CICLISMO

Peter Sagan arranca su moto

Peter Sagan, exultante tras imponerse al esprint tras 212 kilómetros de etapa. / EFE

J. GÓMEZ PEÑA LONGWY.

«Que no, que no son de esquí. Son gafas de motocross, ja, ja». Peter Sagan, gafas al cuello, se tronchaba en la meta de Longwy unos minutos después de su agónica victoria sobre Matthews. Los micrófonos le solicitaban el relato de ese esprint en repecho. Las preguntas se repiten. Las respuestas, con el eslovaco, son siempre diferentes. Como él. «Sí, Matthews casi me remonta. Es un buen amigo. Solemos quedar en Mónaco para cenar. Él con su novia y yo con mi esposa... Ehhh. Pero, ¿por qué estamos hablando de mujeres? Ja, ja».

La carcajada retumbaba en su pecho cubierto con el arcoíris del maillot de campeón del mundo. Sagan, el bromista, es un ciclista serio, de verdad, de los que rinden honor a la túnica que portan. «Tengo este maillot desde hace dos años. Me siento orgulloso de llevarlo cada día. Me motiva». Dicen que esa prenda lleva cosida una maldición. Muchos de sus portadores no volvieron a ser los mismos o sufrieron alguna desgracia. Sagan desmiente a diario esa leyenda negra. Para él, es una bendición, como él para este deporte. Como volvió a quedar patente en la tercera etapa.

Cuando a Porte, Contador, Froome y Quintana apenas les quedaban ya unas migas de aliento en el muro de Las Religiosas, Sagan no dejaba de hablarse a sí mismo. «Me he equivocado». Pensó que había acelerado demasiado pronto para cazar a Porte. El repecho hacía su trabajo: agotaba a todos. Menos a él. Al llegar a la altura de Porte vio cómo al tasmano le tosía el carburador. Miró adelante, hacia la meta que corona la ciudadela de Longwy. Mientras todos notaban que sus pulmones habían iniciado la cuenta atrás, Sagan siguió a lo suyo. «Ufff. Pega viento de cara». Y aún faltaban 500 metros cuesta arriba. Se frenó.

Quería ponerse a cubierto cuando aceleró Van Avermaet. Ahí cometió su segundo error. Se le había salido el pie del pedal derecho. En un plispás, sin caer en el pánico, metió la zapatilla en su sitio, se elevó sobre el manillar e inició su habitual show: alzó un brazo e hizo como que lanzaba una cuerda. Un lazo. Con él agarró la etapa, la octava en el Tour, casi la número cien en la biografía de un campeón providencial para el ciclismo.

Fue un día fronterizo. Salió de Bélgica, cruzó por los castillos acorazados de Luxemburgo y terminó en Longwy, una antigua fortaleza francesa coronada por la cota de las Religiosas, una pared de un kilómetro y pico con un tramo al 11%. En geografías así, tan cercanas a varios países, siempre hay un pasado bélico. El decorado anima a guerrear: lleno de montañas, de colinas perfectas para las escaramuzas. El libro de ruta del Tour la considera una jornada llana. Miente. No dejó de subir y bajar. De desgastar las piernas de los ocho fugados: Brown, Politt, Hansen, Sicard, Hardy y Backaert.

Tampoco le fue mejor a la segunda escapada, más contundente, formada por De Gendt, Perichon, Hardy y, sobre todo, Calmejane, un exjugador de rugby que asombra por su planta, su instinto, su coraje y, claro, su fuerza. Calmejane paseó su estampa por los repechos que acercaban a Lowgwy. Cayó a diez kilómetros. El pelotón, loco, acelerado porque cada favorito ansiaba la mejor colocación, le pasó por encima.

Tortas en el kilómetro final

Los nervios corren más que las piernas. Aroma de batalla. Cuadraba con Longwy, bombardeada en las dos guerras mundiales, devastada luego por el derrumbe de la siderurgia. Los obreros, en protesta, marcharon hasta París en 1979 y tomaron la torre Eiffel. En Longwy, estaba claro, iba a haber tortas en ese kilómetro final. Contador se colocó delante. «Era un final de potencia, para otros corredores, pero había que estar ahí», dijo. Todos estaban. También Porte, ciclista de piernas poderosas y moral frágil. El tasmano necesita caricias, que le convenzan de sus posibilidades. Tras la mala contrarreloj inicial, salió a reivindicarse. Rotundo. Acogotó al resto.

Contador, de pie mientras todos apretaban sentados, hizo el amago de seguirle. «Era lejos, a 700 metros. He dejado pasar a otros», contó. Y lo confesó: «No tenía gas para atacar y llegar a la meta. Si lo intento, igual lo pago y pierdo tiempo». Eso, el gas, le sobra a Sagan cuando los otros boquean asfixia. El eslovaco, ayudado por Majka, cerró el hueco con Porte.

Y ahí comenzó a cometer los errores que, cosas de Sagan, le llevaron a otra victoria. «Se le ha salido un pie y, aun así, ha ganado. Con una pierna», se escuchó en la admirada meta de Longwy. Sagan entró con su amigo Matthews, el neutral Daniel Martin y Van Avermaet, su enemigo habitual. Tocaron la meta dos segundos por delante de los 25 más fuertes del Tour: el líder Thomas, Froome, Quintana, Bardet, Porte, Aru, Contador, Chaves, Latour y Landa.

Todos llegaron puntuales para asistir al show de Sagan. Con sus gafas se motocross. Con sus respuestas. «¿Presión? Qué presión. Yo salgo a divertirme». El ciclismo lo disfruta. «Ja, ja, ja», tronaba en Longwy su risa con la fuerza del tubo de escape de una moto macarra. La del mejor campeón del mundo posible.

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