El Comercio

La última batalla del rey Miguel

Indurain, en el momento de su retirada en Cangas de Onís.
Indurain, en el momento de su retirada en Cangas de Onís. / E. C.
  • Se cumplen hoy veinte años del abandono de Indurain al paso de la Vuelta por Cangas de Onís, preludio de su retirada definitiva

El helicóptero de Televisión Española sobrevoló durante varios segundos el hotel El Capitán, a dos kilómetros de Cangas de Onís, para captar una imagen histórica: Miguel Indurain, el gran pentacampeón del Tour de Francia, abandonaba la Vuelta a España 1996, dejando la sensación del fin de una época en todos los espectadores que vivieron el momento a través del televisor. Indurain se había descolgado del grupo de favoritos durante la ascensión al Fito.

En el descenso, con las piernas «como dos tablas», según sus propias palabras, comunicó a su director José Miguel Echávarri su decisión de irse a su casa. Al vislumbrar en la larga recta de la carretera general el hotel en el que se alojaba el equipo Banesto, Indurain se apeó de la bici y entró con pasos aletargados en el establecimiento, mientras una nube de auxiliares, fotógrafos y curiosos lo rodeaba. Hoy se cumplen dos décadas de aquella imagen. Antes de comenzar la etapa entre Oviedo y los Lagos de Covadonga, Indurain ocupaba la tercera posición en la clasificación general, a poco más de dos minutos del líder, Álex Zulle, y con apenas una semana más de competición por delante. Su mente y su cuerpo, sin embargo, no estaban metidas del todo en la carrera. Lo había demostrado ya el día antes, al perder un minuto respecto a sus grandes rivales en la ascensión al Naranco. Miguel nunca quiso correr aquella Vuelta.

Se encontraba exhausto tras la decepción vivida en julio en el Tour de Francia, donde se vio claramente superado por el danés Bjarne Riis. Tras conquistar la medalla de oro en contrarreloj en los Juegos Olímpicos de Atlanta, su intención era tomarse un largo descanso para analizar la conveniencia o no de intentar en 1997 asaltar el soñado sexto Tour, algo que ningún corredor había logrado aún.

Sus planes chocaron de frente con los de los gestores del banco Banesto, el patrocinador de su equipo, que querían que corriera la Vuelta para dar visibilidad a la marca en el país. La última participación del navarro en la ronda española se remontaba a 1991, cuando finalizó en segunda posición tras Melchor Mauri. Ni el argumento de que era la única de las grandes pruebas que faltaba en su palmarés sirvió para motivar a Indurain.

Indurain regresó a la competición unas semanas después de su abandono en la Vuelta, en una pequeña gira de criteriums con más carácter de exhibición que de verdadera competición que lo llevó por unas cuantas ciudades españolas. Los rumores sobre su retirada ya se habían disparado por completo, aunque él y su entorno enviaron algunos mensajes contradictorios durante los tres meses que duró el culebrón sobre su continuidad.

En unas declaraciones en la víspera de uno de esos criteriums, el propio Indurain demostró tener un perfecto estudio del recorrido del Tour de Francia del año siguiente, lo que alimentó la ilusión por su continuidad. Su masajista e íntimo amigo, Vicente Iza, declaró en diciembre que estaba convencido de la continuidad de Miguel después de la conversación que había mantenido con su médico.

Por entonces ya era un secreto a voces la importante oferta que le había trasladado al corredor navarro el equipo ONCE, el gran rival del Banesto en aquellos tiempos. Su director, Manolo Sáiz, se reunió con él en varias ocasiones para negociar. Indurain, que nunca había entrenado con pulsómetro, empezó a hacerlo justo en aquella época. El pulsómetro era una de las señas de identidad del método de Sáiz.

Algo se rompió en el incipiente romance entre la ONCE e Indurain cuando todo hacía apuntar que la relación acabaría con la firma de un contrato. El 2 de enero de 1997, Miguel Indurain convocó a los medios en el Salón Belagua del Hotel Ciudad de Pamplona y leyó un breve comunicado con la emoción totalmente contenida, igual que hizo siempre en sus exposiciones mediáticas. La última imagen suya sobre la bicicleta que quedó en el imaginario de la afición española es la de su abandono camino de los Lagos de Covadonga.

La vida en el hotel El Capitán ha continuado ajena al momento histórico que le tocó vivir. La gerencia del negocio ha cambiado de manos en varias ocasiones, y en el interior de la cafetería sólo existen dos recuerdos de la figura del campeón navarro. Uno es una foto suya dedicada. El otro, un pequeño cartel plastificado que unos aficionados al ciclismo dejaron allí en una visita hace ya cinco años: «Aquí se dejó la vida deportivamente don Miguel Indurain», dice. «Abandonó la ronda española y entró en este hotel, donde horas más tarde acabó su vida como ciclista. Sirva esta placa como recuerdo a la persona que nos hizo vibrar en las tardes de verano con sus cinco Tours de Francia».