Veinte años sin Emilio Alarcos Llorach

El lingüista en un acto en el que participó en el año 1997. / E. C.
El lingüista en un acto en el que participó en el año 1997. / E. C.

Miguel Alarcos, hijo del gran lingüista fallecido en 1998, evoca su personalidad y repasa su obra

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

Se cumplen veinte años de la muerte del profesor y académico don Emilio Alarcos Llorach (Salamanca, 1922- O viedo, 1998); justamente un 26 de enero tenía lugar el óbito. Alarcos, por medio de sus abuelos paternos, estuvo vinculado a Oviedo desde joven. A su abuelo le ofrecieron trabajar de sastre en la tienda de moda Masaveu de la época. El joven Emilio los visita con periodicidad y su padre, Emilio Alarcos García, desde los cinco años se cría en Oviedo. Se trata del primer filólogo de la familia, primero Catedrático de Instituto en Salamanca, cuyas materias eran Lengua y Literatura y Latín. Don Emilio nació en Salamanca y, matiza su hijo pequeño Miguel Alarcos: «Él siempre decía que era gijonés intrauterinamente, puesto que su padre permutó la cátedra de Gijón por la de Salamanca que tenía Gerardo Diego».

Lo propio del conocido lingüista y académico fue su carácter, su fuerte espíritu castellano. Explica su hijo: «El espíritu castellano era debido a su carácter austero, a su personalidad sobria, aunque tenía mucho de la jovialidad asturiana. Era comedido, su terreno era lo justo y lo necesario. No tenía la sequedad castellana del norte sino que había que considerar una amalgama, el gen manchego, como el catalán, también pesaban lo suyo». La palabra justa y en mesura fue su estudio cotidiano; Darío Villanueva se refirió al profesor Alarcos en términos que podrían hacer las veces de poética: «Las mejores palabras en el mejor orden». Tenía predilección por Fray Luis de León y Jorge Guillen, y tanto que son ingredientes de primera magnitud de su lenguaje poético, aunque no abjuraba del barroco ni de Quevedo, explica Miguel: «Mi abuelo era especialista en Quevedo. Mi padre llegó a Fray Luis por Quevedo, no hay que olvidar que la primera edición post mortem de Fray Luis la hace Quevedo. También le gustaba mucho el Machado de 'Campos de Castilla', que a mí me dictaba de pequeño, poniendo especial énfasis en que no me pusiese comas donde me parecía sino donde él me indicase».

Los poetas sociales, en su lucha contra el franquismo y por las libertades, de Blas de Otero a José Hierro o Ángel González fueron para él fruto de estudio, interés y pasión: «Admiraba el carácter combativo de la poesía de Blas de Otero y, de algún modo, siempre estuvo al cabo de la calle. Eran esos poetas sus contemporáneos y no dejó de leerlos, influyendo incluso en los temas de su propia poesía, muy clásica en el lenguaje y en el ritmo pero a la vez muy diáfana y jugosa. Aún así, jamás le cegó la sinrazón del uso ideológico o político de los colores, sobre la que tiene un bellísimo poema, por ejemplo, en el poemario póstumo 'Mester de poesía'. Terció lo suyo para que se le diese el Príncipe de Asturias a Hierro, porque era ya un emblema, había estado en la cárcel con Miguel Hernández, era un icono y estaba dejando de escribir. Había reticencias a dárselo a Hierro y mi padre estaba del lado de la justicia, dejar a un lado las cuestiones políticas y hacer balance de la obra literaria era su prioridad. Le molestaba mucho, por ejemplo, que se juzgase a Unamuno en función de sus creencias o dudas religiosas».

Sentido del humor

Es inevitable aludir al humor, a su carácter de caminante ovetense sin obstáculo. «La coña marinera no es un patrimonio de mi padre, mi hermano y yo la hemos heredado. Le gustaba poner motes, siempre dentro de una actitud 'naif' o infantil, benigna. Le gustaba hacer muecas, imitaciones de voz y de gestos sobre determinados personajes. Si no hubiera sido filólogo, decía que lo suyo sería caricato circense. En la ceremonia 'honoris causa' de Valladolid glosa la figura del Flaco, la conocida pareja cómica del cine mudo, junto con el Gordo, y habla de su cándida ingenuidad, su risueño estoicismo ante lo adverso y regocijada complacencia en lo propicio. El humor siempre fue un aliado y aliciente. Descubría situaciones desde la ironía o un símil acertado que llevaba a la risa. Mi abuela Teresa fue parvulista y toma de ella unos cuantos aspectos: por ejemplo, la emulación de las voces ajenas, ya que se mimetizaba con la gente e incluso en presencia de tales personas, en una suerte de espontánea e inocente caricatura».

«Era español hibrido de las dos coronas, de las dos Castillas, de las tres creencias, castellano de natura, asturiano de pastura y europeo de ventura», en sus propias palabras, al recoger el 'honoris causa' de la Universidad de Valencia en 1996. Ávila, Burgos, Palencia, Soria, Zamora, León le acercaron de forma privilegiada a lo demótico, a lo popular, junto a la sobriedad mentada: «Vi la luz primera reflejada en el oro otoñal natural salmanticense: piedra, escuela y dehesa», llega a confesar. Cercano, accesible, ajeno a la pompa y el boato, cuando elogiaban su gramática diversos paseantes de la que venía de comprar el periódico solía responder siempre igual: «¡Qué ganas de leer eso hoy domingo! ¡Cómo pierdes el tiempo!». No es falsa modestia y sí el no encontrarse cómodo en el halago. Respecto a la grandeza de su gramática, Miguel Alarcos destaca: «Hay que distinguir dos épocas, una estructuralista de los años cincuenta, y la funcional que culmina en 1994 con la gramática normativa y de acuerdo a su punto de vista que le encargó la RAE en 1981 y que comenzó a redactar en el 85. Su evolución va desde la estructura del sistema lingüístico a la función que adquieren los elementos estructurales de dicho sistema, cuando éste se está utilizando por el hablante y cumple su finalidad de comunicación. Sin embargo, sus innovaciones se desarrollan con una capacidad pedagógica siempre muy acusada, siempre por delante. La oscuridad no es coartada para él: pone ejemplos muy claros, concibe la lengua siempre como organismo vivo. Alarcos nos enseñó que toda lengua es un puzle o encaje de bolillos: si una casilla pierde valor u origina un hueco, un vacío, en el conjunto, o simplemente deja de distinguirse frente al resto de piezas (cree mucho en las casillas vacías) el sistema entero se desajusta. Estudia los hechos de lengua -e incluso los peculiares que nos arrojan los textos literarios- desde la oposición fondo/sustancia y expresión/contenido; pero mucho antes lo había hecho desde la fonología, la ciencia del lenguaje que se ocupa, no de todos los sonidos de una lengua, sino de su inventario de rasgos distintivos o diferenciadores, para que sean posibles la discriminación de los significados y la identificación de las palabras, en definitiva, para que se produzca la comunicación humana. Los sonidos distintivos o fonemas son los átomos de todo idioma».

La inmanencia es lo característico del profesor Alarcos y Miguel, última rama del bosque de filólogos, lo tiene claro: «Alarcos proyecta sobre el estudio de la lengua en general como en particular sobre la gramática o la fonología una concepción u óptica inmanentes, esto es, ajustada a lo pura y estrictamente lingüístico, que no es el conjunto de referencias a la realidad ni el contexto de un discurso, sino la organización interna de un discurso, pues las expresiones y contenidos de cada palabra suponen una forma de organizar en un sistema dado tanto los sonidos como las ideas expresadas. Por ejemplo, el género sexual no es lo mismo que el lingüístico: masculino frente a femenino y este siempre como término marcado de las distinciones de género que se conforman en el sistema del español y otras lenguas románicas. En la lengua común a todos los idiomas europeos, en un primer estadio evolutivo, solo estaba operativa la distinción entre género animado e inanimado o a la postre neutro, mientras que en la sustancia externa a la lengua, en la realidad misma de los hablantes, ya distinguían lo masculino de lo femenino como genero sexual».

No puede quedar en saco roto, asimismo, su capacidad de trabajo: «La capacidad de trabajo de mi padre era ingente: todos los días hasta las cinco de la mañana escribía y, al día siguiente, resistía durmiendo a ratos, aunque siempre se despertaba para despedirme cuando me iba al colegio, o me llevaba en coche a la Gesta, de más niño. Tenía que dar sus clases e ir a trabajar. Siempre decía que él descansaba trabajando. Sus estudios los hace fuera del horario universitario, en doble jornada laboral».

Su figura legendaria de caminante por Oviedo muchos la recuerdan (siempre por el Casco Antiguo: generalmente, el Bar Cundo o Casa Conrado como lugares de salida o meta sucesivos). No distinguía clases sociales. Alternaba con mineros, a la hora de los vinos, en Valencia de Don Juan durante los veraneos y tenía predilección, igual que José Agustín Goytisolo, por la gente que trabajaba con las manos. No subrayaba los libros, tal vez unas notas en el margen, o copiaba el pasaje entero cuando fuera necesario, y como los humanistas del renacimiento, se costeó joyas bibliográficas y ediciones propias de coleccionista, pero las propias también de un exquisito filólogo con una base clásica muy sólida y rica. Una gran pérdida para Asturias y cuyo recuerdo, a través de generaciones enteras de alumnos que lo tuvieron como profesor, perdurará a través de años, junto a una obra filológica y ensayística que sigue viva en editoriales y librerías, amén de una laboriosa y versátil faceta poética que solo se descubrió tras su muerte y que ya ha dado dos frutos ciertos y los que se esperan que vengan.

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