El Comercio

La Vuelta lanza a Quintana hacia el Tour

  • Tras la caída en el último Tour y sin un equipo sólido, el madrileño anima la Vuelta y la pierde por primera vez

Lo mejor que le puede pasar a una carrera es que una vez terminada queden cosas por aclarar, que siga abierta y tenga que resolver en el futuro esas cuestiones o deudas pendientes. Si Chris Froome, vencedor por aplastamiento en julio de su tercer Tour, hubiera ganado este Vuelta a la que vino sin prepararla, la emoción para la próxima temporada habría quedado casi anulada. El impacto psicológico sobre sus rivales sería brutal.

Froome, afortunadamente, nada tiene que ver con Armstrong. Es batible. Cada vez que se lleva un Tour, el británico se entretiene recaudando montañas de euros en critériums o se enreda en una preparación caótica como la que hizo para los Juegos Olímpicos de Río. Luego se apunta a la Vuelta, una prueba que adora, y la inicia con el objetivo de no perderla durante la primera semana, recuperar su mejor nivel en mitad del trazado y ganarla al final. Aún no le ha cuadrado la fórmula. En 2011 se lo impidió Cobo; en 2014, Contador, y ahora, Nairo Quintana. El rival que más se le arrima. Al recoger su primera Vuelta, el colombiano abre de par en par sus expectativas para el Tour 2017.

Entre Froome y Quintana, además, queda el pique de Aitana. El británico, que ya se sabía vencido, hizo honor a sus galones y a la Vuelta en esa cuesta final. Atacó hasta el final. El colombiano, infranqueable en la montaña, resistió y le remató sobre la última línea. El gesto fue, por innecesario, feo. Quintana pudo haberse colocado en paralelo a Froome, alargarle la mano y sellar así un magnífico duelo -eso, por ciento, iba a hacer el inglés cuando recibió el sopapo-. El sudamericano eligió dejar la herida abierta. Echarle la sal de la humillación.

Ningún campeón olvida algo así. A Froome, como a todos los grandes, le sobra orgullo. Si el Tour 2016 dejó al ciclismo bajo el domino del Sky, la Vuelta ha lanzado una pregunta directa al verano de 2017: ¿Será Quintana, que sólo tiene 26 años, capaz de derrotar en París a Froome, que ya ha cumplido 31? Cuestiones así alimentan al ciclismo.

La Vuelta terminó con la victoria al esprint del danés Cort Nielsen (Orica) en la Plaza Cibeles, con el triunfo por equipos del BMC, con Fabio Felline al frente de la regularidad, con el catalán De la Cruz en la séptima plaza, con el murciano Rubén Fernández confirmado como valor futuro y con Omar Fraile como rey de la montaña. Al podio final subió Quintana por delante de Froome y de otro colombiano joven, Esteban Chaves, segundo tras Nibali en el pasado Giro. Colombia es la potencia emergente: Herrera fue en 1987 el primer 'escarabajo' que ganó la Vuelta. Ya tiene sucesor.

Desde 1996 -triplete suizo con Rominger, Zulle y Dufaux- no faltaba un español en el podio. A España le cuesta encontrar relevo para una generación excepcional: la de Valverde, 'Purito', Samuel, Sastre, Freire y, claro, Contador, el mejor de su era en las grandes vueltas. Con el madrileño nunca hay rutina en el menú. Contador es una anomalía trasladada desde el pasado. Viene de aquel ciclismo sin bozal. Hoy que el deporte es casi una cuestión matemática, él es un verso libre.

Hay días en los que basta apretar su dorsal para que se haga la luz. Eso pasó en la etapa de Formigal, en el ecuador de la carrera. Para entonces, a la Vuelta sólo le quedaban dos nombres. El de Quintana, el mejor escalador, el que había ganado en Covadonga, y el de Froome, que iniciaba su prevista remontada. Siempre de menos a más. Antes de aquella jornada en Formigal, el colombiano era el líder con 54 segundos sobre el británico. Eso, en realidad, le convertía en perdedor. A Froome le quedaba la contrarreloj de Calpe, muy favorable -en esa etapa le sacó casi dos minutos y medio-. La carrera estaba en manos del inglés.

Si Froome hubiera logrado el doblete Tour-Vuelta, a Quintana se le he habría descascarillado aún más su autoconfianza, dañada en el pasado Tour. Contador cambió ese guión. Con una de sus locuras. Le prendió fuego a la etapa desde el inicio. Froome, con su despiste al no vigilar a Quintana, echó la gasolina. El británico se calcinó en una persecución inútil y sin equipo. Contador se había llevado de la mano al colombiano, que luego desplegó todo su talento en la subida final a Formigal. En la etapa más breve, todo cambió por obra de un ciclista indómito tanto cuando ganaba como ahora que pierde. El de Pinto, que perdió la tercera plaza del podio ante Chaves en Aitana, había elegido una semana antes al ganador de esta edición: Quintana.

Entrenamiento natural

El líder del Movistar es un prodigio escalador. Sólo así se puede llegar hasta la Cibeles desde la casa azul de dos plantas y sin cerrojos donde creció en la Vereda de la Concepción, en la altitud agrícola de Colombia. Su infancia fueron aquella tos enfermiza y la carga de cajas en la camioneta para la venta ambulante. Eso y los 17 kilómetros de cuesta que cada día pedaleaba desde la escuela a casa. Sudaba por él y por su hermana, a la que remolcaba. Entrenamiento natural.

Estaba destinado a ser jornalero o conductor de autobús, pero en aquel puerto del Chote empezó a medirse sobre su bicicleta remachada con ciclistas de verdad. Les seguía y les remataba, como a Froome en Aitana. El técnico Vicente Belda andaba por Colombia buscando joyas ciclistas. Vio el resplandor de aquel tal 'negrito', que así le apodaban. Le sometió a una prueba de esfuerzo. Los números le dejaron sin palabras.

En 2010, cinco años después de aprender a andar en bicicleta para ir a la escuela, Quintana ganó el Tour del Porvenir. En 2013 fue segundo en su primer Tour, tras Froome. Un año después ganó el Giro. En 2015 repitió plata en París. Y esta temporada ha sido tercero en la ronda gala y, al fin, en la Vuelta le ha ganado a Froome, que no le perdona el desplante en Aitana. Dos campeones que se miran de reojo. La eterna rivalidad ciclista. El cierre de la Vuelta 2016 abre el apasionante Tour 2017.