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La plata que llegó en patera

Abderrahman Ait, en la recta final del maratón de Río
Abderrahman Ait, en la recta final del maratón de Río / EFE
  • Abderrahman Ait alcanzó la costa de Fuerteventura desde Marruecos después de tres intentos fallidos

Cuando Abderrahman Ait afrontaba los últimos metros del maratón en la recta de Copacabana agarró la bandera de España y se acordó de los cuatro intentos que tuvo que hacer para llegar en patera desde Marruecos. También de los 15 eternos minutos que pasaron desde que se cayó a un pozo hasta que consiguieron sacarlo. Aquel día, cuando solo contaba ocho años, marcó el inicio de una vida de continuo sufrimiento que ayer tuvo su recompensa en forma de medalla.

No fue el oro soñado que quería ofrecer a toda España y pidió perdón por ello. Fue plata, como lo fue la medalla de Londres, cuando marchaba primero y un inoportuno golpe de tos le arrebató el oro. «Es la maldición de la plata», decía al cruzar la meta. Bendita maldición para un hombre que con 15 años se escondía de la Guardia Civil en una cueva de Fuerteventura.

Su vida en Marruecos le empujó a ello. Se crió en una aldea en la que no había colegio y tenía que andar cada día diez kilómetros para ir a clase. No le gustaba madrugar y a veces tenía que correr para llegar a tiempo, pero le encantaba hacerlo. Era su gran pasión junto al fútbol, hasta que un día se dio cuenta de que nunca sería futbolista. Buscando un balón perdido durante un partido, tropezó y cayó a un pozo seco. La mala suerte se cruzó por primera vez en su camino y en la caída se golpeó el brazo derecho. Estaba tranquilo hasta que vio que tardaban en sacarlo y que no sentía el brazo derecho.

En aquella aldea no había médicos ni hospitales, así que cuando lo rescataron intentaron curarlo con remedios caseros: lavaron la herida y la taparon con un trapo untado en harina y huevo. Así estuvo un mes, hasta que su destino le jugó una mala pasada, de nuevo en forma de caída. Pero entonces el ungüento no funcionó y a los pocos días apareció la gangrena. Lo llevaron al médico, que estaba a más de cuatro horas en coche, y este le dijo a sus padres que lo único que podían hacer era despedirse. El chico iba a morir. Aunque había una mínima esperanza: amputarle el brazo y rezar.

Ese día empezó una nueva vida para él. Aprendió a desenvolverse con un solo brazo y no permitió que aquello le apartara de su sueño de convertirse en atleta. Con diez años ganó una competición para jóvenes sin discapacidad. Con un solo brazo y sin zapatillas, porque no tenía dinero para comprarlas. A cada paso notaba las piedras de un camino que le abría el paso hacia un futuro que le negó el Comité Paralímpico de Marruecos cuando pidió ayuda.

Abderrahman se embarcó cuatro veces en busca de la tierra prometida, esa que ofrecen los que trafican con las ilusiones de los más necesitados a cambio de un dinero que tardan años en conseguir. En las tres primeras el patrón decidió regresar por el mal tiempo. A la cuarta fue la vencida y nada más pisar tierra empezó a correr el maratón más importante de su vida. Se escondió en una cueva hasta que se le acabaron las provisiones y tuvo que salir a por comida. Fue entonces cuando la Guardia Civil lo detuvo y lo mandó a un centro de acogida del que se escapó poco después, antes de que cumpliera la mayoría de edad y pudiera ser deportado.

La buena suerte

Consiguió un pasaporte falso que le permitió llegar a Barcelona, donde intentó buscar trabajo, pero tener un solo brazo no lo ponía fácil. Un día, un policía lo paró y le pidió los papeles. No tenía, así que volvió a un centro de acogida en el que la suerte se volvió a cruzar en su camino. Aunque esta vez buena, la que, como dice él, se busca. Dijo que quería ser atleta y le ofrecieron hacer una prueba en un club de Manresa.

Entonces demostró su talento, como lo hizo también ayer por las calles de Río, de donde se fue dejando un mensaje muy duro por la falta de apoyos. «Estoy muy quemado, no tengo el apoyo suficiente que tienen algunos compañeros. Tras esta carrera, hay que pensarlo y a lo mejor lo dejamos», confesó con la medalla al cuello. Una plata al sufrimiento de una vida.