El Stephen Hawking que conocí

En Cambridge vivíamos un ambiente muy estimulante y lo mismo se hablaba del último cotilleo que de la cuantización de la gravedad. Pero también teníamos fiestas, en las que Stephen bailaba dando rápidas vueltas a su silla de ruedas

TERESA DEL RÍO FÍSICA Y PROFESORA UNIVERSITARIA

Coincidí con Stephen Hawking hace ya treinta años en Cambridge. Yo era una más entre los muchos estudiantes de doctorado del Departamento de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica que cada tarde compartíamos el té de las cuatro con los profesores y catedráticos. Era una sala muy grande, cuadrada, con un panel de madera en el que estaban expuestas las fotos de todos los miembros del departamento, incluyéndonos a nosotros. En aquella época, debido al progreso de su enfermedad, Stephen Hawking ya no impartía clases, pero estaba en el cénit de su carrera científica, aunque todavía no era la estrella mediática en la que se convirtió después de la publicación de 'Breve historia del tiempo'.

Stephen (como le llamábamos todos) colocaba su silla cerca de un largo banco corrido donde nos sentábamos, y hablaba regularmente con sus estudiantes de doctorado, entre los que se encontraban algunos de mis mejores amigos en Cambridge. Quizás por eso, en más de una ocasión tuve alguna pequeña conversación con él en la que se interesaba por los progresos de mi tesis. Estas conversaciones eran dificultadas tanto por mi timidez como por el extremadamente lento proceso de tecleado de sus frases en el ordenador. Vivíamos un ambiente extraordinariamente estimulante desde el punto de vista intelectual, y lo mismo se hablaba del último cotilleo del departamento que de la cuantización de la gravedad, de si el bosón de Higgs existía realmente o de cuál es la interpretación correcta de la mecánica cuántica. Pero también teníamos fiestas, en las que Stephen bailaba dando rápidas vueltas a su silla de ruedas. A pesar de su enfermedad, su cara era tremendamente expresiva, y todos los que le conocimos más o menos cercanamente sabemos de su sonrisa inteligente y traviesa, la misma que luego hemos podido ver en sus cameos en 'The Big Bang theory'.

Aunque conocí a Stephen Hawking de forma bastante superficial, me quedó patente su categoría humana por el cariño y respeto que le profesaban todos aquellos que tenían interacción directa con él, que no eran pocos, ya que, a sus estudiantes de doctorado y 'postdocs', se añadían un asistente científico, una secretaria y un séquito de enfermeras. Disfrutaba de su fama mediática, pero eso no le impedía ser cercano con la gente que le rodeaba cotidianamente. En una visita de mis padres a Cambridge, después de la publicación del libro que le hizo mundialmente famoso, coincidimos comiendo en el mismo restaurante. Mi madre estaba ya contenta de haber visto al personaje famoso, pero no podía imaginar que cuando estábamos en el postre el acompañante de Stephen Hawking se iba a acercar a nuestra mesa disculpándose «de parte de Stephen» porque era difícil mover la silla entre las mesas, y pidiéndonos que nos acercáramos nosotros, porque quería saludar a mis padres.

Las contribuciones científicas de Stephen Hawking fueron numerosas, todas ellas enmarcadas dentro del estudio de la naturaleza del espacio-tiempo. Los trabajos de Einstein nos habían enseñado que el tiempo y el espacio se entremezclan en un espacio-tiempo cuatridimensional, que es dinámico y juega su propio papel en la evolución del Universo. Hawking, en sus primeros trabajos sobre las singularidades del espacio-tiempo en colaboración con Roger Penrose, demostró que la teoría de la relatividad general de Einstein deja de ser válida dentro de los agujeros negros y en el comienzo del Universo -el llamado Big Bang- y que por lo tanto era necesario buscar una teoría unificada con la mecánica cuántica. Descubrió cómo aplicar la teoría cuántica en un espacio-tiempo curvo, y que los agujeros negros tienen temperatura y emiten radiación térmica, la llamada radiación Hawking. De esta forma unificaba la teoría de los agujeros negros con la termodinámica. Muchos de sus logros son tales que las preguntas sobre la naturaleza del espacio-tiempo abiertas hoy en día se encuadran dentro de sus descubrimientos. Y con sus libros de divulgación animó a todo el mundo a indagar en los misterios del Universo, y ayudó a crear infinidad de vocaciones científicas.

Es indudable que su enfermedad contribuyó a hacer de Stephen Hawking el científico más famoso de nuestros días. Resulta difícil pensar que un físico teórico, por muy grande que sea su capacidad de divulgación, llegue a la imaginación popular de la forma que lo hizo él, pero hay algo sugerente en la idea de una mente atrapada en un cuerpo inválido que explora los confines del Universo. Su excepcional mente quizá no sea la más brillante de nuestra época (aunque sin duda pertenece a una muy pequeña élite), pero su ejemplo e inspiración seguirán acompañando a millones. A pesar de sus enormes dificultades, decía que tenía suerte de dedicarse a la física teórica, donde sus problemas corporales no suponían un impedimento. Decía que con el diagnóstico de su enfermedad sus expectativas se redujeron a cero, y que todo lo que vino después fue un regalo. Y fue un regalo para la comunidad científica, para los millones de personas que han aprendido con sus libros de divulgación, y para su familia y amigos, que pueden decir con honor que la vida de Stephen Hawking ha sido un gran éxito.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos