Texto y contexto de una creación

Natalia Sánchez y Fernando Guillén Cuervo llevaron 'Oleanna' a las tablas del Jovellanos. / JOAQUÍN PAÑEDA
Natalia Sánchez y Fernando Guillén Cuervo llevaron 'Oleanna' a las tablas del Jovellanos. / JOAQUÍN PAÑEDA

'Oleanna', la polémica obra teatral de David Mamet, fue muy aplaudida en la tarde de ayer en el Jovellanos

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Uno de los compromisos del arte, también del que se configura sobre las tablas teatrales, es el de colocar el espejo 'stendhaliano' ante la realidad que nos circunda y ofrecer un reflejo, acaso una mirada inédita que invite al espectador a considerar su percepción del mundo desde otra perspectiva. O, cuando menos, no permitir que se arrastre hacia lugares comunes donde solo crecen los tópicos, las rimas rutinarias o las ideas que se convierten en un círculo vicioso que nos paraliza y frena cualquier ilusión de romper horizontes.

El arte es nueva creación o se pliega a las facilidades convencionales, que no son arte sino recurso barato de un éxito efímero. Lo que no quiere decir que la transgresión, por sí misma, resulte una semilla de futuro. Todo tiene sus riesgos. Es el caso de la obra de David Mamet que ayer subió a la tarima del Teatro Jovellanos, 'Oleanna', y que fue ofrecida con servicios de accesibilidad para discapacitados sensoriales (auriculares y el texto rotulado).

Sin duda, cumple el requisito de atender a un aspecto muy significativo de los calendarios actuales (aunque su estreno se remonta ya al año 1992), el referido a una cuestión tan espinosa como la del acoso sexual. La singularidad que incorpora en ese frente residió en que planteando un asunto que desborda terrores y hedores suficientemente conocidos para quienes no ignoramos esa miseria evidente, traza un texto particular en el que dos personajes construyen una historia menos lineal, más discutible.

Entre paréntesis, inevitable pensar ahora mismo en la triste y desgraciada polémica que envuelve a Woody Allen, al que solo ha defendido Diane Keaton frente a las acusaciones de su hijastra Dylan Farrow, mientras la mayoría de sus colegas de Hollywood le han dejado a la intemperie, incluyendo aquellos que han trabajado en sus películas. Pero esa presunta sutileza de Mamet parece alejarse de la urgente denuncia de unos hechos que hoy definen un marco general, la violencia repudiable de los arquetipos masculinos incapaces de renunciar a los abusos feudales. Texto y contexto. David Mamet desarrolla circunstancias posibles, sin duda, e invita a tomarlas en cuenta. Sin embargo, su equidistancia olvida que las páginas de sucesos cotidianas nos informan a cerca de tragedias más orientativas.

Escribimos cuando se representó la obra el año pasado en el avilesino Palacio Valdés, que apela a una lectura ideológica. Y, por supuesto, habría que hablar de teatro en otros perfiles. Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez, convocados a una ambigüedad actoral, construyeron sus personajes de manera muy convincente.

En Estados Unidos, hubo sonoras protestas de grupos feministas en los estrenos de la función. En España, donde ha tenido versiones anteriores, esta adaptación de Juan V. Martínez Luciano, dirigida por Luis Luque, ha recibido en el Jovellanos la complacencia de una calurosa ovación a cargo de las 700 personas a las que no les importó el frío gijonés.

Luis Luque ha explicado que se trata de «una lucha de poder entre dos personas, en la que se mezcla el acoso sexual para sugerirnos que hay algo más de lo que parece a primera vista, en la que los personajes están equivocados y llevan razón al mismo tiempo». El público tiene la última palabra.

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