La viuda del poeta Ángel González arremete contra Sabina

Susana Rivera, ayer en Oviedo.
Susana Rivera, ayer en Oviedo. / PABLO LORENZANA

Susana Rivera ha asegurado que «cuando Ángel vivía me trataban todos como una princesita»

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

Susana Rivera vuelve al Oviedo de todos los veranos, donde Ángel González es presencia constante y la ciudad sigue arropando su historia de amor interminable. Entra al trapo de la actualidad, puntualizando las palabras de Sabina acerca del «cáncer de las viudas literarias» al que se refería en la entrevista publicada ayer en este periódico: «Que hubiesen tenido los cojones de decírselo a él en vida, cuando me trataban todos como una princesita. Las viudas ni somos ignorantes ni analfabetas, somos las herederas del legado de nuestros cónyuges, no hay más. Es todo una farsa. ¿Interminables noches en casa de Sabina? Le conocimos en el 2001, por Dios, hasta 2004 no paramos por su casa, solo veníamos los veranos y Ángel murió en 2008. Es absurdo. Lo de Sabina es como sus discos: más de cien mentiras, y lo niego todo, incluso la verdad. Da risa», se quejaba.

Diez años del fallecimiento de Ángel González y diversos homenajes que estos días le tienen como protagonista alegran a Susana Rivera: «Ángel no quería homenajes. Decía lo de Machado: nadie es más que nadie. Todo lo que sea tener viva su memoria, como la cátedra que lleva su nombre o este tipo de actos, me parece bien, aunque no cuenten conmigo. Pero sigue un reto pendiente, y de ahí que la Fundación, si la quieren, siga teniendo sentido: hacer que la literatura sea útil. No solo charlas sobre crítica o filología literaria. Llevar la poesía a las cárceles, música y poesía para niños de la calle o de la tercera edad, la literatura puede cambiar el mundo porque fabrica otra sensibilidad sobre lo que está ocurriendo. Ese espacio sigue sin estar cubierto. Un cometido social del arte, que era el mayor sueño de Ángel».

Sobre la Semana Negra, que le rinde homenaje hoy en Gijón, explica que «nosotros íbamos por Pablo Ignacio Taibo I y Mari Carmen, su mujer. Los shows de última hora no entraban en la manera de ser de Ángel: lo hacía porque casi le obligaban. Era muy tímido, muy discreto, decía que una obra literaria tiene que defenderse sola. Huía de la pompa, de la vanidad, de las fatuidades. Nuestros veranos eran horas por la playa asturiana, unos chatos de vino, cenar unas tapitas, visitar El Paraguas del Fraile Volador, Fernando Lorenzo, hasta las tantas». La gran primicia: «Hay un libro inédito de Ángel, un almanaque, en todo pseudoinfantil, donde faltan algunos meses, pero son poemas muy personales. No tengo prisa por publicarlo. Ángel nunca tenía prisa por publicar y sí por acotar un mundo, su mundo, en una obra que es un puro círculo. Una bonita lección para la legión de imitadores: la conquista de una voz».

Susana Rivera conoce bien a quien fue su marido, tras haber sido alumna y amiga primero: «Todos quieren presumir de que eran muy amigos de él. Ángel, en cierta manera, era hermético. Nunca le gustó hablar más de la cuenta. A García Martín casi no lo conocía de nada. Todos son errores, como en su último libro, publicado sin contrato y de las peores formas. Ángel ni siquiera decía qué estaba escribiendo, y cuando le preguntabas qué hacía, te decía: 'Mis cosas'. Lola Lucio, Paco Rabal, Benet, Hortelano, Bonald, Luis Rius o Daniel Sueiro, Martín Gaite... esos eran los amigos de Ángel. Diez veces, no más, estuvimos en casa de Sabina, por favor, y una noche, venga y venga con la Fundación, y al subir al taxi me dijo: '¿Estos me creen tan mierda de poeta como para necesitar una Fundación para que mi obra resista?'».

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