Del teatro y de la vida

Los protagonistas, en el Palacio Valdés. /  PATRICIA BREGON
Los protagonistas, en el Palacio Valdés. / PATRICIA BREGON

La inquietante obra del uruguayo Sergio Blanco, 'Tebas Land', dirigida por Natalia Menéndez, fue aclamada en su estreno por el Palacio Valdés

ALBERTO PIQUERO AVILÉS.

El Teatro Palacio Valdés, con el aforo repleto, fue ayer de nuevo el lugar escogido para un estreno absoluto en España, poniendo la mirada en uno de los autores más significativos de los últimos tiempos, el uruguayo afincado en París Sergio Blanco.

De la obra seleccionada, 'Tebas Land', ha dicho su directora española, Natalia Menéndez, que «es el texto más inquietante que he leído en este inicio del siglo XXI».

Habida cuenta de que el proyecto que ocupa en el presente a Sergio Blanco, titulado 'Cuando pase sobre mi tumba', lo ha escrito manualmente usando sangre en polvo de jabalí y toro, podría pensar alguna persona poco avisada que el desasosiego fuera de cariz truculento. Y también podría invitar a la misma idea el asunto central que inspira 'Tebas Land', el parricidio, bebiendo en las fuentes del mito de Edipo que nos legó Sófocles. Sin embargo, la perspectiva es otra.

El joven Martín Santos (desdoblado en dos planos interpretativos), quien ha matado a su padre, recibe la visita en la cancha de baloncesto de la prisión de un dramaturgo, y la construcción teatral edifica una arquitectura donde lo que importa es el relato que se cuenta a sí mismo, el vínculo de los dos personajes, esa extraña relación entre la vida, la muerte y la literatura.

El misterio inicial, los motivos por los que se puede asesinar a alguien y particularmente a un progenitor, asumen diferente ángulo y establecen posibles paralelismos entre la creación artística y el arte de existir.

Israel Elejalde y Pablo Espinosa proporcionaron excelente verosimilitud a esas dos figuras que se sitúan en la frontera de la autoficción. El resultado deja tras de sí unas sensaciones que, en efecto, como explicaba Natalia Menéndez, trasladan a unos meridianos inquietantes, tal vez a la reflexión sobre lo que somos y lo que representamos, junto a la evidencia de que nos constituimos a través del otro. En la vida y en el arte. No hay identidad sin el prójimo, sin el público.

La muerte, claro está, sólo se redime cuando el arte es imperecedero. Provisionalmente, en esta noche avilesina, se elevó sostenido por la rúbrica de una fervorosa ovación, que agradeció personalmente Natalia Menéndez sobre las tablas.

Fotos

Vídeos