. Es también una persona que no se rinde al borde del abismo.

En su orilla, Adam, el gigoló ruso... ¿Un verdugo o una víctima?

–En la novela hay juegos de gemelos y muchísimos espejos. Soledad prepara una muestra de escritores malditos y ella misma es una maldita. Soledad y Adam se parecen mucho a pesar de sus diferencias, los dos pueden ser víctimas y verdugos. Sin revelar lo que no puede decirse, me siento orgullosa de que nadie haya adivinado el final sorprendente de la novela.

Que existan temas centrales en la literatura universal inevitablemente recurrentes, el amor y el desamor, la agonía del tiempo o la muerte, ¿no es un indicio de que hay preguntas sin respuesta posible?

–Basta con buscar la respuesta, aun sabiendo que no existe. Escribimos para perder el miedo a morir y para soportar la vida. Si se quiere, es un truco frente a la oscuridad. Pero ayuda a encontrar cierta serenidad y a colocar el dolor. Dicen que el dolor enseña, pero eso sólo es así si no te envilece o te mata...

¿La resistencia a morir no tiene algo de antinatural y misterioso, habida cuenta de que la muerte es una desembocadura natural?

–La vida se empeña en vivir, no nos cabe en la cabeza la muerte, a la que no solo le tengo miedo, sino que la detesto. Es asombroso que estemos aquí y ahora, fruto de una línea genealógica remotísima, y que todo se pueda acabar en un parpadeo.

Canetti explicaba que leyendo a Kafka sentía su fraternidad en el dolor. ¿Es semejante a su idea de la literatura que nos libera del horror?

–Es exacto. Leer nos permite el contacto con seres afines desde su interior y nos libera de la terrible jaula de la soledad, nos hace hermanos. El dolor compartido es consolador.

Soledad prepara en ‘La carne’ una muestra de escritores malditos. ¿La literatura de los malditos es la más auténtica?

–No, eso es el tópico de que para escribir hay que sufrir... Ya hay bastante sufrimiento en el mundo (ríe). La literatura auténtica es la del escritor que está libre de presiones, prebendas y utilitarismos.

Usted ha entrevistado a notabilísimas personalidades internacionales, de Arafat a Olof Palme, Indira Gandhi o Julio Cortázar. ¿Cuál le ha dejado más huella?

–Es imposible que al cabo de tanto tiempo no haya olvidado algunas de esas experiencias; pero recuerdo a Muhammad Yunus, el inventor de los microcréditos, que tenía una personalidad luminosa, de esas que son indispensables en este mundo con tantas sombras.

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