«No me quiero pasar la vida contando la mía»

Carla Simón. /P. UCHA
Carla Simón. / P. UCHA

La directora de ‘Verano 1993’, seleccionada para representar a España en los Oscar, presenta su debut y trabajos previos en el FICX

ALEJANDRO CARANTOÑA

Carla Simón tenía, en enero de este año, treinta años, una película (su primer largo, una ficción autobiográfica en torno a su infancia y a la muerte de sus padres) y un sueño: estrenarla. Se llamaba ‘Verano 1993’, estaba rodada en catalán y un mes más tarde la presentó en la Berlinale, donde ganó el premio a la mejor ópera prima «por sorpresa». Lo siguiente han sido unos meses frenéticos, en los que ha ganado todo lo que se ha puesto a su paso (y ha logrado unas notables cifras de recaudación) que van a desembocar en enero de 2018, cuando se decida si la cinta está nominada a los Oscar: hace dos meses que la Academia del Cine decidió que fuese la representante de España.

Entre todo este ruido, Carla Simón ha llegado a Gijón a presentarla, junto con sus cortos anteriores, en el marco de un foco que le dedica el Festival Internacional de Cine. No ha perdido ritmo ni, reconoce, ha tenido pausa para preparar futuros proyectos. Pero tiene media hora para hablar relajada, sin mirar el reloj ni disimular su pasión: el cine.

¿En qué aspectos, de cualquier orden (profesional, vital, personal) la ha obligado a pensar la película y lo que la ha acompañado?

—No había pensado en la exposición en general. Cuando estrenamos en Berlín, un amigo me dijo que al día siguiente saldrían las críticas, y eso es algo que ni siquiera me había planteado. Como las entrevistas… Es parte del proceso de hacer una película que no tenía previsto.

Y ¿cinematográficamente?

—La naturalidad de la que tanto hablan. Está claro que las niñas son un punto fuerte, y busqué mucho esa naturalidad, pero no sabía hasta qué punto la había plasmado. Lo descubrí con la proyección de la película, pero solo al verla: cuando la terminas no tienes ni idea de lo que has hecho. Para mí ya era muy importante haber sentido que contaba lo que quería. Sin embargo, había perdido la objetividad: en Berlín podrían haberme dicho que era muy mala y no hubiera rechistado. Pero lo logré, y estaba en shock. Me ha costado mucho entender por qué funciona.

¿Lo ha entendido?

—Por las niñas y por los temas que trata, creo. Pero más allá de eso (y esa es la magia del cine) nunca llegas a saber por qué. Otra sorpresa que quiero añadir es la de que se valore su sencillez: es sencilla porque no había otra. Dicen que es una virtud, pero fue una necesidad…

Todo esto la ha convertido en un personaje, de alguna forma: quienes sufren desgracias o triunfos repentinos son muy noticiables. ¿Cómo lo lleva?

—Hasta cierto punto, tomas conciencia de que estás proyectando una imagen, pero no hay un personaje consciente. No está creado y no digo mentiras, porque no sabría. No actúo.

Pero al dirigir a las niñas protagonistas ha tenido que actuar, ¿no?

—No he actuado mucho; he jugado. En todo caso, es verdad que cuando en el set hay mucha tensión tienes que mantener la calma, hablar con serenidad, templar el ambiente…

Pues el resultado parece fruto de la pausa, de tener tiempo para dirigir, y no de las prisas y la falta de medios: ¿No es muy teatral?

—Es cierto que hablamos de eso entre nosotros, y es algo bastante contradictorio: elegimos hacer tomas largas, a veces de la escena entera, en lugar de apoyarnos en trucos, montajes, sentar a las niñas y contarles un cuento, trampear emociones... Si salía a la primera ya la tenías; si había que repetir (que ocurría todo el rato), era un problema. No son planos secuencia muy complicados, pero a veces es muy jodido. A cambio, te da cosas muy buenas en la actuación: te da vida, pequeñas imperfecciones. Pensamos que sufrir hasta el último momento era un buen riesgo, y eso que en las escenas nocturnas no podíamos rodar más que entre las 10 y las 12. Algunas no están porque no salieron.

Ni tampoco está usted excesivamente presente, después de todo: ¿Se debe a esto?

—Lo importante no es que esté presente sino que los espectadores estén con los personajes. Igual que en los cortos anteriores sí había mucha coreografía, y yo jugaba más, aquí no era factible y propusimos algo así como un vídeo doméstico. Yo había pensado algo más encuadrado, más formal, pero alguien me hizo notar que entonces se iba a ver que estaba hablando desde mis recuerdos, y no desde el presente, desde el momento y el punto de vista de la protagonista. Así encontré el enfoque.

¿Puede ser que por eso en general nadie haya percibido la película como un mensaje ideológico o político?

—A mí me alegra que la película no se haya politizado. Solo hubo una crítica que escribió un señor argentino en la que decía que él había estado en el 93 en Cataluña de turista y que nadie hablaba en catalán, y que por tanto yo había maquillado el pasado a favor de la causa independentista. En fin, no hubo más. Yo solo quería contar mi infancia.

Entonces ¿decidió retirar elementos, como las menciones explícitas al SIDA, para centrar la película o escogió qué quería incluir? ¿Cómo ha decidido: añadiendo o retirando?

—No, fue por el punto de vista. A fin de cuentas yo no supe hasta los 12 años nada del SIDA, y por tanto en la película no podía aparecer. Modifiqué escenas para poder contarlo, pero era esencial que fuese sutil: la palabra no se dice.

¿Siente que ha quemado un cartucho biográfico al volcar esta historia?

—No creo, hay directores que siguen haciendo la misma película (ríe). Me interesa la ausencia, la familia, las relaciones: son fuentes de inspiración inagotables. Bueno, y una familia enorme llena de historias que me daría para toda una carrera. No, bromas aparte, no me quiero pasar la vida contando mi vida. Lo que ocurre es que el cine te lleva a conocer y profundizar en mundos que no son el tuyo (como mi familia, mi gente, los temas que trato). Me gusta el anclaje en la realidad porque necesito respuestas sobre lo que me dispongo a contar. Y sí, es mucha presión: hay materiales que tenía a mano, como fotos familiares, que no podré volver a usar y no tengo nada parecido a la vista. Aunque ya llegará.. Necesito enamorarme de lo que quiero contar y todo me viene más fácil, pero exige mucha observación.

¿Le resulta fácil observar?

—El cine me ha hecho aprender. Yo veo a dos personas en el metro y me pregunto de qué hablan, qué hacen, cómo…

No obstante, ese ejercicio no le ofrece el conflicto narrativo, y en ‘Verano 1993’ está muy presente. ¿Cómo encuentra el vehículo para todas esas imágenes?

—A mí me gusta mucho el drama. En la película, efectivamente, se alternan escenas de conflicto con otras en las que aparentemente no pasa nada (aparentemente: todo tiene que ver). Ahí interviene la imaginación. Yo parto de la situación (de los dos del metro, por ejemplo) para el detalle.

Así podría seguir hasta el infinito, pero lo cierto es que la película tiene un punto final: ¿Cómo lo encuentra?

—Desde la primera versión del guión estaba claro el final. Pero no ocurrió así en realidad, como tantas otras escenas de la película: solo tres o cuatro escenas sucedieron tal y como se cuentan. Es un mecanismo de ficción. No me gustan las películas que terminan con finales cerrados…

¿Se siente parte de una generación?

—No tanto así, en general, como cinematográficamente. Está empezando a salir un cine de proximidad, de las cosas que nos preocupan. Nos habla de la diversidad de España, prueba que hay cosas que contar… No utilizo redes sociales, solo tengo un Facebook que no uso y siento que no domino ese mundo. A lo mejor por eso no tengo sensación de grupo, más allá de la afinidad con la gente que ha sentido la inquietud de estudiar fuera, que ha viajado muchísimo. Pero posiblemente esa gente sea mi entorno inmediato, nada más.

Sea como fuere, debe de ser usted la única directora de cine que queda en España que no se ha visto envuelta en una polémica total por tuitear esto o escribir aquello. ¿Cómo lo ha hecho?

—Es que creo que no es mi trabajo opinar sobre actualidad. Me han apretado mogollón para que lo hiciese, y educadamente he dicho que mi opinión política es mía. Solo incido en que me parece muy bonito que sea catalana y que represente a España en los Oscar. Obviamente no estoy de acuerdo con la violencia, creo que los problemas políticos no se arreglan con la cárcel y todo eso lo condeno, pero es que está todo tan, tan mal, y cuando viajas y te preguntan es tan complicado de explicar lo que ocurre… A lo mejor no doy una opinión porque me parece muy difícil tenerlo claro.

Acabemos: ¿Forma parte de una industria? ¿Existe una industria?

—Existe, pero es pequeña, y como toda industria tiene cosas buenas y cosas malas. Se la ve poco y creo que es por una cuestión de tamaño, no de calidad: se están haciendo cosas muy interesantes. Hay una labor pendiente que tiene que ver con moverse, con coproducir, con abrir mercados, que los productores están haciendo, aunque queda muchísimo trabajo. La industria tiene que apoyar eso y las instituciones, también. Aunque no siempre ocurre.

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