Un viaje a la búsqueda de la identidad perdida

Un grupo de niños, sobre las tablas del teatro Jovellanos en la representación de 'Cine'. /  AURELIO FLÓREZ
Un grupo de niños, sobre las tablas del teatro Jovellanos en la representación de 'Cine'. / AURELIO FLÓREZ

'Cine', de la compañía teatral La Tristura, ofreció en el Jovellanos una aproximación a los niños robados durante el franquismo y la democracia

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Dentro de la programación del Gijón Sound Festival, el apartado de las Artes Escénicas acogió ayer en el Teatro Jovellanos la obra de la compañía madrileña La Tristura, 'Cine', escrita y dirigida por el asturiano Celso Giménez e Itsaso Arana (quien también asumió uno de los papeles interpretados en la función).

Junto a Itsaso Arana, sobre las tablas y enmarcados por una pantalla de metacrilato transparente, a modo de pecera, la actriz argentina Fernanda Orazi y el gijonés Pablo García, o sea, Pablo Und Destruktion, el cual dio vida a un personaje con su mismo nombre, un joven que pertenece al dramático catálogo de los bebés robados tras su nacimiento a madres de pertenencia ideológica sospechosa para el franquismo para entregarlos a otras familias, hechos que acontecieron de manera cuantiosa durante el régimen dictatorial -se han dado cifras de que rondan los 300.000 casos-, pero que se prolongaron hasta décadas avanzadas de la democracia.

El planteamiento de La Tristura se estrucuturó mediante un viaje a la búsqueda de la identidad perdida de Pablo García, que le conduce hacia Turín, donde reside el anciano juez que le dio en adopción -casualmente, digámoslo así, el magistrado presidía asimismo una asociación que atendía a madres solteras para hurtarles a sus criaturas y cedérselas a progenitores sin descendencia-.

Unos auriculares facilitados a los espectadores al inicio permitieron que los acontecimientos desarrollados se tejieran con sonidos íntimos, al oído.

Las líneas maestras de la obra se perfilaron sobre esa 'road movie' de Pablo Und Destruktion, alcanzando la culminación en un monólogo que establece en el teléfono dirigiéndose al contestador automático de una antigua amante y añadiendo un par de canciones a la ilustración.

Le acompañó una soberana Fernanda Orazi, multiplicándose en diversos roles, la abogada que le orienta en su exploración, la camarera que le atiende en el hotel turinés o, sobre todo, siendo el viejo juez, composición que matizó en grado sumo, sin caer en la facilidad de la hipérbole, dotando al personaje de la maldad implícita que no niega la inteligencia torcida con la que se autojustifica. Itsaso Arana puso la orilla reflexiva a los diálogos, explicando el proyecto artístico-fotográfico en el que trabajaría, un análisis de la tendencia a borrar el pasado y reescribir las historias. Fue, además, la voz en 'off' que condujo la trama, que por momentos trascendió el curso de los episodios para invitar a pensar en los vínculos entre nuestro cerebro y el Universo, que sería una creación del primero.

Belleza singular de la escenografía auxiliada por la luminotecnia y la profundidad de las meditaciones. Teatro de vanguardia, indagatorio, testimonial, poético, comprometido con la realidad y despierto para encontrar nuevas vías de la ficción, que recibió el aplauso encendido de los 175 espectadores que acudieron al espectáculo.

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