Vidas rotas

Dos noticias separadas por ocho años sugieren un trágico desenlace a un crimen ocurrido hace 103, en La Moral. Afectó a dos hombres buenos, sin enemigos ni malandanzas

Eran buena gente. Agredido y agresor del crimen de La Moral, no así el protagonista del otro suceso que, el 21 de febrero de 1915, ocupó junto al que hoy nos ocupa las líneas de sucesos. Todo había ocurrido el día antes: que un desalmado matase, a base de palos y torturas, a su sobrino de cinco años en Ribera de Arriba; también que un muchacho bueno matase a uno que tampoco había hecho mal nunca a nadie. Ese fue el caso de La Moral, en el que el destino sería ingrato para muerto, obviamente, pero también para matador.

El lugar: La Moral, en Sama. Un pueblo de mineros, frecuentado por los vendedores ambulantes que servían a los trabajadores, sin mucho tiempo libre que digamos para ir a buscar fuera sus servicios. El agresor: Rufino B. Apenas dieciséis años, hijo de un chigrero del pueblo, no le sobraba el dinero. Como a nadie en aquella época. Por eso, hace ahora ya un poco más de un siglo, las ropas se remendaban y los paraguas se cosían. No había parné para más. El 20 de febrero, al chigre de Ramón B. llegaron, por tanto, dos paragüeros, uno joven y el otro, más mayor. «Preguntaron ambos si había algún paraguas que necesitase arreglos», dijo, por aquel entonces, la prensa. Lo había. Se lo entregó Rufino y convinieron «el precio de la compostura», que no tardó mucho. Y entonces pasó todo.

Los gritos, la riña, la sangre y la muerte final. La reyerta surgió a raíz de que Rufino considerase que el remiendo del paraguas no era el mejor que los ambulantes podían haber hecho, y que el del otro bando reclamase, a pesar de ello, el dinero. «Poco a poco, la disputa se fue agriando», leemos, «llegando el paragüero a amenazar a su contrario con un bastón que traía. Parece que el muchacho, lejos de intimidarse, siguió la disputa y que entonces fue agredido por su contrario, que le golpeó repetidamente». La discusión derivó en bronca y Rufino, armado con una escopeta que su padre siempre guardaba sobre la puerta de casa y que quizás, teniendo en cuenta los nulos antecedentes de la familia B., nunca hubiera sido disparada, mató a su contrincante.

Circunstancia extraña

Fue una circunstancia extraña. Antes del disparo mortal, el paragüero -¿se ha dado cuenta el lector, o lectora, que desconocemos casi todo de él, incluido el nombre? El más puro anonimato se cernía sobre los pobres ambulantes, frecuentemente identificados apenas por su acento más o menos norteño- se le había venido encima a Rufino, para arrebatarle el arma, para evitar lo inevitable. Pero la escopeta se disparó, y el tiro fue a parar a la cara del buen hombre. No se supo nunca si de forma fortuita -lo que acabaría por aceptarse en el juicio- o voluntaria. La cuestión es que el paragüero cayó muerto y el buen Rufino, impresionado, «arrojó lejos de sí la escopeta y huyó hacia los montes que rodean La Moral, sin que se sepa dónde para en la hora actual».

No fue muy sorprendente el desenlace (el primero de toda esta historia, al menos). Al muerto se lo llevaron pronto, en loor de multitudes. Solamente el equipo investigador del suceso estaba compuesto por un juez, Granda; Escalada, el secretario; García, alguacil; Argüelles, el forense. Frisaba la medianoche cuando la sangre fue fregada, el cadáver trasladado y cuando cayó el silencio sobre La Moral. Un hombre había matado a otro, caso resuelto. Y juzgado. Porque el matador tenía a su favor a toda la opinión pública y, cuando poco más tarde se celebró el juicio (no pareció durar mucho la huida por los montes), resultó absuelto de todo cargo.

Pero aún quedaba por jugar el destino su última jugarreta, la última broma macabra sobre un crimen tan sencillo como injusto que nunca debió ocurrir. Aparece, quizás, en los papeles, el 31 de octubre de 1923. Ocho años después del crimen, cuando Rufino contaba veinticuatro, lo contó EL COMERCIO en su página segunda. «Se desgaja una piedra, matando a un obrero e hiriendo a otro de gravedad». El accidente tuvo lugar cerca de San Vicente, en las obras para la construcción de un muro de contención del contratista Fausto Eguís.

Fue él, Eguís, quien se dirigió a la prensa, visiblemente afectado. La tragedia había venido cuando una piedra caprichosa, que los obreros no habían podido desgajar de la falda de la montaña, decidió rodar libre al comenzar la jornada, sin previo aviso, justo cuando Rufino B. -el periódico le atribuye diecinueve años, ¿será?- y Ciriaco M. trabajaban en un lugar situado justo en medio de la trayectoria de la roca. El resto fue rápido, triste. La muerte de Rufino fue instantánea; Ciriaco tuvo más suerte: el impacto solo le rompió la pierna. Algo milagroso a todo punto: la piedra pesaba cuatro toneladas, y lo único que había conseguido separarla del muro madre era la trepidación producida al pasar por las proximidades un tren de mercancías.

Pudo haber sido peor, aunque ya fue, 'per se', grave bastante. ¿Fue el Rufino muerto aquella triste mañana de octubre el mismo que, casi una década atrás, había saltado a las páginas de los periódicos por haber matado a un paragüero inocente? La proximidad y la coincidencia de nombre y apellido así parecen confirmarlo; la confusíón con la edad, un hecho que no hubiera sido sorprendente, pero vaya usted a saber. No se habla mucho de las historias tristes, cuanto más si lo son por partida doble y afectan a la buena gente. Obligación del lector será, ahora, elegir el desenlace que más se ajuste a su interés. Allí, en los periódicos, en las hemerotecas, ha quedado todo escrito. También el dolor de dos muertes injustas, el sentimiento por quien no hubiera debido traspasar la frontera al más allá en ese preciso, esos precisos, momento y momentos. «¡Reciba la familia del infeliz obrero muerto nuestro sentido pésame!», escribe, apesadumbrado, el reportero de EL COMERCIO en la noticia del año 23. Lo recibieron. Lo necesitaban. Aunque nada arreglase.

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