El Comercio
Contador se baja de su bicicleta tras romper la tibia e intentar seguir la etapa de ayer.
Contador se baja de su bicicleta tras romper la tibia e intentar seguir la etapa de ayer. / REUTERS

Contador deja huérfano al Tour

  • Se parte la tibia en un bache y se retira por primera vez de la ronda, donde Nibali vuelve a mandar

El Tour de Contador se fue por el desagüe de un bache. A 95 kilómetros de la meta, buscó hueco al borde de la carretera, a un palmo de la hierba mojada. Quería colocarse antes de la subida al Platzenwasel. Pasó a Van den Broeck y a Nibali. Contador es valiente y hábil. Pero justo allí, escondido bajo agua de tanta lluvia, le traicionó un bache. Se clavó en él. Sus manos perdieron el manillar. Cayó, según dijo, «a 60 u 80 por hora». Tremendo puñetazo contra el suelo. Paliza instantánea. De repente, estaba allí solo, tirado. Se levantó. El cuadro de su bici estaba partido en tres. Sólo veía coches y ciclistas que pasaban.

Pronto llegó un fotógrafo, dos, tres; enseguida el médico y los directores de su equipo. Un golpe así amortigua los sentidos. Hormigueo en los oídos. Dolor. Se pasó revista y subió en la bici de repuesto. Contador no sabía aún que tenía la tibia derecha rota. Le corría la sangre por el «agujero» de la rodilla y diez kilómetros de dolor más allá tuvo que bajarse. Por la enorme cornada del bache se desangraba el Tour que ya no ganará, el primero en el que se retira, el que parece casi de Nibali, vencedor ayer en La Planche des Belles Filles, donde ejecutó la fuga de 'Purito' y alejó a los pocos rivales que le quedan sin caer, Valverde y Porte.

Contador nunca había abandonado una gran vuelta. Sin él, el Tour queda huérfano. El que gane o pierda siempre lo hace con grandeza. Desde la curva que cierra el Petit Ballon, tan alejada de la meta en La Planches des Belles Filles, el Tour es otro. En su casa y con las manos partidas también en esta ronda gala, Froome se acordó de él: «Gran perdida para el Tour. Alberto, nos vemos en la Vuelta». Será difícil ver allí el duelo Contador-Froome que no se ha visto en el Tour.

Según el parte médico oficial, Contador, además de daños en el codo derecho y contusiones, sufre rotura de «la meseta tibial». Para la Vuelta falta poco más de un mes. En ese bache del descenso del Petit Ballon, perdió el Tour y quizá la Vuelta.

Al cierre de ese maldito y empapado puerto Contador se fue al suelo. El Tour se quedó ahí inmóvil. Conteniendo la respiración. «Había algo en la carretera, no sé, Creo que me he caído solo», contó. Todo era ruido. Arriba sonaba el trillar de las hélices delos helicópteros. Abajo, el cláxon de los coches, los gritos de los auxiliares. Y en medio, Contador, sereno sobre el trozo de asfalto que era ya su patíbulo. El condenado no perdió la calma. Tenía un boquete escalofriante en la parte interior de la rodilla derecha.

La espalda rebozada en barro. El médico del Tour le cerró la herida, deshilachada en gotas rojas que corrían hacia el tobillo. Contador cojeaba. La tibia estaba partida. Se sentó lento en la hierba para quitarse una zapatilla, reventada por el impacto. Tuvieron que ayudarle. Pasaba el tiempo. Uno, dos, tres minutos.

Dolían las primeras pedaladas. Delante, oculto bajo la niebla, esperaba el duro puerto de Platzenwasel. Diez kilómetros de calvario. Y más para un ciclista cojo. Estaba hecho un trapo. Aniquilado. Calado hasta el ánimo. Con un martillazo en su rodilla.

Sus compañeros le esperaron. Cortejo fúnebre. Contador, con los ojos velados por la neblina y el sudor, notaba que el Tour se le acababa. Coronó el puerto a base de orgullo. Apoyándose sobre la tibia quebrada. Pero al entrar en la niebla del descenso, cuando la rodilla tenía que girar más veloz, supo que era el final. No gritó como Luis Ocaña en 1971 sobre el barro de una curva del col de Mente. Calló y quiso seguir.

Pero quemaba el dolor. Se acercó a Rogers, uno de sus fieles, y le pasó la mano por la espalda. Se despedía, le agradecía la entrega, la compañía. «Vete, que yo me quedo». Hizo un gesto al coche y se bajó. Había cámaras. Contador no quería compartir su pena. Se giró hacia la cuneta, cargando con su corona de espinas, con la tibia taladrándole. Intentaba no llorar. No era el dolor, era la tristeza, la rabia, la impotencia. Riis y Maudit, los directores del Tinkoff, le prestaron sus ojos y lloraron por él. Al final, no pudo más. Soltó sus lágrimas tras la ventanilla del coche por irse de este Tour que veía a su alcance. La carrera, metida en la montaña oscura de los Vosgos, corría ya muchos kilómetros por delante.

Fueron siete puertos y muchas horas de lluvia. Martin, otra vez él, arremetió contra la etapa. La respiración de buey de Martin. Se llevó a su líder, el polaco Kwiatkowski, para asaltar el podio. A su vagón se subieron 'Purito', empeñado en ganar el reinado de la montaña -ya lleva el maillot de lunares-, Riblon, Irizar, Sagan y Visconti.

'Purito' vio su ocasión. Los seis kilómetros de la subida a La Planche des Belles Filles son perfectos para él, irregulares, con repechos, con una rampa final del 20%. Tenía minuto y medio sobre Nibali, Porte y Valverde. A 3,5 kilómetros del final, Nibali salió a por el Tour. Sentó a Valverde, a Porte, a Van Garderen y a los franceses Pinot, Peraud y Bardet. Quería atar la carrera y también la etapa. Aplastó a 'Purito', que ya echaba humo, y dedicó el triunfo a su hija Enma al entrar en La Planche des Belles Filles.

Hoy habrá jornada de descanso antes de encarar los Alpes el viernes y el sábado.