Enemigos íntimos

EDU PIDAL, PERIODISTA DE ONDA CERO

Hablé con un amigo esta semana. Un amigo del Oviedo, que no quiere dar su nombre. «Firmo perder el derbi si el equipo asciende. Y que el Sporting no suba, claro». No está mal pensado. Él se dedica a la asesoría financiera y ve las cosas a largo plazo, es como si creyera que firmar la victoria en el Tartiere sería solo felicidad pasajera. Nadie recuerda que el Barça ganó en el Bernabéu la temporada pasada, porque para la historia quedará el doblete del Real Madrid. Nadie menciona el triunfo oviedista en 2003, en el último clásico regional en su estadio, porque ese año quedó marcado por el descenso a Tercera División de los azules. Lo que mi amigo anónimo me dijo por teléfono tiene su lógica, pero este tipo de partidos no son lógicos y, seguro que, si se lo pregunto de nuevo cuando ya esté sentado en su localidad de la tribuna presidencial, cambiaría de opinión. Me lo imagino levantando la bufanda, cantando el himno cuando salen los equipos, nervioso como el día de su boda por las ocasiones rojiblancas y pensando: «Ya no firmo nada, solo quiero que ganemos. Y lo que pase en junio ya se verá, que queda mucho».

Esa es la salsa del derbi, el miedo al vacile del día siguiente en el trabajo, que el que pierda lo pague en los próximos partidos, que suponga un punto de inflexión en las rachas de uno y otro, que te metan el agua en casa después de 15 años. Un Real Oviedo-Real Sporting nunca es aburrido. Es intenso, bronco, nervioso, posiblemente muy táctico y de pocos goles. Será aburrido para quién no tenga nada en juego, para el aficionado del Atleti que lo verá en el bar antes de ir al Metropolitano. Pero ni para mí, ni para mi amigo, ni para el Principado entero es aburrido. El sportinguismo ha vivido cómodo, regionalmente hablando, estos últimos tres lustros. Ha bailado entre Primera y Segunda, siempre por encima del Oviedo, ha celebrado victorias del filial en el Tartiere y en Gijón la broma ha sido fácil y seguramente cruel. Pero así es el fútbol: pasional. Sospecho que al revés pasaría lo mismo.

«Sinceramente, ¿quién crees que ganará?», le pregunto a mi amigo. Y noto que ya duda. Es la tercera pregunta que le hago. «¿Me estás haciendo una entrevista o qué?», bromea él. Le explico que me han pedido unas líneas para El Comercio y que quiero entender qué supone un derbi en la capital después de 15 años. «Pues mira», sigue, «veo al Sporting débil fuera de casa y me recuerda al Oviedo del año pasado. Para subir necesitas puntuar fuera, como cuando subieron con Abelardo… Pero si vas a citarme, ¡no pongas mi nombre!». Ya no le pregunto más. Ha dejado la pasión con la que contestaba al principio y, al sentirse entrevistado, quiere responder como si fuera un comentarista. Valdano o Segurola, posiblemente.

Soy optimista por naturaleza y creo que el Sporting ascenderá y, además, ganará este derbi. Por eso no firmo nada, al contrario que mi amigo con el que me he jugado una cena. Y Jaime sabe que cumplo todo lo que prometo.

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