Los secretos del pequeño de El Sidrón

Los restos de uno de los niños encontrados en la cueva asturiana, que tenía siete años, permiten a los científicos demostrar que los crecimientos del neandertal y el sapiens eran muy similares

DANIEL ROLDÁN MADRID.

En la cueva de El Sidrón, en Piloña, vivieron trece personas -cuatro mujeres, tres hombres, tres adolescentes y tres niños pequeños- hace unos 40.000 años. Los restos se descubrieron hace 23 años y están siendo una mina de datos. «La investigación empezó en el 2000 y la excavación concluyó en 2014», apunta el investigador de la Universidad de Oviedo Marco de la Rasilla, artífice de la excavación por la que se estuvieron sacando huesos hasta hace tres años. Los hallazgos empezaron a estudiarse después y De la Rasilla cree que «aún sacaremos más cosas de genética, arqueología, antropología y geología».

El gran protagonista de entre los 13 de la cueva asturiana es desde ayer Sidrón J1. Corresponde esa nomenclatura a uno de los habitantes más pequeños de la cueva, el del esqueleto más completo. En el mundo, y de esa edad -menos de ocho años-, solo hay uno tan bien conservado en Rusia. Del pequeño de la cueva encontraron 138 piezas, treinta de ellas dientes -algunos de ellos de leche- y parte del esqueleto, incluidos algunos fragmentos del cráneo.

Gracias a sus caninos averiguaron que era un niño. También determinaron los científicos españoles que en el momento de su muerte rozaba los ocho años (7,7), pesaba 26 kilos, medía 111 centímetros y que era diestro. Entonces, Antonio Rosas y su equipo quisieron comparar el crecimiento de un neandertal y un sapiens. Encontraron, según publicó ayer la revista 'Science', que ambas especies regulan su crecimiento de una forma muy parecida, aunque marcada por una diferencia importante: la adaptación del consumo de energía a sus características físicas. «Aplicando los método pediátricos de evaluación del crecimiento, este niño no se diferencia de un niño actual», comenta el científico de CSIC Luis Ríos. La diferencia principal esté en el cerebro. «Es muy grande y con el sistema nervioso consume mucha energía», explica Antonio Rosas, uno de los investigadores del CSIC que lleva años estudiando los restos de El Sidrón. Esta necesidad de energía entre los periodos de lactancia y la infancia provoca una desaceleración del crecimiento del cuerpo.

El crecimiento y el desarrollo de Sidrón J1 se ajusta a las características normales de la ontogenia -desarrollo del organismo- humana donde se produce un crecimiento lento de la anatomía entre el destete y la pubertad. «Luego pegamos el estirón en la adolescencia», añade Rosas. Pero el cerebro no estaba tan evolucionado. No había gastado tanta energía. «El cerebro del niño neandertal de siete años era el de un niño actual de entre cinco y seis años», apunta Ríos. Había alcanzado de volumen endocraneal los 1.330 centímetros cúbicos en el momento de su muerte. Supone un 87,5% del total antes de los ocho años. Los neandertales tenían una mayor capacidad craneal que los humanos actuales. Los adultos tenían un volumen endocraneal de 1.520 centímetros cúbicos; el del hombre adulto moderno es de 1.195 centímetros cúbicos.

Más líneas de investigación

El porqué de este menor desarrollo cerebral es todavía una incógnita para los investigadores españoles. Una de las hipótesis, que se estudiará en los próximos años, es que el pequeño neandertal necesitara esa energía para otras necesidades. Es decir, que el inhóspito paraje en el que habitaba el grupo de Asturias hiciera necesario 'adelantar' el crecimiento anatómico, aunque los expertos recalcan que el esqueleto y la dentición presentan una fisiología similar al del niño del siglo XXI.

El único aspecto divergente entre los dos muchachos es la columna, en el tamaño de las vértebras. En todos los homínidos, las articulaciones cartilaginosas de las vértebras torácicas medias y el atlas son los últimos en fundirse, pero en este neandertal la fusión se produce alrededor de dos años más tarde que en los humanos modernos. «Puede reflejar que los neandertales tenían un desacoplamiento de ciertos aspectos en la transición de la infancia a la fase juvenil», apunta Rosas.

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