La vida de un asturiano aislado en una cabaña en Redes opta a un 'Oscar del cine de naturaleza'

José Díaz, ante el imponente Parque Natural de Redes.
José Díaz, ante el imponente Parque Natural de Redes. / WANDA NATURA

José Díaz vivió y filmó esta experiencia de 100 días de duración

VÍCTOR NÚÑEZ JAIME

Después de leer ‘Walden o La vida en los bosques’, el asturiano José Díaz se propuso experimentar una experiencia similar a la que relata el filósofo estadounidense H. D. Thoreau en ese libro: vivir durante un tiempo aislado y de manera austera en un paraíso íntimo para recuperar la vieja alianza del equilibrio y el respeto de la naturaleza. Pero tuvo que esperar cinco años para llevarla a cabo, pues sus obligaciones al frente de una empresa dedicada a la construcción y el interiorismo y sus tareas de padre de familia hacían que pospusiera una y otra vez la aventura. Hasta que su proyecto empezó a concretarse: viviría durante 100 días en su cabaña del Parque de Redes siendo autosuficiente y sin depender de la tecnología.

Cuando Díaz le contó su plan al equipo de Wanda Natura, que ha producido documentales como ‘Guadalquivir’ o ‘Cantábrico’ –este último rodado en el Principado–, de inmediato le dieron tres cámaras y un dron para que filmara su día a día. Después de varias sesiones de arduo montaje audiovisual y sonoro, el filme fue enviado a distintos festivales cinematográficos. Hace unos días, su teléfono sonó para darle una sorpresa: ‘100 días de soledad’ ha sido nominado al Premio Especial del Jurado del Jackson Hole Wildlife International Film Festival que se entrega en Wyoming (Estados Unidos), los denominados ‘Oscar del cine de naturaleza’. «¡Nos estamos codeando con los documentales de más alto nivel!», exclama Díaz. «Supongo que los del festival se han fijado en este trabajo porque se trata de un proyecto simple, humilde y muy sincero».

José Díaz tiene 51 años, tres hijos y un párrafo del libro de Thoreau fijado en la mente: «Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver qué era lo que tenían que enseñarme, no fuese que, cuando estuviera por morir, descubriera que no había vivido». Antes de aprenderse estas líneas pasó seis años en Murcia por trabajo y, al volver a Asturias, buscó «con desesperación» retomar el contacto perdido con la naturaleza. Por eso compró una cabaña en el Parque de Redes, donde abundan los robles, los lobos y los ciervos y que él visitaba cuando era un niño.

«La naturaleza me dice muchas cosas desde hace años. Y ahora me reafirmo en que es lo más grande que hay y que la estamos machacando, que el calentamiento global es culpa nuestra y que si no la cuidamos, se acabará», dice a manera de advertencia para todo aquel que quiera escucharlo. Díaz permaneció recluido en su cabaña y los alrededores (sin electricidad, móvil, televisión, ordenador ni reloj) entre el 13 de septiembre y el 21 de diciembre de 2015, un periodo lleno de variaciones del tiempo: algunos días soleados que enseguida dieron paso al otoño, la lluvia y, finalmente, al frío y a las primeras nevadas. El planteamiento inicial era ser autosuficiente, «pero esto implicaba invertir mucho tiempo», aclara, y al final optó por tener algunos recursos de supervivencia: un gallinero con cinco gallinas y un gallo, una huerta que daba lechugas, berzas, nabos y un tuperware grande con legumbres, naranjas, limones y cuatro latas (de bonito, tomate y paté) que hacía las veces de nevera al permanecer estática en una orilla del río.

Para aminorar la nostalgia por su mujer y sus hijos aprovechaba sus entregas semanales de material fílmico para colar en él una carta dirigida a su familia. «Cada viernes llevaba los discos duros y los textos de mi diario, para que los transcribieran y los subieran al blog del rodaje, a un punto determinado del parque. Uno de mis hijos iba, los recogía y me dejaba una carta que, una semana después, yo contestaba. Ese fue el único vínculo que tuve con mi familia durante esos 100 días», cuenta el protagonista de una película para la que no realizó ninguna preparación física o mental previa («solo me ocupé de aprender a manejar las cámaras»).

En una cabaña ubicada a casi 1.500 metros de altura, la soledad se acentúa. «Había momentos en que le hablaba a las cámaras: ‘a ver, camarita, vamos a grabar y vamos a hacerlo bien’. Alguien me alertó, además, de que se me podrían atrofiar las cuerdas vocales. Por eso, por las noches, leía en voz alta lo que escribía en mi diario», especifica quien el próximo 28 de septiembre sabrá si gana el premio.

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